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Respondo a la invitación de Alfa y Omega para que escriba algo sobre esta publicación que contiene recuerdos y reflexiones del cardenal Agostino Casaroli, sobre una de las actividades más conocidas y que más tiempo le ocuparon durante la mayor parte de su larga vida al servicio de la Santa Sede, culminada en sus once años como Secretario de Estado del Papa Juan Pablo II. Y lo hago desde la perspectiva de mis recuerdos personales, que orientan mi pensamiento y mueven mi corazón a redactar estas líneas también como homenaje hacia esta figura señera de la actividad de la Santa Sede en la segunda mitad del siglo XX. Y no puede ser de otra forma, como consecuencia lógica del privilegio de haberlo tenido como superior durante veinte años, y sobre todo entre los años 1975 y 1989, cuando le tuve más cercano en el trabajo y fue mi maestro, siendo yo colaborador suyo en el Consejo para los Asuntos Públicos de la Iglesia, ahora Sección de la Secretaría de Estado de las Relaciones con los Estados.
Después de haberlo conocido en ese Consejo en julio de 1969, durante un mes de prácticas previo al comienzo de mi servicio diplomático en la Santa Sede, el inicio en Helsinki, en noviembre de 1972, de los preparativos de la Conferencia sobre la Seguridad y la Cooperación en Europa mientras yo estaba destinado en la representación pontificia para los países escandinavos, me permitió empezar a descubrir algo de lo que ya entonces algunos denominaban la Ostpolitik de la Santa Sede, la política de la Santa Sede con respecto a los países comunistas de Europa central y del este. Como miembro de la delegación de la Santa Sede en esa Conferencia, comencé así mi aprendizaje para colaborar, gracias a la instructiva y amistosa mediación del hoy cardenal Achille Silvestrini, en algunas actividades que, dirigidas desde Roma por el entonces monseñor Casaroli, estaban de alguna forma relacionadas con la misma Ostpolitik. Me refiero concretamente a los esfuerzos que culminaron en la introducción del respeto de los derechos humanos y de la libertad religiosa como VII principio del Acta Final, firmada el 1 de agosto de 1975 en Helsinki entre los principios rectores de las relaciones entre los Estados miembros de esa Conferencia, proporcionando así nuevos argumentos formales a los deseos de la Santa Sede de mantener contactos bilaterales con los Gobiernos de los países europeos con regímenes comunistas. |
| Esa colaboración, modesta e incipiente, se consolidó con mi destino, a partir de ese mismo verano de 1975, en el Consejo para los Asuntos Públicos, en el que me integraron en el grupo reducido que, bajo la dirección inmediata de monseñor Luigi Poggi, se ocupaba de las cuestiones relativas a la situación y problemas de la Iglesia en los países comunistas y, por lo tanto, de preparar y mantener los contactos con delegaciones de los mismos en Roma, o en sus capitales respectivas.
Durante algo más de trece años, como mis compañeros del grupo, tuve la oportunidad de conversar casi a diario y siempre que fuera preciso con monseñor Casaroli, y de descubrir así la motivación principal y profundamente pastoral, mucho más que política, presente en toda su acción diplomática y, sobre todo, en la que ahora trato en estas líneas. En todo momento, pero sobre todo cuando las conversaciones y contactos se presentaban más difíciles, en especial por la intransigencia de los representantes de algún determinado país, esa actividad aparecía sostenida e impulsada por una idea fundamental, el deseo firme de la Santa Sede de dar a las Iglesias mártires de esos países la ayuda que el Sucesor de Pedro estaba llamado a ofrecerles, para asegurar unas condiciones mínimas para la atención pastoral de los creyentes, mediante el nombramiento de unos obispos dignos. Pocos podían pensar entonces me estoy refiriendo a los años setenta y ochenta que la situación en esos países pudiera cambiar radicalmente en un futuro inmediato, por lo que resultaba completamente lógico buscar, mediante el diálogo, el logro de esos resultados mínimos, pero pastoralmente necesarios. UNA VIRTUD NECESARIA
La paciencia fue, sin ninguna duda, una actitud y una virtud necesaria en esa actividad del cardenal Casaroli, pero no se deben olvidar otras cualidades suyas que facilitaban el diálogo con todos, y le ayudaban a no dejarse dominar por el desánimo y esforzarse por descubrir nuevos motivos para esperar, con paciencia, resultados positivos. Recuerdo, a tal respecto, su actitud de escucha atenta de sus interlocutores, incluídos los de aquellos regímenes comunistas, con la esperanza, en ningún modo ingenua, de que al menos en algunos de ellos, no obstante la hipoteca de la ideología comunista, pudiera existir el deseo sincero de terminar con unas situaciones de total cerrazón e intransigencia a la concesión de unas condiciones mínimas de respeto de los derechos de los creyentes y de la Iglesia. Señalo también su