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Sólo unidos a nuestros hermanos por un objetivo común, ajeno a nosotros, respiramos y la experiencia nos demuestra que amar no es mirarse el uno al otro, sino mirar juntos en la misma dirección.
¡Qué poco ruido producen los milagros verdaderos! ¡Qué sencillos son los acontecimientos esenciales! Ocurrió en el transcurso de un reportaje sobre la guerra de España. Había cometido la imprudencia de asistir, sin haber sido invitado, a un embarco de material secreto en una estación. Desperté las sospechas de unos milicianos anarquistas. En este momento se produjo un milagro, un milagro muy discreto. No tenía cigarrillos. Puesto que uno de mis carceleros estaba fumando, esbozando una ligera sonrisa, le rogué que me pasara uno. Se pasó con lentitud la mano por la frente, dirigió la vista, no ya a mi corbata, sino a mi cara y, sorpresa para mí, él también esbozó una sonrisa. Fue como la salida del sol. No había tenido lugar ningún drama. Todo seguía igual, pero todo se había transformado. Aquella sonrisa me había liberado, era un signo tan definitivo, tan irreversible como la salida del sol. ¿No es la alegría el más preciado fruto de nuestra civilización? También una tiranía totalitaria podría satisfacer nuestras necesidades materiales, pero no somos ganado para el engorde. Para nosotros, educados en el culto del respeto al hombre, pesan mucho los simples encuentros. ¡Respeto al hombre! ¡Ésta es la piedra de toque! Cuando el nazi respeta exclusivamente a quien se le parece, no respeta nada más que a sí mismo, y, en lugar del hombre, funda para mil años el robot de un hormiguero. El orden por el orden castra al hombre en su poder esencial, el de transformar el mundo y a sí mismo. La vida crea orden, pero el orden no crea vida. Sólo seremos felices cuando tengamos conciencia de nuestro papel, incluso del más discreto. Sólo podemos vivir en paz y morir en paz, pues lo que da un sentido a la vida da sentido a la muerte. Antoine De Saint-Exupéry |