RetrocesoA&ONº 220/6-VII-2000SumarioDesde la feContinuar
El pequealfa
Me llevó el viento
Anoche, cuando viajaba desde mi bosque para estar hoy con vosotros, me pasó algo increíble. Fue el viento el que me llevó hasta allí. Me dejé balancear por una brisa suave a través de unos campos inmensos de color amarillo y verde, y de repente apareció ante mí una pequeña ciudad. Las calles estaban vacías, era tan tarde que casi todo el mundo descansaba ya en sus casas. Y era una sensación muy agradable poder volar tranquilamente mientras escuchaba el silencio de la noche. Los semáforos, las aceras, los bancos de los parques e incluso las papeleras se mantenían inmóviles y daban la sensación de estar pensando en todo aquello que habían visto durante el día: aquella muchacha que pasó a su lado deprisa con los ojos enrojecidos, o aquel anciano que caminaba torpemente mientras nadie le prestaba atención.

De repente, me fijé en una luz encendida en medio de un gran edificio. ¿Quién puede estar despierto a estas horas? No pude evitar asomarme a la ventanita. Y lo que vi se ha quedado grabado en mi memoria para siempre. Logré colarme por un pequeño hueco de la ventana que habían dejado abierto. En el interior de aquella habitación se estaba muy bien, olía de una manera especial, yo diría que así huelen los niños más pequeños. Pero quien se encontraba en la habitación no era un niño pequeño. Era una joven. En silencio escribía en unos papeles de una forma pausada, como si lo que allí ponía le saliese de un lugar del corazón a donde duele llegar. Estuvo escribiendo mucho tiempo, apoyada en una mesa llena de objetos: lápices, hojas, un radiocassette, hasta un osito de peluche. Al final se levantó, se quedó mirando de pie todo lo que había escrito y se fue. Las hojas se quedaron sobre la mesa. No pude evitarlo. Con todas mis fuerzas las cogí, abrí la ventana empujándola desde la rendija que había, y allí, sentado en el alféizar, con los pies colgando en la noche, las leí.

Querido Dios:

En medio de la noche, cuando nadie puede verme, te escribo al fin. Son tantas las cosas que me gustaría contarte, tantas las experiencias y tantas explicaciones las que te debo que puede que fuera ésta una carta infinita.

Hace unos años hiciste que a mi padre le destinasen a trabajar a esta ciudad. Yo no quería venir, porque tenía que dejar a todos mis amigos, toda mi vida hecha en otra ciudad. Recoger mis cosas e irme. ¡No quería! ¿Por qué tenía que ser así?

Cuando llegué aquí, sabes bien que tenía los ojos muy abiertos. Ni siquiera tenía muy claro cómo era yo…, así que tampoco sabía qué tipo de personas iban a convertirse en mis nuevos amigos. Añoraba mi antigua vida, mi antigua casa, mi colegio… Pero una extraña voz (ahora sé que eras Tú) siempre me decía que fuera valiente. Que había muchas cosas que tenía que descubrir, otras formas de mirar, de disfrutar, de reír. ¡Cuánta razón tenías! En seguida comencé a darme cuenta de la cantidad de cosas que podía hacer y nunca había hecho. Y apareciste Tú. Llegaste bajo una forma distinta. Eras joven, alegre, desenfadado…, eras Aquel que descolocaba mis esquemas y me dejaba boquiabierto. Te manifestabas en personas que yo admiraba y me hacías más abierta, yo que siempre creí que sería lo contrario… Cada película, cada libro, cada canción que escuchaba llegaban hasta mí y me servían para aprender. Me enseñaste a encontrar belleza en los instantes eternos, a reír en los momentos difíciles y a llorar hasta con el exceso de cariño. Porque también hubo cariño, tanto que dolía. Y qué dolor más bonito…

Ahora, después de haberme dado por completo a este lugar, tengo que irme de nuevo. Y sólo quería que supieras que no voy a tener miedo. Que el cine, los libros y las canciones siguen haciendo su camino a mi lado. Que habrá otras personas que me sorprendan y me llenen de nuevas locuras para soñar despierta. Pero déjame que mantenga el recuerdo de estos años. Porque sin ellos yo ya no sería lo que soy ahora, ni estaría escribiendo y retando al mundo con nuevos cuentos, cada uno de ellos escritos con la intención de ser "el más bonito del mundo". Así que permíteme que guarde muy adentro mi tesoro. Adiós, Salamanca. Hasta siempre.

Aquí terminó la carta. Me quedé pensativo hasta que me sobresaltó un ruido. Intenté esconderme y entonces me di cuenta de que la joven entraba de nuevo en la habitación. Se dirigió hasta la mesa y se quedó mirando fijamente el espacio vacío donde habían estado antes los papeles y que ahora tenía yo bien sujetos. Ahora me descubre, pensé yo. Sin embargo, sólo levantó la cabeza hacia la rendija de la ventana que dejaba pasar el aire templado de la noche y sonrió. Su mirada traspasaba los cristales, los edificios y hasta la oscuridad del cielo. Se dio la vuelta y se fue.