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Lo ha dicho certeramente J. Dupont a propósito del rechazo de Jesús en Nazaret: En nombre de una evidencia, rechazan otra. Así les ocurrió a los vecinos de Cristo: oyeron su sabiduría y vieron sus milagros. Era una evidencia. Pero sucumbieron ante otra: conocían sus orígenes, su familia, su oficio. Y les pareció que esta evidencia no explicaba ni su sabiduría ni sus milagros. Se cerraron a la fe, y negaron paradógicamente la realidad. Quien no cree, ciega una vía de acceso a la verdad misma de las cosas, a esa verdad de los hechos de Cristo que desfilaba incontestable ante los ojos de sus contemporáneos, que terminaron escandalizándose a causa de él.
Detrás de este escándalo en torno a los orígenes humildes de Jesús, que le hace demasiado normal para pretender ser el Mesías, late, en el fondo, el miedo del hombre a la cercanía de Dios. No nos gusta que Dios sea tan cercano, que pueda asomarse a nuestra vida con la confianza de un vecino más, de un hermano que convive y participa de todas nuestras pruebas. Tanta cercanía le daría pie para, puesto a nuestro nivel, llevarnos al suyo y conducirnos serena y suavemente a su verdad. El hombre no quiere que Dios se tome confianzas, prefiere mantenerle a distancia, bajo ese halo aparatoso y deslumbrante ¡fuegos de artificios! en que, a menudo, imagina que acontece la revelación de lo divino. Un Dios que toma nuestras medidas es peligroso: puede pedirnos que le imitemos. Dios ha escogido el camino de la encarnación: ése es el escándalo del cristianismo, que la razón soberbia se resiste a aceptar, no porque no sea razonable, sino porque sería demasiado comprometido para el hombre. Ya no podría quejarse de la lejanía de Dios, ni de su olvido del drama de los hombres; no podría acusar a Dios de su impasibilidad ante el dolor, ni de hacer oídos sordos ante el llanto de los inocentes; ni podría reprocharle que no puede ser conocido porque no se ha ajustado a nuestras medidas humanas y razonables. Todo esto lo ha hecho Dios, acercándose al hombre en su propia carne, a su medida, y ofreciéndole la mano con toda confianza. ¡Que no me quiten a este Dios, que no le pongan trabas para caminar entre los hombres! Un Dios, cuyas manos hacían milagros y trabajaban en su oficio; un Dios que callaba tantas veces y, a su tiempo, enseñaba con sabiduría. De Él me fío, porque rechazó, como tentación diabólica, revelarse por el camino del artificio y del espectáculo, de la gloria a la que renunció cuando, en la encarnación, tomó la condición de siervo. + César Franco |