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El pasado 26 de junio se dió una curiosa coincidencia: ese día se hacía público en Roma el llamado tercer secreto Fátima, al tiempo que en Washington se anunciaba el descubrimiento de buena parte de los secretos del genoma humano. Dos noticias que se disputaron los espacios en los medios informativos: ¿una estrategia de muta neutralización de la religión y la ciencia? No lo creo. La religión y la ciencia se entienden hoy, gracias a Dios, mucho mejor de lo que nos quieren hacer creer algunos comentaristas de ingenua y anticuada beligerancia. Sin embargo, la coincidencia nos brinda la ocasión de reflexionar sobre algunas cuestiones importantes suscitadas estos días a propósito de Fátima y de Washington.
Los científicos anunciaron la secuenciación casi completa del genoma humano, sin entrar en cuestiones éticas, ni mucho menos antropológicas o teológicas. En cambio, el Presidente Clinton dijo que estamos aprendiendo el lenguaje con el que Dios creó la vida humana. Algunos escritores de nuestra prensa interpretaron esto en el sentido de que los humanos estamos, por fin, convirtiéndonos en verdaderos dioses, capaces de diseñarse o de crearse de nuevo a sí mismos o, al menos, a sus descendientes. He aquí la cuestión básica para nuestra reflexión. Son muchos los científicos que dicen que del lenguaje de Dios apenas hemos aprendido todavía más que la a. Sin embargo, nada habría que objetar desde el punto de vista religioso a que aprendiéramos el entero alfabeto con el que el Creador ha escrito su obra. Si Él nos ha dado el encargo de dominar y de cuidar la creación, es porque nos ha dotado también de la capacidad de ir desvelando y conociendo sus secretos. Las noticias de Washington sobre la secuenciación del genoma son una buena noticia para los creyentes. Son noticias que nos hablan de lo bien que Dios ha hecho su obra y de lo grandiosa que es su creación: tanto el alfabeto de los elementos biológicos que componen la vida, como el poder de la inteligencia humana, capaz de ver ese alfabeto, de leerlo e incluso, tal vez no tardando mucho, de entender lo que está escrito con él. Bien, pero ¿qué nos dice el lenguaje de la creación? Ésta es la pregunta crucial, en cuya respuesta se separan los creyentes en Dios de los creyentes en la ciencia humana. No es que quienes creemos en Dios no confiemos también en las posibilidades de la ciencia. Como acabo de decir, no nos faltan tampoco razones teológicas para mirar al mundo con toda simpatía y para lanzarnos al descubrimiento de sus secretos. Baste recordar que en los cimientos del Proyecto Genoma están los hallazgos de un monje benedictino, Mendel, fundador de la genética moderna. Los científicos de hoy son también creyentes en su gran mayoría. Pero los creyentes no |
| Se podrá decir que estas preguntas están mal planteadas porque no hay manera humana de darles una respuesta plenamente cierta. Pero no se podrá decir que los seres humanos no nos planteemos desde siempre preguntas como éstas. ¿Estamos mal planteados también nosotros? No. Lo que está mal planteado es el presupuesto desde el que se puede llegar a pensar que las preguntas más importantes de la existencia humana sean ilegítimas. Es un presupuesto que hemos visto de nuevo estos días presente en sesudos comentarios sobre la noticia de Washington y que se ha expresado como sigue: Somos repúblicas de células. Claro, ni las células ni sus repúblicas piensan, esperan o aman. Esto es lo que no tiene en cuenta el presupuesto materialista que tiende a reducir el espíritu humano a los genes o a los átomos, y que permite escribir con ilusa fe científica cosas como ésta: ¿Qué es un ser humano? La respuesta está en el genoma? Pues no, la respuesta no está en el genoma; lo estará, en todo caso, para quienes se empeñen en negar legitimidad a lo más humano de los seres humanos.
