La historia, condición de nuestra libertad
Si el conocimiento de la Historia es condición de nuestra libertad, todo acercamiento a la Historia de la Iglesia es garantía de la comunión. Una comunión diacrónica, en la medida en que se nos catapulta hacia un pasado que nos configura, y sincrónica, dado que nos ofrece las claves para interpretar nuestra vida en el tiempo. El último libro del profesor Juan María Laboa, La Iglesia en España 1492-2000, publicado por la editorial San Pablo, es un buen resumen del camino de fe de generaciones que han intentado compatibilizar la catolicidad con el criterio de la coherencia personal. Son casi trescientas páginas que sintetizan, con un estilo ágil y atractivo, la Historia de la Iglesia teniendo como referente la necesaria Historia general, dado que no existe la primera sustraída de la segunda.
Nos encontramos, en resumen, con un breve manual; en el sustrato percibimos la ineludible cualificación docente del autor, que ofrece un suficiente panorama de lo que en el prólogo el profesor Laboa recalca: La Iglesia no es una comunidad de santos sino de bautizados, que se encuentran de muchas maneras en camino hacia Cristo y que, durante esa peregrinación, son capaces de cometer toda clase de aberraciones y de ser espléndidamente generosos.
Algunas consideraciones menores de un lector crítico pasan por advertir la ausencia, en el contexto de una larga cita sobre publicaciones renovadoras del catolicismo español, de la revista sacerdotal Incunable; o la transposición cronológica del nacimiento de la Asociación Católica de Propagandistas al capítulo dedicado a la vida religiosa del siglo XIX, que puede desorientar al lector. O cierto pesimismo que rezuman algunas páginas dedicadas a nuestra Historia contemporánea. Menudencias para un libro que merece ser tenido muy en cuenta.
|
La tiranía de la incoherencia
Qué pasa? Pues sucede que los verdugos atenazan las almas y arrancan a pedazos los espíritus. Vivimos el peor tiempo de la crisis, porque la posmodernidad es, hasta cierto punto, la exacerbación de la crisis, que se opone a la gloria, pero no ya en una actitud angustiosa, sino más bien doradamente escéptica. Esta situación está descrita con claridad magistral en el último libro de José Luis Comellas, titulado El último cambio de siglo, publicado por la editorial Ariel.
En la era de los bárbaros especialistas, sólo quien posea, como este autor, una visión de conjunto de la Física, de la Filosofía, de la Música, de la Genética, del Derecho, de la Literatura y, por supuesto, de la Historia puede exponer las claves de lo que está pasando. Claro que, para eso, hay que dominar cada una de esas disciplinas, ser un humanista universal.
Y... ¿qué es lo que tiene que pasar para que alguna vez pase algo? Pues, en primer lugar, detectar la crisis. Porque la característica de esta crisis es que anestesia el entendimiento, al proponer un tratamiento escéptico de las ideas. A diferencia de los totalitarismos que destruyeron las ideas en favor de la acción, hoy lo que se ha impuesto es lo políticamente correcto, lo que se lleva es la actitud indiferente del ¿quid est veritas? de Poncio Pilato, que a la vez que pregunta no quiere encontrar la respuesta. Ésta es la gran aportación del libro de Comellas, porque a las pocas páginas el autor ya ha desenmascarado la realidad cultural que atenaza las almas. En el último cambio de siglo, en el tránsito del siglo XIX al XX, es donde están las raíces que nutren la crisis actual. Por eso este libro es de obligada lectura, si no se quiere seguir instalado en la crisis.
Pero hay más: existe una obligación moral de salir de esta crisis, porque los afectados por ella se convierten a la vez en víctimas y verdugos. La crisis propone la indulgencia y la indiferencia moral. No se quiere buscar la verdad y se paraliza la voluntad para no encontrar el bien, porque las circunstancias todo lo disculpan. Los redactores del nuevo código de comportamiento escriben inspirados en sus propias vidas. Asistimos al triunfo de la incoherencia. Salió por fin la palabra clave: ¡Incoherencia! Es el nombre de las tenazas con las que los verdugos arrancan a pedazos las almas.
|