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Bienaventurados
Desde la cordillera de los Andes éstas podrían ser anotaciones apócrifas a un Sermón de la Montaña.
Bienaventurados los pobres de espíritu.
¿A los salvadoreños expulsados de sus tierras porque el añil que cultivaban ya no tenía en el mercado cotización; a los ecuatorianos que sueñan con la erupción del sucre, como si fuera otro amenazante Pichincha; a los colombianos desplazados; a los indonesios amontonados en inmundos refugios, porque no protestaron, les alcanzará también a ellos ésta bienaventuranza?
¿Serán bienaventurados los que se rebelan y gritan no más, ya está bien, basta?
¿Serán bienaventurados los indefensos frente a la codicia de los prestamistas o las diversas formas de apropiación indebida de las tierras, de la que son sus víctimas?
Bienaventurados los mansos.
¿Serán bienaventurados los que se callan, los que responden con mansedumbre ante la ira; los que se conforman, porque qué otra cosa podrían hacer, ante la incautación de sus tierras por los grandes terratenientes, o por la explotación ilícita de su trabajo, o por la especulación de las Multinacionales?
¿Serán bienaventuradas las mujeres que no tienen más remedio que vender su cuerpo para dar de comer a sus hijos?
¿Serán bienaventurados los brasileños que se llaman excluidos cuando lo que ellos buscan no es otra cosa que un puesto de trabajo, si lo que reivindican no es más que el derecho a supervivir?
Bienaventurados los que lloran porque ellos serán consolados.
¿Serán bienaventurados los que huyen a marchas forzadas de la persecución o de la violencia, llorando?
¿Serán bienaventurados los oprimidos por la deuda externa, el hambre y la sed de justicia?
Pero ha llegado a ellos alguien, anónimo, que les ha dicho simplemente: Estoy contigo. Vengo a tu lado para ayudarte porque tu también eres sal de la tierra y luz del mundo por el mero hecho de ser hombre. Una fe nueva está naciendo. Vamos a crear escuelas para tus hijos, farmacias para tus dolencias, empresas para que puedas vivir con tu familia. También yo soy uno de los tuyos. También una parte de la tierra es tuya. «La tierra ha sido dada para todo el mundo y no sólo para los ricos. Hagamos del mundo la tierra de todos», decía Pablo VI en la encíclica Populorum progressio.
Lo ha escrito un poeta ecuatoriano, Carrera Andrade: Felices, es decir, bienaventurados las razas de la humildad y el orgullo, del sol y de la luna, del volcán y del lago, del rayo y del cereal.
Y yo me pregunto: ¿Serán felices estas razas cuando el treinta y siete por ciento de su población viven con menos de trescientas pesetas diarias?
Un amigo, comentando con razón la oferta general del egoísmo, la indiferencia ambiente y el optimismo frívolo y el bla, bla, bla del voluntarismo irracional, exclama: Pero ¿de qué estamos hablando?
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