RetrocesoA&ONº 201/24-II-2000SumarioCriteriosContinuar
Cuestión de amor
Juli, mi novio me ha propuesto este fin de semana en la montaña.... ¡porque a su hijo le gusta esquiar! Yo no sé qué hacer...

¿Que no sabes qué hacer? ¡Ahí tienes la revista que te dice todo sobre la cultura del 2000!

Escuchado ayer mismo: se trata de publicidad para las nuevas mujeres que tienen novios con hijos, y para las mil maneras de resolver la desagradable presencia de estos últimos. En realidad, esa nueva cultura es fácil de encontrar, corregida y aumentada, en la inmensa mayoría de novelas, películas, series televisivas y en cualquier tipo de medios de comunicación. Empieza a resultar complicado encontrar auténticas familias, un marido y una sola mujer, con hijos que son hermanos y que pueden decir con verdad padre y madre.

Lo que en el fondo trata de imponer esta cultura del 2000 es la negación más rotunda del auténtico deseo de todo corazón humano. Esa aparente liberación del tabú opresor de la familia, llamada despectivamente tradicional, no es otra cosa que la expresión amarga de un profundo odio a la vida, de una radical insatisfacción, que encadena y entristece, por mucho que se quiera revestir de falsa libertad y de falsas sonrisas. Se quiere hacer pasar por normales comportamientos sencillamente anómalos: casados, con novio o novia, divorciados, con hijos que no saben lo que es un hogar, homosexuales y lesbianas que quieren y a los que se quiere hacer pasar por matrimonio... Todo eso, que en realidad está lleno de desamor, no puede por menos que aparecer envuelto con ese maquillaje que sobreabunda en tantos anuncios publicitarios.

En el número que dedicamos, hace unas semanas, especialmente a la defensa de la vida, se recogía la aguda observación de la filósofa hebrea Hannah Arendt de que buena parte de los hombres modernos tiene una disposición afectiva hacia el «rencor contra todo lo que es dado, incluso la propia existencia». Este rencor se trasluce a cada paso, y es en el fondo la razón fundamental del dramático descenso de la natalidad en todo el mundo, y especialísimamente en España.

Es evidente que nadie transmite lo que no ama. El desamor profundo a la vida, y no la escasez de medios económicos, ni los problemas de la vivienda, es lo que explica esa terrible situación que está convirtiendo a España y a Europa entera en un gran asilo. ¡Qué duda cabe que los pocos medios económicos, y la falta de vivienda, y el paro, influyen grandemente a la hora de crear una familia!, pero no nos engañemos, ahí no está la clave del drástico descenso de la natalidad. De hecho, el testimonio de las familias numerosas hoy, y de esas Familias para la acogida de que informábamos en nuestro número anterior, habla bien a las claras de que la transmisión de la vida es, en definitiva, una cuestión de amor, de amor a la vida ¡que nos ha sido dada!

Es oportuno recordar aquí las vibrantes palabras del Papa Juan Pablo II en su primera visita a España, en aquella inolvidable Misa de las familias en la Plaza de Lima, de Madrid: La familia es la única comunidad en la que todo hombre «es amado por sí mismo», por lo que es y no por lo que tiene. Es ese amor, recibido gratuitamente, la clave de todo en la vida. Un mundo que confunde libertad con autosuficiencia, y prudencia con cobardía, que tiene rencor contra todo lo que es dado, que se niega a recibir nada —es decir, lo rechaza todo, pues todo nos es dado—, está incapacitado para dar, y por ello incapacitado para la vida, ese don que sólo puede gozarse y transmitirse recibiéndolo agradecido.

He aquí el secreto de toda familia sana, que genera y enriquece la auténtica grandeza de la persona y la auténtica libertad. ¿Acaso el corazón de todo ser humano, acaso la naturaleza misma de las cosas no reclama ser amado, y amar, de esta manera?


Padres, no sólo amigos
El espíritu apostólico de una familia depende de la integridad del hogar. Todo lo que atenta contra la integridad de la familia atenta también contra su dinamismo apostólico. Por tanto, son auténticas amenazas a la vibración apostólica la falta de verdadero amor, la falta de unidad (de los esposos entre ellos y de los padres con los hijos), la falta de intimidad en el hogar y, a la inversa, la falta de apertura (porque la intimidad y la apertura deben coexistir), la falta de autoridad...

A propósito de esto, recuerdo de un muy querido amigo mío brasileño que en cierta ocasión me dijo: He decidido: para mis hijos no seré un padre, sino un amigo. Y yo le respondí: Mis condolencias a tus hijos, porque antes tenían muchos amigos y un padre, y ahora sólo tienen amigos... El padre tiene que ser padre, sin abdicar de su condición. No es lo mismo que ser padre y amigo a la vez, que está bien. Pero no debe cesar de ser un padre que manifieste al mismo tiempo ternura y autoridad, con confianza y afecto.

La vida en familia, para que haya armonía, requiere una autoridad hacia la que los hijos sientan respeto. Y es también cierto que esto exige el respeto de los padres hacia los hijos: sólo así se merece el respeto por su parte. Y todo esto, mediante un vínculo de afecto.

Una última amenaza, verdaderamente temible, para el espíritu apostólico de la familia es la falta de oración. Una familia en la que no se reza, de la que no se eleva una alabanza amorosa hacia el Señor, en la que los miembros no se reúnen para leer la Palabra de Dios y para alimentarse de ella, es una familia a la que le falta integridad, y a la que también le faltará celo apostólico.

En una palabra, todo lo que disminuye la condición de pequeña Iglesia de la familia, hace que ésta sea menos apostólica, que irradie menos luz en torno a sí, y que su espíritu apostólico sea menos dinámico.

Cardenal Lucas Moreira Neves