talante acogedor, ya desde los primeros instantes de una nueva relación personal. Y subrayo, por haber sido testigo en incontables ocasiones, su gran capacidad para elegir las palabras, tanto en una conversación como en un escrito, que reflejaran con claridad y precisión todo lo que quería transmitir, ni más ni menos, y sin molestar innecesariamente a su interlocutor. Esa motivación decididamente pastoral de servicio a comunidades eclesiásticas tan sometidas a prueba, como cumplidor fiel y tenaz del encargo recibido de los Papas que lo eligieron para esa delicada misión, y la necesidad de esa actitud paciente, salían a colación sobre todo cuando hablábamos con él en momentos difíciles, en los que la falta de progresos en las conversaciones con algunos Gobiernos podían favorecer las críticas de algunos y la incompresión de otros, tanto en algunos ambientes cercanos como en las Iglesias locales que se deseaba ayudar. Quería que sus colaboradores en ese sector muy delicado, como él mismo decía, del trabajo del Consejo para los Asuntos Públicos de la Iglesia, tuviéramos claras las ideas sobre las razones radicalmente pastorales de esos esfuerzos diplomáticos. Esas características personales de la actividad diplomática del cardenal Casaroli se me revelaron también en otros temas, en los que tuve igualmente el privilegio de ser uno de sus colaboradores, en especial en la Mediación del Papa Juan Pablo II en el diferendo entre Argentina y Chile sobre la zona austral, conocido frecuentemente como el diferendo del canal Beagle, la cual se prolongó desde diciembre de 1978 hasta mayo de 1985. Gestor de la paciencia sin límites y de la sabiduría particular de la Santa Sede, como representante del Santo Padre en esa tarea de mediación, fue inicialmente el cardenal Antonio Samoré, al que el cardenal Casaroli me encargó ayudar desde el principio, y más tarde junto con monseñor Gabriel Montalvo, hoy Nuncio en Estados Unidos. Cuando la paciencia del cardenal Samoré parecía flaquear para dejar paso al desánimo, el sostén del cardenal Casaroli le dio siempre el impulso que lo mantuvo en ese trabajo, hasta su muerte en febrero de 1983. Desde esta fecha, el cardenal Casaroli tomó su relevo, dando también en esa misión muestras abundantes de su paciencia y de sus demás cualidades antes indicadas. SOLICITUD POR TODAS LAS IGLESIAS
A principios de 1989, con mi envío a la Nunciatura Apostólica en Cuba, cesó ese contacto diario con el cardenal Casaroli, a quien nunca dejaré de agradecer suficientemente su venida a Madrid para conferirme la ordenación episcopal. En su homilía, indicando las líneas maestras para el ejercicio de un ministerio episcopal como Nuncio Apostólico, el cardenal Casaroli dejó traslucir sin duda una idea fuerza, que fue dominante en su larga vida al servicio de la Santa Sede, y actuada, por supuesto, igualmente en el ejercicio paciente de sus contactos con los países comunistas: la necesidad y la decisión de hacer presente la solicitud cotidiana del Papa por todas las Iglesias, compartiendo el amor y las preocupaciones del Santo Padre, procurando, para ello, hacer propio su espíritu de amor y de servicio, y dedicando a esa tarea toda la riqueza y la profundidad de un corazón de obispo. Sucesivamente al término de su responsabilidad como Secretario de Estado en 1990, no dejé nunca de visitarlo con ocasión de mis viajes anuales a Roma desde La Habana, o desde Kinshasa, la última vez en marzo de 1998, tres meses antes de su muerte. Cambiada ya radicalmente la situación en los países comunistas, rememoramos en más de una ocasión los trabajos y desvelos de los años en que nada humano permitía prever, ni siquiera a los observadores políticos más avezados, la caída de esos regímenes. Recordamos algunos episodios, y comentó la posibilidad de que toda esa actividad pastoral, por vía diplomática, de la Santa Sede pudiera no ser bien comprendida ya ahora y, sobre todo, en el futuro, cuando la situación vivida entre los años cincuenta y noventa dejara de ser el recuerdo de una triste experiencia de muchos para quedar relegada solamente a la Historia. Y me dijo que estaba escribiendo sus recuerdos comunicables sobre ese tema, con la intención de dejar, para la Historia, constancia de los objetivos y de las razones que llevaron a los Papas Juan XXIII, Pablo VI y Juan Pablo II a iniciar y a proseguir pacientemente ese camino de contactos y de búsqueda de puntos de encuentro y de acuerdos con esos países. Esos recuerdos, que el cardenal Casaroli conservó necesariamente con claridad y precisión porque tocaban una parte muy importante de su servicio fiel e infatigable a la Santa Sede y a la Iglesia, están ahora a disposición de todos y recogidos por escrito, en ese libro titulado El martirio de la paciencia, cuya lectura será ciertamente de gran interés para quienes, desde los ambientes eclesiásticos o políticos, se ocuparon de esa página de la Historia contemporánea de la Iglesia. Faustino Sáinz Muñoz |