RetrocesoA&ONº 220/6-VII-2000SumarioCriteriosContinuar
Toda una cadena de libertad
Cuándo me vas a sacar de este cole? Es horrible. Aquí tengo que hacer lo que me dé la gana.

Los niños no andan rebuscando las palabras. Así de contundente y claro era con su madre un pequeño de ocho años, a las pocas semanas de haber ingresado en un colegio de su ciudad, en los Estados Unidos, creado según las ciencias y técnicas pedagógicas más avanzadas. Sobran los comentarios. La anécdota, que explica muy bien la situación lamentable, en buena medida, de la enseñanza actual, es aplicable igualmente al hondo sufrimiento que muchos jóvenes disfrazan de movida nocturna, de manera especialmente llamativa en los pueblos y ciudades de nuestra España actual.

Aunque no la formulen, la pregunta del niño norteamericano está latiendo, con angustiosa intensidad, en el fondo del alma de la inmensa mayoría de los jóvenes de hoy. La tremenda desorientación de los escolares, que manejan la informática y navegan por Internet con una maestría increíble, pero que no saben distinguir ni siquiera los puntos cardinales, evidencia de forma realmente dramática la ausencia de auténticos maestros que enseñen a ser libres. Hacer uno lo que le dé la gana, evidentemente, no es libertad... Sin embargo, tras esta expresión que tan espontáneamente aflora a los labios de tantísimos niños y adolescentes, se esconde una profunda verdad. Salir de aquel colegio horrible, ¿no era en realidad lo que le daba la gana a aquel pequeño? ¡Igual que le daba la gana tener los maestros que no tenía! Responder a estas ganas, al deseo más verdadero de todo ser humano, es sin duda la primera exigencia de cara a quienes van a ser los hombres y mujeres del nuevo milenio.

El deseo de vivir, y vivir en plenitud, está en el centro mismo del corazón de todo joven, por muchos y muy equivocados caminos que tantee. Hasta el pasotismo más inerte esconde el deseo de vivir. El alcohol y la droga, búsqueda de algo que no encuentran ni en casa, ni en la escuela, la huída desesperada de una existencia sin sentido, que produce náusea —bien representada, hasta físicamente, en la bochornosa resaca que ensucia los fines de semana calles y plazas—, evidencian la urgente necesidad de dar a adolescentes y jóvenes lo que a gritos están pidiendo a los adultos. ¿Pero cómo van a dar los adultos lo que no tienen?

Valores: así resumen muchos lo que hay que dar a los jóvenes. Educar en valores suele ser la fórmula mágica con que se trata de responder a la triste situación de un mundo sin el único horizonte que le llena de sentido. ¿Acaso este horizonte son los valores? (por cierto, ¿quién los determina y con qué criterios y dónde está la fuerza para vivirlos?) El niño del colegio horrible, como los adolescentes y jóvenes, los de hoy y los de todos los tiempos, no necesitan una lista de valores abstractos a conquistar, sino personas concretas a las que seguir. ¿No está aquí precisamente el inmenso atractivo de Juan Pablo II para los jóvenes? ¡Claro que el Papa enseña doctrina y valores, pero ahí está su persona misma en primerísimo lugar! Sencillamente porque para él también está Otro en primerísimo lugar.

Cuando el horizonte de la vida son las cosas, por muchas y valiosas que puedan ser —incluidas las espirituales—, el alma se seca y se muere. El horizonte de la vida no es otro que una Persona, y de tal manera, que sin Él —son palabras suyas— no podemos hacer, pero menos aún ser, nada. Él se atrevió a decirle al joven rico, como a tantos de los que nos hablan los evangelios —Zaqueo, la Samaritana, Juan y Andrés y sus hermanos...—: Déjalo todo, ven y sígueme... Conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres. Hoy sigue sucediendo igual que ayer.

Sólo generan hombres libres quienes ya lo son. Toda una cadena, no de esclavitudes, sino de libertad. Los jóvenes de la movida paralizante, como en definitiva los no menos paralizados ejecutivos yupies o mujeres liberadas, necesitan personas libres a quienes seguir, que muestren a plena luz la verdadera respuesta a esas ganas de vivir, y vivir en plenitud, que constituyen la verdad más honda de todo ser humano.