RetrocesoA&ONº 201/24-II-2000SumarioEn portadaContinuar
Mesa redonda con padres de familia numerosa
«Los niños no quieren juguetes
caros; quieren a sus padres»
No se lo propusieron, pero… así llegó: Ocho hijos cada matrimonio. Carmen Echánove
y Jaime Camblor, de 38 y 39 años, y Alicia González y Javier Martínez Ferrando, de 34 y 38 años,
dan testimonio de una vivencia que, de una u otra manera, comparten los 75.000 hogares
españoles que tienen a cinco o más hijos viviendo en casa. Pero, antes que nada, dan
testimonio de padres, padres como otros cualquiera, sólo que acostumbrados a emociones
de intensidad desconocida en las casas —aburridas, dicen ellos— con uno o dos niños...

Javier: Uno pasa del tercer hijo y piensa que puede seguir teniendo su tiempo de ocio el fin de semana, que puede dedicarse a leer tranquilamente el periódico, pero en seguida se da cuenta de que es imposible, porque el periódico acaba roto y uno no se centra en la lectura. Así que entonces decide pasarse al bricolaje. ¡Peor todavía! Y además, peligrosísimo, porque le entran ganas a uno de darle en la cabeza al niño de cinco años. Conclusión: No hay que hacer nada pensando en uno mismo el fin de semana. Pero, llegado a esa conclusión, uno se da cuenta de que verdaderamente compensa pasar el tiempo libre con sus hijos. Si el amor es el primer y fundamental pilar de la felicidad, ser querido por los hijos es lo más grande que uno puede tener.

Muchos padres dicen que prefieren tener sólo uno o dos hijos para poderles dar de todo, tanto en el plano material como en el afectivo.

Carmen: Cuando tienes ocho hijos, evidentemente, todo no les puedes dar en lo material. Pero les puedes dar lo fundamental, que es el cariño y tu tiempo. Los niños no quieren irse al extranjero, no quieren caprichos, están hasta el moño de juguetes caros. Lo que quieren es a sus padres. Un niño es feliz cuando su padre le va a aplaudir a un partido de fútbol, mucho más que con una superconsola de videojuegos.

Alicia: Repartirse entre ocho es imposible, pero no es tanto la cantidad como la calidad del tiempo.

Carmen: Sí, es importante que, aunque sean muchos, cada uno se sienta especial, que tenga su ratito de padre y su ratito de madre: preguntarle por lo que ha hecho, escucharle… Sobre todo, escucharle.

Javier: Esto es imprescindible, sobre todo en los primeros diez años, porque lo que sea un niño de diez años es lo que, básicamente, va a ser el resto de su vida. Esto lo tengo comprobado: Si, de niño, le dedicas tu tiempo a tu hijo, tienes el 80% ganado, y será, con casi total seguridad, una persona alegre y libre, responsable y capaz de decidir por sí mismo. Lo último que a uno le puede pasar, lo último, al menos, que yo espero que no me ocurra, es como en la historia del hijo mayor que le dice al padre: Papá, no me pidas que te quiera, te aprecio muchhísimo, porque nos has dado absolutamente de todo: no nos ha faltado de nada, hemos ido a los mejores colegios, nos has dado los mejores cursos de inglés… Pero no me pidas que te quiera, porque yo a quien quiero es a Paco, el jardinero, que es el que estaba ahí cuando volvía del colegio y me enseñaba cómo se riegan las flores y me preguntaba qué tal me había ido.

¿Es fácil educar a ocho niños?

Jaime: Creo que es, incluso, mucho más fácil educar aquí a los niños que en familias con sólo uno o dos. Por supuesto que el papel de los padres es siempre importantísimo, pero aquí hay una serie de virtudes que prácticamente salen solas. En nuestras casas, tienen por narices que compartir, están obligados a ceder en muchas cosas y a no ser egoístas, tienen que ser bastante sobrios.

