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Aquella tarde en que la lanza rasgó el pecho de Jesús, ocurrió el gran milagro de la misericordia, la reapertura del paraíso. Esta puerta que ya no se cierra, esta llaga que nunca ha de cicatrizar, introduce directamente al huerto del amor. Esta herida es la rendija de luz para los niños, a quienes la oscuridad espanta, y para los hombres muy cansados, que se asustan de sus propios miedos. Es la verja que da al patio de recreo, es el puerto seguro y abrigado para todo navío a punto de desguazar. Es el umbral del santuario, la fisura por donde el pino se desangra y crea riqueza, la fuente que mana agua, la ventana que mana sol, los labios que pronuncian el ansiado nombre, el escotillón que conduce a la bodega, el surco en que se encontró el tesoro, la hendidura de la roca donde la paloma descansa. Es la llaga del corazón.
¿Qué es un corazón? Lo es todo. Nombramos el corazón y lo nombramos todo. Designamos al hombre entero. Caminar por las vías del corazón es realizar la propia voluntad. Cuando la alegría visita al hombre, su corazón retoza; la La etimología nos enseña que es en el corazón donde anidan los recuerdos. El que perdona de veras, perdona de corazón. Los hombres verdaderamente puros son los limpios de corazón, y quienes son cándidos poseen corazón de paloma. El que se da a un amigo, le entrega su corazón, y el que le dice mentiras, las dice al dictado de un corazón doble. En las horas de vigilia es el corazón el que vela. El Señor, que penetra hasta lo más íntimo, sondea los corazones. ¿Qué es el corazón? Así como el medio del mundo mayor es el sol, así el medio del mundo menor es el corazón. Pues bien, así como el corazón no puede ser estrechado e identificado con ninguna de las dos partes que integran la persona del hombre, tampoco el Corazón de Cristo toleraría esa artificiosa reducción a uno solo de los componentes de la persona divina encarnada. El Corazón de Cristo es la sede de los dos amores suyos, humano y divino, el órgano de su único amor humano-divino, amor del Dios hecho hombre en cuanto hecho hombre. Amor, por consiguiente, del Dios que es amor, y precisamente en tanto en cuanto es amor y sólo amor. José María Cabodevilla |