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El encuentro, que comenzó con la Eucaristía celebrada por el cardenal Etchegaray, Presidente del Comité vaticano para el Jubileo, tuvo su momento culminante cuando el Pontífice saludó a estos representantes de la comunicación artística de las más variadas expresiones. Entre otros, se encontraban el compositor de bandas sonoras Ennio Morricone, el escultor español Venancio Blanco, la pintora portuguesa Emilia Nadal, los directores de cine Franco Zefirelli y Krzystof Zanussi, el pintor Francés André Gence, o el arquitecto inglés Austin Winkley.
El Jubileo de los artistas constituía una etapa más en el relanzamiento del diálogo entre el mundo del arte y la Iglesia. Un diálogo que ha tenido consecuencias dramáticas tanto para la expresión artística como para la misma comunicación de la fe. Ya en 1964, Pablo VI había pedido perdón por la manera en que la Iglesia se había alejado del mundo artístico. La cita jubilar de los artistas continúa este itinerario de encuentro que recibió un impulso decisivo el año pasado, con la Carta del Papa a los artistas. El espíritu del encuentro fue descrito muy bien, desde un primer momento, por el cardenal Etchegaray, quien, antes de que llegara el Santo Padre, reveló una anécdota que le sucedió en un viaje a Polonia hace ya varias décadas: Cuando me encontré con el cardenal Wyszinsky, me dijo: «El cardenal Wojtyla es un gran artista, es un gran poeta»... Por eso, el Presidente del Comité para el gran Jubileo consideró que el actual obispo de Roma bien podría estar en cualquiera de las sillas que ocupaban los invitados. ARTE Y FE SE NECESITAN
Apuntando a la soberbia cúpula de Miguel Ángel que dejaba traslucir los espléndidos rayos luminosos de una soleada mañana, Juan Pablo II sintetizó en estas palabras la misión del artista: Mirada desde el exterior (la cúpula) parece que se curva contra el cielo sobre la comunidad recogida en oración, como el amor de Dios. Desde dentro, en cambio, con su vertiginoso lanzamiento hacia lo alto, evoca el trabajo, elevación hacia el pleno encuentro con Dios. Queridos artistas añadió, ésta es la elevación a la que os invita la actual celebración jubilar. |
| Al final llegó el momento del encuentro personal de los artistas con el Pontífice. El Papa quería saludar personalmente a todos, pero sus colaboradores le hicieron comprender que era imposible. Un grupo de ellos, sin embargo, logró acercarse. Las miradas se detuvieron, por la devoción con que besó la mano al Papa, en Carla Fracci, que fue primera bailarina de la Scala de Milán y bailó con el mítico bailarín ruso Nureyev.
Por la tarde, los artistas se reunieron de nuevo, para reflexionar juntos sobre su identidad como cristianos. Venancio Blanco, escultor que ha desempeñado funciones directivas en las Academias de Arte españolas de Madrid y Roma, hizo un sentido llamamiento a los presentes a recoger la invitación lanzada por el Papa. Por ello, propuso un arte nuevo para ofrecer a los hombres, como guía y luz en la búsqueda de Dios, que debe dar testimonio del momento actual. Todo un programa, pues como constató Ennio Morricone, que acaba de estrenar un Cántico del Jubileo, los períodos en los que el arte no tiene grandes hombres, en los que falta el pan metafórico, son períodos de decadencia espiritual. Y penetró aún más el bisturí en su análisis del momento por el que atraviesa la expresión artística: En estas épocas silenciosas y ciegas los hombres dan importancia sólo al éxito exterior, se preocupan únicamente de los bienes materiales, y saludan como una gran empresa el progreso técnico que aprovecha y sólo puede aprovecharse del cuerpo. Las energías espirituales son infravaloradas, si no ignoradas. Los pocos que tienen ideales y sentido crítico son escarnecidos o considerados anormales. Las raras almas que saben no permanecer adormecidas y sienten un oscuro deseo de espiritualidad, de conocimiento y de progreso, infunden una nota de tristeza y de añoranza en el chabacano coro material. La conclusión fue clara. Como dijo monseñor Friedhalm Hofmann, obispo auxiliar de Colonia y él mismo artista, la Iglesia tiene necesidad del arte, pues tiene la obligación de hacer percibir lo invisible del mundo de Dios. Pero también el arte tiene necesidad de la Iglesia, ya que la religión representa la fuente por excelencia de inspiración del arte. J. C. Roma |