Carmen: Hay cosas que has hecho con los mayores y que no las tienes que repetir con los pequeños. Los mayores no se lo proponen, pero, con su ejemplo, educan a sus hermanos pequeños. Hay mucho cariño entre ellos, aunque se zurren de vez en cuando. Se apoyan mucho. Y esto es fundamental, porque cada uno sabe que, además de a sus padres, tiene un montón de hermanos que le apoyan hasta el final. Se sienten queridos y, gracias a eso, pueden ir por el mundo llenos de seguridad y tranquilidad.

¿Y cómo resulta educar en la fe? ¿Se vive de alguna forma especial?

Jaime: No sé si será distinto a como se vive en familias pequeñas, pero sí puedo decir que es algo que se palpa. Cada hijo es una bendición de Dios y es Dios quien te está llevando siempre de la mano. La vida, cuando sabes esto, es mucho más fácil, es una delicia. No sé, es algo tan natural en la vida cotidiana y en la educación del niño, que resulta imposible diferenciarlo del resto. Igual que enseñas a ser generoso, en las virtudes humanas, educas en lo cristiano, aunque, la verdad, es casi lo mismo.

Alicia: Existe una base muy fuerte de unión en la vivencia de la fe. Por ejemplo, uno tiene un examen y los demás dicen: Vamos a pedir para que le salga fenomenal. O por las noches: Mamá, no hemos rezado. Vamos a pedir por una niña de mi clase que está en la cama enferma.

Carmen: Casi todo intentas referírselo a Él, desde cambiar un pañal hasta cualquier tipo de trabajo que haces. Eso intentas transmitírselo a tus hijos, enseñarles que ellos son muy queridos por Dios. Le saludamos cuando nos levantamos, rezamos por las noches, bendecimos la mesa…, unos hábitos que, en el fondo, simplemente consisten en proclamar que Dios está ahí, que es nuestro Padre, y como Él nos está mirando, vamos a acordarnos de Él, vamos a referirle lo que hacemos. Un hijo mío me contaba un día que había metido un golazo y se lo había ofrecido a Dios. ¿Por qué no referirle a Dios todas tus alegrías?Y vosotros, ¿habéis tenido que renunciar a muchas cosas?

Javier: Desde luego, pero no se trata tampoco de decir: aguanta, aguanta, que lo estás haciendo muy bien. Tienes que buscar algún momento de intimidad con tu mujer, salir de vez en cuando de casa, al cine o a un restaurante. Hay que regar el matrimonio, porque si no es imposible.

Carmen: Uno se va adaptando a lo que le viene en la vida, pero es imprescindible estar el matrimonio muy unido: Buscar un rato una vez que los niños se acuestan, un rato para charlar… ¡Qué maravilla! Son momentos que los saboreas profundamente, quizá más que uno que los tiene todo el día y no cae en la cuenta de eso.

¿Qué pensáis cuando escucháis que la tasa de natalidad está en 1,07 hijos?

Jaime: Pues que nos tendrían que poner una alfombra al pasar por la calle.

Carmen: El día de mañana, los que van a estar cotizando a la Seguridad Social son nuestros hijos, no los de las personas que no los han tenido. Y ellos pueden vivir muy bien con un sueldo normal, e incluso desgravarse, porque pueden invertir aquí y allá para pagar menos impuestos. Eso para nosotros es impensable. Pagamos más que nadie, porque, como todo se acaba a final de mes, no podemos hacer inversiones que nos desgraven. Y además, como nuestras casas son más grandes, tenemos que pagar más por metro cuadrado. Y así, una infinidad de ejemplos.

Javier: Nos tendrían que cuidar más. Por ejemplo, el ocio de las familias numerosas: Ir a ver una película de dibujos animados al cine es una ruina. Las Administraciones Públicas y los empresarios deberían facilitar que también nosotros pudiéramos tener ratos de ocio. No es sólo en benficio nuestro. Estoy harto de ver salas de cine vacías que podrían llenar con familias numerosas.

Ricardo Benjumea