RetrocesoA&ONº 220/6-VII-2000SumarioDesde la feContinuar
No es verdad
Aquí, como siempre, o nos quedamos cortos o nos pasamos cien pueblos: ha ocurrido en numerosas ocasiones; ocurrió desgraciadamente con el divorcio y el aborto, ocurrió con tantas otras revoluciones que iban a cambiar el mundo, y que lo único que cambiaron, naturalmente, a peor, fue a quienes se dejaban engatusar por ellas, y está ocurriendo ahora con esa penosa historia del orgullo gay. Los sociólogos norteamericanos no salen de su asombro: Importáis, dicen, todo nuestro "politically correct", pero no importáis toda la reflexión crítica que desde hace tiempo se ha abierto en América sobre ésta y otras cuestiones. Enorgulleciéndose absurdamente no se sabe de qué, y al socaire de un montaje internacional cochambroso, en prensa, radio, televisión, y cine, se ha podido leer estos días cosas como la que escribe en El Mundo Eduardo Mendicutti: Ser gay es fantástico. Pues no lo sé, y francamente no tengo el menor interés en saberlo; pero, a juzgar por lo que sufren a causa de eso tantos seres humanos, mucho me temo que no debe de ser tan fantástico. Si hablaran los confesionarios y si los psiquiatras pudieran romper su secreto profesional al respecto ...
Ante este grave problema, como ante todos, siempre me pregunto qué diría y qué haría nuestro Señor Jesucristo, y la respuesta la encuentro en el Evangelio: ¿Nadie te ha condenado? Yo tampoco te condeno. Pero añadía —y esto es lo que nunca quieren recordar los que sólo recuerdan lo primero—: Vete en paz y no peques más. La condición humana es la que es: todas las condiciones humanas son las que son y, ciertamente, no todas son como para enorgullecerse; pero si es verdad que se es como se es, no es menos verdad que se actúa como uno quiere actuar, que para eso Dios nos ha dado la libertad, y la cabeza; y pienso sinceramente que la mejor ayuda y la mayor solidaridad y el mejor servicio que se puede hacer a un ser humano es decirle la verdad; y la verdad no es engañarle con que ser gay es fantástico, sino recordarle responsablemente que igual que un círculo nunca puede ser cuadrado, lo que es diferente nunca puede ser igual. Pese a quien pese, y se empeñe quien se empeñe en lo contrario; guste, o deje de gustar, eso ha sido, es, y será siempre así, dicho sea desde el mayor de los respetos a cada una de las personas. Vivimos en una sociedad tan falsa y tan cutre como la que ha descrito maravillosamente Mingote, una vez más, en la viñeta que ilustra este comentario: se les cuentan a los niños desde la tele milongas intolerables, se les niega el pan y la sal en la escuela, hasta hacerles desconocer la propia historia, se les quitan las Humanidades en la Universidad para que no puedan tener criterio propio y luego se les manipula y esclaviza, eso sí, rentablemente siempre, a capricho y antojo. ¿Resultado? No saben ni quiénes son, y encima se enorgullecen de ello. La experimentada sabiduría de Montanelli lo acaba de sintetizar magistralmente en el Corriere della Sera: El respeto no se pretende; se conquista.

¿Fátimas?, no gracias: así titula José Ignacio González Faus un artículo que publica en El Mundo, diario que dice que el autor del artículo es teólogo. En un sumario destacan que deben respetarse las revelaciones; esa manera de titular ¿es un modo de respetarlas? Es un botón de muestra de tantos como estos días han salido a deterninados medios intentando, como sea, manchar lo limpio y complicar lo sencillo. Hay cosas que evangélicamente sólo podemos entenderlas si nos hacemos como niños. De todos modos, expresar respetuosamente el desacuerdo es más noble que ironizar cobardemente sobre el tema de Fátima, enviando anónimos deleznables a las redacciones de los periódicos. Al menos, dar la cara... Y, por cierto, los teleñecos de Teleplus, en vez de sacar al Papa con Rappel, ¿por qué no sacan a Polanco con Villalonga y Felipe González?

Gonzalo de Berceo