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Más que contar lo que se encuentra en su obra, quisiera proponer una clave de lectura con la que acercarse a ella. Para ello, cito una fábula que muchos conocen: Una zorra, hambrienta desde hacía muchos días, buscaba algo con que aplacar el hambre. Vio en una parra un gran racimo de uva madura, repleto de granos redondos y jugosos. "¡Por fin encontré algo que llevarme a la boca!", exclamó esperanzada. Dio un gran salto, pero no pudo aferrar ni un grano de aquella uva maravillosa. Probó de nuevo. Tomó carrerilla, saltó, alargó las zarpas anteriores, pero
se quedó con la boca vacía. El hambre aumentaba a medida que crecía su irritación. La astuta bestia lo intentó otra vez. Con todas sus fuerzas dio un salto excepcional. Pero la uva estaba lejos, segura entre los pámpanos. "Mejor así", exclamó la zorra desfallecida. "No me gusta esa uva amarga".
Cuento esta fábula porque en ella esta casi todo lo que hay en la obra de Arendt. Todas las fábulas de Esopo tienen como personajes a los animales, pero en realidad los verdaderos protagonistas son los hombres y las cosas que a ellos les suceden. Esta fábula, como todas, es una historia: es la historia de la relación entre una zorra y un grano de uva, es la historia de la relación entre el hombre y algo, algo de lo que el hombre no puede hacer lo que quiere. Se puede leer la obra de Arendt como se leen las fábulas de Esopo. En ella se advierte que hay un protagonista y un interlocutor. El protagonista es el hombre, y la historia es la relación entre el hombre y algo, algo que no está en su poder: lo imprevisible, lo indisponible. |
| Todo gira en torno a estos dos temas:
- La vida del hombre es una relación con lo imprevisible (que puede asumir diversos nombres en nuestra vida). - El hombre puede asumir dos posturas ante este imprevisible: la maravilla (ésta es la tesis de Hannah Arendt) o el resentimiento, el rechazo (que es la tentación recurrente para el hombre, la que en la modernidad ha dado lugar a los trágicos experimentos de la ideología y del totalitarismo). Hannah Arendt no asume como punto de partida de su obra el absurdo, la sospecha, la duda, como hacen otros intelectuales del siglo XX, sino con la maravilla por el mundo que nos viene dado. Y éste constituye el primer gran tema de su obra: la realidad es un dato, existe independientemente a nosotros. Arendt, retomando a su maestro Jaspers, nos recuerda la humildad de la razón: hay situaciones, como el nacimiento, la imprevisibilidad del futuro, la libertad, la muerte (podemos elegir morir, pero no podemos elegir no morir) sobre las que no tenemos poder. Pero el hombre, y aquí está el gran problema, puede negar esta misteriosidad de la realidad, de hecho tiene el vicio de huir, de rechazar aquello que no domina. Esta negación se produce de forma particular en la modernidad, cuando el lugar de la maravilla y de la gratitud ha sido tomado por el resentimiento. El resentimiento escribe Arendt es la disposición afectiva característica del hombre moderno, el resentimiento contra todo lo que nos viene dado, también contra la propia existencia, resentimiento contar el hecho de que él no es ni creador del universo ni de sí mismo. INICIAR ALGO NUEVO
Según Arendt, la ciencia y la filosofía modernas tienen su origen precisamente en la negación de la maravilla hacia la realidad como dato. En la filosofía y en el pensamiento modernos escribe, la duda ocupa la misma posición central que ocupó durante muchos siglos al principio la maravilla de los griegos, la maravilla por todo lo que es en cuanto que es. Así como, desde Platón y Aristóteles hasta la Edad Moderna, la filosofía ha sido la articulación del estupor frente a lo que es, así la filosofía moderna, desde Descartes en adelante, ha consistido en la articulación de la duda. Esta negación del dato de la realidad lleva, sin embargo, a una violencia teórica, la ideología, y a una violencia práctica, el totalitarismo. El primer imprevisto que se da es la misma realidad: las cosas existen. El mundo existía antes de nacer nosotros y seguirá así tras nuestra muerte. El segundo imprevisto somos nosotros mismos. El hombre, encontrándose a sí mismo, descubre que no llega a comprenderse, resulta ser un objeto misterioso para sí mismo, no está en grado de responder a la pregunta ¿quién soy? Escribe Arendt: Es muy improbable que nosotros, que podemos conocer, determinar y definir la esencia natural de todas las cosas que nos rodean, podamos estar nunca en grado de hacer lo mismo con nosotros mismos: sería como descabalgarnos de nuestra propia sombra. Las modalidades del conocimiento humano referibles a las cosas dotadas de cualidades naturales se revelan inadecuadas cuando nos preguntamos "¿quién soy?" Ésta es la razón por la que todas las tentativas de definir la naturaleza humana, casi invariablemente, acaban con la introducción de una divinidad. Tomando conciencia de sí, el hombre se descubre también libre. Con la creación del hombre, según Arendt, la libertad entra en el mundo. La libertad no es ante todo la posibilidad de elegir entre dos alternativas, sino la capacidad de iniciar algo nuevo, la capacidad de romper la rutina de todos los días. El hombre puede dar comienzo a algo nuevo, a algo que de otro modo no existiría, el hombre libre impide que el mundo se convierta en algo homogéneo, un fluir continuo, una mera repetición. Concluyo con un último pensamiento sobre el tema de la libertad, que hace de la obra de Hannah Arendt algo particularmente original. Arendt asocia la libertad a la natalidad, al hecho de haber aparecido en el mundo, de haber nacido. Es una paradoja que la alumna de Martin Heidegger, el filósofo del ser para la muerte, sea la autora que más que nadie en este siglo haya reflexionado sobre el nacimiento. En todas sus obras, incluso cuando trata la tragedia del totalitarismo, emerge un sentido de positividad de la existencia y de esperanza, porque son palabras de Hannah los hombres, aunque tengan que morir, no han nacido para morir, sino para empezar. Paolo Terenzi |