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Dios Padre no es indiferente ante nuestras vicisitudes. Es más, llega a enviar al Hijo unigénito precisamente al corazón de la Historia, como atestigua el mismo Cristo en el diálogo nocturno con Nicodemo: Tanto amó Dios al mundo, que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna. El Hijo entra en el tiempo y en el espacio como el centro vivo y vivificador que da sentido definitivo al fluir de la Historia, salvándola de la dispersión y de la banalidad. Hacia la cruz de Cristo, manantial de salvación y vida eterna, converge toda la Humanidad con sus alegrías y lágrimas, con su azarosas vicisitudes de bien y mal. Cuando yo sea alzado de la tierra, atraeré a todos hacia mí. Con una frase fulgurante, la Carta a los Hebreos proclamará la presencia perenne de Cristo en la Historia. ¡Jesucristo es el mismo ayer, hoy y por siempre! El Espíritu de Dios no sólo desvela el sentido de la Historia, sino que da la fuerza para colaborar en el proyecto divino que en ella se cumple. A la luz del Padre, del Hijo y del Espíritu la Historia deja de ser una sucesión de hechos que se disuelven en el abismo de la muerte para convertirse en un terreno fecundado por la semilla de la eternidad, un camino que lleva a esa meta sublime en la que Dios será todo en todos. El Jubileo, que evoca el año de misericordia anunciado por Isaías e inaugurado por Cristo, quiere ser la epifanía de esta semilla y de esta gloria para que todos esperen, sostenidos por la presencia y ayuda de Dios, en un nuevo mundo más auténticamente cristiano y humano. (9-II-2000) |