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En aquel tiempo, los discípulos de Juan y los fariseos estaban de ayuno. Vinieron unos y le preguntaron a Jesús: Los discípulos de Juan y los discípulos de los fariseos ayunan. ¿Por qué los tuyos no?
Jesús les contestó: ¿Es que pueden ayunar los amigos del novio, mientras el novio está con ellos? Mientras tienen al novio con ellos, no pueden ayunar. Llegará un día en que se lleven al novio; aquel día sí que ayunarán. Nadie le echa un remiendo de paño sin remojar a un manto pasado; porque la pieza tira del manto lo nuevo de lo viejo y deja un roto peor. Nadie echa vino nuevo en odres viejos; porque revienta los odres, y se pierden el vino y los odres; a vino nuevo, odres nuevos. Marcos 2, 18-22 |
El intento de reducir el cristianismo a viejos esquemas del pasado, o a simples leyes y tradiciones humanas, es tan antiguo como su misma historia. Responde al afán de querer explicar todo desde la lógica humana, esa pobre seguridad que da la historia y experiencia propias del hombre. Así, se quiso hacer del cristianismo una secta más del judaísmo, una nueva religión según el modelo de las paganas, una filosofía como las existentes en el mundo grecorromano. Hoy sucede lo mismo: abundan los intentos de explicar lo cristiano desde lo religioso, como si fuera se dice una expresión más, un fruto de los sentimientos oscuros e irracionales que llevan al hombre a creer en algo, a huir del miedo a la muerte, o a aferrarse a un clavo ardiendo, con tal de dar sentido a esta vida que nos acecha casi como enemiga. Mucha culpa de esto tuvo la Ilustración, dondetodo debía ajustarse a los dictámenes de la diosa razón, que suprimió de un plumazo lo sobrenatural para dejarnos el alma helada y la inteligencia huérfana de la luz definitiva: la fe. El evangelio, leído sin prejuicios, nos sacia de una verdad básica, por sencilla y evidente: El cristianismo sólo puede entenderse desde Cristo, que es la presencia radicalmente nueva de Dios. Jesús dice Juan Pablo II es la verdadera novedad que supera todas las expectativas de la Humanidad, y así será para siempre, a través de la sucesión de las diversas épocas históricas. Hoy, en una especie de parábola de su yo y de su obra (von Balthasar), Jesús nos dice que en Él acontece algo nuevo, definitivo, que hace estallar los moldes del judaísmo. Y la razón de esta novedad reside en que Dios ha dado a la Humanidad el novio que debía desposarla, su propio Hijo Jesucristo. ¿Qué revela esta imagen? Sencillamente, que Dios, después de una larga espera, ha acudido a la cita, se ha vestido de fiesta y ha cumplido, como un caballero, su promesa de desposar al hombre, arrancándole de la soledad, de la tristeza y del morir. El hombre no necesita esperar más. Dios se ha desposado con él y le invita a las bodas. ¿Por qué hablar de ayunos y de duelos mientras el novio está con nosotros? No hay imagen más bella que ésta, la del noviazgo y la del amor, para hablar de Dios al hombre que se aferra, también hoy, a lo viejo y caduco. El cristiano vive siempre de la presencia viva de Cristo, en quien, según san Pablo, todo es nuevo. Hay que rebelarse, pues, contra el intento de meter el cristianismo en moldes viejos; y si algún ayuno debemos hacer es para salir de lo caduco y convertirnos en odres nuevos que reciban el buen vino de Cristo. + César Franco |
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Enseñamos y declaramos que, según los testimonios del Evangelio, el primado de jurisdicción sobre la Iglesia universal de Dios fue prometido y conferido inmediata y directamente al bienaventurado Pedro por Cristo Nuestro Señor. Y sólo a Simón Pedro. Si alguno dijere que no fue constituido por Cristo príncipe de todos los Apóstoles y cabeza visible de toda la Iglesia militante, o que recibió directa e inmediatamente del mismo Señor nuestro Jesucristo solamente primado de honor, pero no de verdadera y propia jurisdicción, sea anatema.
Ahora bien, lo que Cristo instituyó en Pedro para perpetua salud y bien perenne de la Iglesia, menester es dure perpetuamente por obra del mismo Señor en la Iglesia que, fundada sobre la piedra, tiene que permanecer firme hasta la consumación de los siglos. Quienquiera sucede a Pedro en esta cátedra, ése, según la institución de Cristo mismo, obtiene el primado de Pedro sobre la Iglesia universal. Si alguno, pues, dijere que no es de institución de Cristo mismo, es decir, de derecho divino, que el bienaventurado Pedro tenga perpetuos sucesores en el primado sobre la Iglesia universal; o que el Romano Pontífice no es sucesor del bienaventurado Pedro en el mismo primado, sea anatema. Por tanto, apoyados en los claros testimonios de las Sagradas Letras y siguiendo los decretos de nuestros predecesores los Romanos Pontífices y de los Concilios universales, renovamos la definición del Concilio Ecuménico de Florencia, por la que todos los fieles de Cristo deben creer que la Santa Sede Apostólica y el Romano Pontífice poseen el primado sobre todo el orbe, y que el mismo Romano Pontífice es sucesor del Bienaventurado Pedro, Príncipe de los Apóstoles, y verdadero Vicario de Jesucristo y cabeza de toda la Iglesia, y padre y maestro de todos los cristianos. Concilio Vaticano I (Pío IX, año 1870) |