El secreto de Fátima, publicado la semana pasada en Roma, no añade nada nuevo a lo que los cristianos creemos. No es ningún nuevo dogma de fe. Lo realmente interesante sobre el mundo, el ser humno y sobre Dios mismo ya nos ha sido revelado en Jesucristo: el mundo existe porque Dios es amor (el Amor creador que es la Trinidad Santa); por eso estoy yo aquí: porque el Creador tiene también un Corazón humano; el sufrimiento ha sido redimido por la sangre del Hijo de Dios; la misma sangre que me libera de la injusta pretensión de justificarme a mí mismo por mis propios y solos resultados; que perdona y sana mis peores males; que me quita el miedo a la muerte y me da ya, en adelanto de esperanza, la vida eterna. Hasta los genes se alegran también de este Evangelio, de esta Buena Noticia. Porque hemos sido creados para escucharla y para disfrutar de ella. Pero está claro que el hombre, esa creatura cuyo origen y destino la superan infinitamente a ella misma, es mucho más que sus solos genes. La profecía escrita por sor Lucía, que hemos conocido el pasado 26 de junio, ni puede ni pretende darnos más conocimientos de fe que los que ya tenemos por nuestra fe divina y católica. Es una revelación privada, como tantas otras que la Iglesia ha reconocido, cuyo sentido, en los caminos de Dios con nosotros, es recordarnos el Evangelio con unos determinados acentos epocales. Pienso que los acentos del mensaje de Fátima son fundamentalmente dos. Por un lado, ante el siglo del ateísmo de Estado y de masas, que ha sido el siglo XX, ese mensaje recuerda que sólo Dios es el fin verdadero de la existencia humana; y, ante el endiosamiento del hombre, expresado en las ideologías y sistemas ateos que cuajaban precisamente en los años de los acontecimientos de la Cova dIría, advierte que el hombre, convertido en dios por su propia y extravagante voluntad, se entrega a sí mismo a la esclavitud idolátrica que lo lleva a la destrucción temporal y a la muerte definitiva (el infierno). El siglo de los mártires, que ha sido también el siglo XX, es un signo histórico de todo ello. Pero, por otro lado, el mensaje de Fátima recuerda que, justo por ser Dios el origen primero y el destino último del ser humano, la historia de cada hombre y de cada mujer, igual que la historia de la Humanidad, es verdaderamente el reino de la libertad. Nada está escrito deterministamente en los astros ni en los genes. Las leyes de la naturaleza, de la biología y de la Historia existen, ciertamente, pero al servicio de la libertad humana. No son ellas inapelables fuerzas divinas, sino expresión de la inteligencia del Creador, lenguaje suyo con el que los humanos escriben libremente el drama glorioso de su destino. La llamada a la conversión y a la penitencia, centro del Evangelio, es renovada por Nuestra Señora de Fátima en beneficio de la verdadera libertad humana. La liberación de la muerte que el Papa atribuye a su mano materna, gracias su especial confianza en ella, es un signo elocuente de la liberación definitiva de la muerte que la fe en el Evangelio otorga a todos los que, a pesar de sus pecados y de todos los sufrimientos de este mundo, ponen su confianza en el Dios de la Vida. ¿Está Fátima contra Washington, Dios contra los genes? Es evidente que no. Dios sólo está contra los ídolos, que ofrecen vida y acaban dando muerte a sus creaturas. El Proyecto Genoma es, en principio, un descubrimiento positivo de la inteligencia humana que puede ser empleado a favor de la vida. Pero también puede convertirse en un ídolo sediento de sangre. No podemos fiarnos de quienes dicen que la respuesta a la pregunta por el hombre está en los genes. Son falsos profetas. Sus erradas profecías son las mismas que han traído tanto sufrimiento y destrucción al siglo XX. Estamos a tiempo de rectificar. Tenemos derecho a esperar un siglo XXI mejor que el que estamos despidiendo. La clave está en el Evangelio que Fátima nos recuerda: en que no atentemos contra la imagen viva de Dios en el mundo que es el ser humano, todo ser humano, cada hombre y cada mujer que vienen a este mundo. No nos excusemos de nuevo con el pretexto tan manido de que estamos construyendo un diseño de hombre mejor. Ya sabemos las consecuencias de la ideología prometeica de los constructores de hombres, de los superhombres ¿Las hemos olvidado? Parece que los conocimientos procedentes de la secuenciación del genoma posibilitarán la fabricación de medicinas y la aplicación de terapias génicas capaces de luchar mucho más eficazmente contra determinadas enfermedades. Estupendo. Que no se pierda el tiempo en conseguir esos frutos y que los justos beneficios que merece el trabajo bien hecho no cedan el paso a intereses espurios que hagan inalcanzables para muchos las ventajas de la nueva medicina que viene. Pero, sobre todo, que no se pongan los nuevos saberes al servicio de proyectos contrarios a la dignidad de los seres humanos. Éste es, no cabe duda, un gran riesgo. Porque las voces de los falsos profetas no son precisamente tenues murmullos, sino que se dejan oir demasiado, aunque sea bajo la forma tranquilizante de pseudoargumentaciones filosóficas, científicas e incluso éticas. No es verdad que el saber sea malo de por sí, ni que pueda llegar a sobrepasar la capacidad humana de actuar responsablemente. Lo que sí es verdad es que, cuanto más sabemos, más podemos y, por tanto, más riesgos corremos. Por eso es necesario sopesar muy bien lo que vamos a hacer y lo que ya estamos haciendo, sin despreciar ningún tipo de saberes y, en modo alguno, el saber razonable de la fe. El conocimiento completo del genoma hará posible a quienes se permiten ya hoy encargar hijos de laboratorio, pedir que se los fabriquen totalmente a la carta; inducirá, incluso, a que la fecundación in vitro se convierta para muchos, que hasta ahora no recurrían a ella, en un método habitual de buscar descendencia, perfectamente seleccionada gracias a un previo análisis genético de los embriones. En otro orden de cosas, nuevos tipos de discriminación laboral y social serán también posibles cuando los humanos se conviertan en hombres de cristal, transparentes genéticamente para el análisis biomédico. Todo ello, con grave lesión del derecho a la vida de los más débiles, en unos casos, y de otros derechos fundamentales de los hijos o de los ciudadanos, en otros casos. Lo que hay que evitar se puede evitar. Si vamos conociendo mejor el lenguaje de Dios en la creación, será absurdo y muy peligroso apartarnos de lo que Él nos ha manifestado en su revelación. Correríamos el riesgo de desorientarnos y de actuar en contra del hombre sometiéndonos al capricho de nuestra voluntad idolatrada. El esclarecimiento del misterio del hombre en Jesucristo nos da la luz y la fuerza necesaria para evitar lo que hemos de evitar. Fátima no hace más que recordárnoslo al final del siglo XX. Juan A. Martínez Camino |