RetrocesoA&ONº 220/6-VII-2000SumarioIglesia en MadridContinuar
La voz del cardenal arzobispo, ante la próxima Jornada Mundial de la Juventud
Carta a los jóvenes de Madrid
Los jóvenes católicos de todo el mundo podrán vivir una gozosa e inolvidable experiencia religiosa el próximo mes de agosto, en el Jubileo de los Jóvenes, con el Papa, en este Año Santo 2000. Nuestro cardenal arzobispo, ante este próximo acontecimiento eclesial, se dirigió así a los jóvenes el pasado domingo, Día del Papa:
Está a punto de acabarse el curso y de que den comienzo vuestras vacaciones. Ha sido éste, y está siendo, un año singular: para los cristianos y, aún, para toda la Humanidad. Es el Año Dos Mil de la Encarnación y Nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo, año de Gran Jubileo: de la esperanza gozosa y de la renovación honda de nuestra alegría, nacida del manantial fresco e inagotable del perdón, de la reconciliación y del amor infinito de Dios Padre, que nos lo ha dado en su Hijo, Jesucristo, por el don suavísimo y transformador de su Espíritu. ¡Un Año verdaderamente de Júbilo!

Os invito, mis queridos jóvenes de Madrid, a vivirlo a fondo, hasta lo más íntimo del encuentro con Aquel, el Señor Jesús, que es el Hijo de María e Hijo de Dios. Una oportunidad excepcional se nos ofrece para ello —os la ofrece Él mismo a todos vosotros— en el corazón del Gran Jubileo —según expresión de Juan Pablo II—: la XV Jornada Mundial de la Juventud en Roma con el Papa, los días 15 al 20 de agosto próximo.

Mi invitación de hoy se presenta como eco fiel y vibrante de la invitación que os ha dirigido el propio Santo Padre, el último Domingo de Ramos. Os la hago precisamente en el día en el que toda la Iglesia de España le recuerda en la veneración, obediencia y amor filiales rogando fervientemente al Señor por su persona y ministerio. El Papa es el Sucesor de Pedro, Vicario de Cristo, Pastor de la Iglesia universal. Juan Pablo II mantiene vivo hoy en medio de la Iglesia el servicio y testimonio de Pedro para que no decaiga, ni desmaye, nuestro a Cristo; para que lo formulemos en el lenguaje diario de toda la existencia como un de una fe renovada y plena de esperanza, y de un amor sin límites, cuyo centro es Él, el Salvador del mundo. Su alimento y campo de cultivo: la Comunión de la Iglesia. Sus frutos y expresión más inequívoca: los compromisos y obras de amor con nuestros hermanos, especialmente los más jóvenes y necesitados. ¡Son tantos los jóvenes de Madrid y del mundo que han perdido el sentido, la verdad y la razón de vivir! Son numerosos los que han acabado víctimas de las más variadas y refinadas explotaciones y esclavitudes: de su cuerpo, de su trabajo, de su personalidad interior, de su corazón y de su alma.

Muchos de los jóvenes de hoy, incluso los de nuestro entorno más próximo, no saben de Cristo u opinan equivocadamente de Él. Y, nosotros mismos... ¡cuántas veces vacilamos! El Señor, como lo hizo con sus discípulos, nos actualiza la pregunta: Quién dice la gente que es el Hijo del hombre... Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? Simón Pedro se adelanta y responde también ahora como en aquel momento clave para el nacimiento de la Iglesia y el testimonio universal del Evangelio: Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo.

PEDRO ES HOY JUAN PABLO II


Mis muy queridos jóvenes de Madrid: ¿Verdad que necesitamos renovar con quien es hoy Pedro para la Iglesia y los hombres de nuestro tiempo el de la profesión plena, empapada de todo nuestro ser, sin tapujos, de la fe en Jesucristo, Nuestro Señor y Salvador? ¿Y que urge proclamar en Roma, como la ciudad más universal, la católica, ante el mundo y para los jóvenes de toda la tierra y en su nombre: Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo? ¿Y reiterarle con la misma fuerza, y en el mismo lugar, la Ciudad Eterna, como Pedro y con Pedro: Sí, Señor, tú sabes que te amo? Queremos decírselo —lo de seamos ardientemente— como una promesa única, con el impulso vigoroso del que está dispuesto a compartir ese amor con todos los hombres, sus hermanos: los próximos y los lejanos. Sin superficialidades ligeras o hipócritas, y sin inconstancias, fruto de la comodidad y de la debilidad egoísta. Lo cual sólo es posible con Jesús mismo, con su Amor, viviendo su vida, buscándole en la escucha de la Palabra, en la participación en los sacramentos, especialmente, de la Eucaristía y de la Penitencia.

Vosotros habéis sido partícipes incansables y generosos de todas las Jornadas Mundiales de la Juventud, ya celebradas. Habéis ayudado a portar la Cruz del Año de la Redención a todos los jóvenes del mundo, desde Roma en 1985 y Santiago en 1989, pasando por Czestochowa, Denver y Manila, hasta París en 1997, física y espiritualmente, con el talante humilde del peregrino y con el entusiasmo ardiente del apóstol. Vuestro distintivo ha sido el típico de todas las generaciones de los jóvenes católicos de Madrid: el de la generosidad misionera.

¡Vayamos a Roma unidos a los jóvenes de los cinco continentes, siguiendo la llamada que nos hace el Papa! Con su estilo tan propio, el del testigo valiente del Evangelio nos interpela: ¡No tengáis miedo de ser los santos del nuevo milenio! Digámosle: ¡No, no tenemos miedo! Nuestro proyecto de vida, por la gracia y el amor de Nuestro Señor Jesucristo y con la mediación materna de la Santísima Virgen, su Madre y la nuestra, no conoce otra meta, ni otro contenido que la santidad. Ni más, ni menos. Se anuncia el alba de una nueva primavera de vida cristiana, espléndida en frutos de justicia, de amor y de paz, cuando asoma en el horizonte el tercer milenio de la Iglesia y de una Humanidad nueva. ¡Anunciadla y vividla ya en vuestra peregrinación a Roma en la XV Jornada Mundial de la Juventud!

¡Que Santa María del Camino os acompañe; y que Santiago Apóstol os ampare en todos vuestros pasos!

¡Hasta Roma, junto a los sepulcros de Pedro y de Pablo!

+ Antonio Mª Rouco Varela