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Robert Hugh Benson fue el hijo menor del arzobispo de Canterbury, nacido en 1871. Antes de convertirse al catolicismo, en 1903, llegó a ser clérigo anglicano. Estas Confesiones de un converso, editadas por Rialp, constituyen un impresionante testimonio personal que describe el arduo camino que le llevó a la Iglesia católica, no por una senda de sentimental entusiasmo, sino por la sólida y desnuda convicción de la verdad.
El cardenal Newman equiparaba las sensaciones de quien se convierte al catolicismo con las de alguien que, después de haber vagado toda la noche por una ciudad encantada, mira hacia atrás, al amanecer, y comprueba que los edificios se han disipado como los fantasmas y la niebla bajo la luz del naciente día. Exactamente así lo experimentó Benson, que escribe en estas páginas: Quienes desvirtúan, aunque sea de buena fe, las enseñanzas de la Iglesia no pueden representarla. En los temas que afectan directamente a las almas los sacramentos, la gracia y sus efectos, etc., no sólo hay que tener clara la fe, sino que hay que transmitirla continuamente; y, no menos continuamente, silenciar a quienes la oscurecen o la interpretan erróneamente. La doctrina anglicana es comparable con un hombre que aplica una cerilla a una mezcla defectuosa de combustible: donde hay celo y sinceridad personales, prenderá la llama. En la doctrina católica, sin embargo, es muy distinto: puede haber descuido o falta de piedad, pero el fuego arde de todos modos y al margen de las actitudes individuales, porque el combustible está bien preparado. |
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Exiliado en la primavera de la Florencia de 1898, donde las madonnas son luz y gracia, Rainer María Rilke constatará: Desde que sé guardar silencio, todo se me acerca mucho más. Estos diarios de juventud del poeta, que la editorial Pre-Textos edita en su colección Narrativa Clásicos, con traducción, prólogo y notas de Eduardo Gil Bera, están escritos entre 1898 y 1900. Esta obra constituye el gran inédito de la obra rilkeana para el lector español; y el lector asiste a ellos al proceso de Rilke en el aprendizaje, siempre arduo y humanísimo, del arte de escrutar a las personas y las cosas.
En su diario florentino escribe: El arte es un camino a la libertad. Dios es la más antigua obra de arte. Ser ateo es ser bárbaro. Despliega en estas páginas Rilke sus dotes para la descripción, y para una reflexión estética que resulta asombrosa, por su originalidad y sutileza, en un poeta de 23 años. Sólo más adelante, con la floración de la madurez, completará su intuición escrita en Berlín precisamente el día en que muera Bismarck: Los deseos son los recuerdos de nuestro futuro. |
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