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Los tiempos que corren no son proclives a darnos películas dirigidas a un público cristiano. Es muy fácil encontrar numerosos estrenos para consumo y disfrute del autodenominado colectivo gay; es casi imposible rescatar un título al año orientado a alimentar o enriquecer la conciencia cristiana. Por eso, que se estrene un film sobre la vida de Cristo, alejado de cualquier intención polémica, es una novedad que reclama a priori toda nuestra atención. Y si, una vez vista, descubrimos que se trata de una estupenda película, la novedad se convierte en excepcionalidad. Excepcionalidad por la que cabe estar muy agradecidos.
Hablamos de un título que llegará a cien pantallas españolas el 4 de agosto: El hombre que hacía milagros. Se trata de una vida de Jesucristo contada, con muñecos de látex, animados fotograma a fotograma, por el sistema conocido como Stop Motion. Se han invertido cinco años en su preproducción y rodaje, financiados por la productora de Mel Gibson, Icon Films. Con una estética de Belén viviente, es una película muy distinta de todas las Vidas de Jesús que hasta hoy se han realizado en cine. En primer lugar, porque la figura de Cristo, siendo fiel a los evangelios, está lejos de la imagen empastelada e irreal de otras versiones que conocemos. En segundo lugar, porque esa naturalidad de Jesús se corresponde con la naturalidad de los otros personajes, entre los que destacamos a Pedro, a la hija de Jairo y a Judas. En algunos momentos el texto es libre, pero muy acertado (muy católico, diríamos), y cuando es fiel a la letra de las Escrituras, traspira una cierta novedad nada solemne o hierática. El hombre que hacía milagros es apropiada para niños y mayores. Para niños, por lo fascinante de la animación, la expresividad de los rostros y la recreación de los escenarios. Para los mayores, por la presentación persuasiva del Acontecimiento cristiano, y por la riqueza del punto de vista adoptado por el film. Obviamente el argumento es selectivo en sus pasajes; por ejemplo, se echa de menos un desarrollo mayor de la figura de la Virgen o de otros personajes; pero las escenas escogidas captan lo esencial de las mismas y no distorsionan la verdad del Evangelio. La película alterna las imágenes reales de los muñecos de látex con dibujos tradicionales, que son utilizados para narrar recuerdos, parábolas o para explicar elipsis temporales. La historia comienza con la enfermedad de la hija de Jairo muchacha cuya presencia recorrerá significativamente toda la película y termina con las apariciones de Cristo resucitado a sus amigos. Aunque no parece un film propio del verano, invitamos a verlo y a que, cuando salga en vídeo, se adquiera para colegios, parroquias o particulares, ya que no sabemos cuándo nos volverán a ofrecer una película cristiana. Juan Orellana |