Tipo curioso el sabio. Y no por sus excentricidades precisamente. Todo lo contrario. El sabio de prosapia bíblica y cristiana no es el científico distraído que va sembrando de anécdotas su portentoso curriculum. Es simplemente el hombre que goza del don de la sabiduría, cuyo elogio bien trenzado queda en el libro del mismo nombre (Sab 7 al 10).
Tratándose de un don, dicho está que se la encontró un buen día de manos a boca. Pero el recién agraciado, el sabio, tuvo el golpe de caer en la cuenta de lo que se le regalaba e hizo como el mercader del evangelio: que vendió todo lo que tenía por quedarse con la perla que acababa de hallar (Mt 13, 46). Tuvo un olfato excelente.
Y no es de extrañar, puesto que la sabiduría, que es como el buen paladar del alma, aguza notablemente eso que se llama el discernimiento. Enseña a distinguir entre lo bueno y lo malo, lo prescindible y lo necesario, lo engañoso y lo verdadero. Es como una brújula para acertar con los criterios del Señor, con sus caminos. Por eso el sabio no presume de tan preciado don, que sería cosa de necios, sino que le pide constantemente al Señor que se la conserve y se la aumente en su servicio.
Por lo demás, el sabio ha entendido ya hace tiempo que la sabiduría no consiste en saber mucho sino en saborear lo poco que lleva el gusto de Dios. En paladearlo con fruición.