RetrocesoA&ONº 220/6-VII-2000SumarioMundoContinuar

HABLA EL PAPA

Jubileo y encarcelados

Me dirijo a los responsables de los Estados para implorar una reducción, aunque fuera modesta, de la pena para los presos. No se trata de aplicar de modo puramente decorativo medidas de clemencia meramente formales, de manera que, acabado el Jubileo, todo vuelva a ser como antes. Los Estados y los Gobiernos deben respetar las exigencias de la persona humana, recurriendo más frecuentemente a penas que no priven de la libertad. El Jubileo nos recuerda que el tiempo, incluso el transcurrido en la cárcel, es de Dios. Los poderes públicos deben saber que ellos no son señores del tiempo del preso. Aunque la condición carcelaria tiene a veces el riesgo de despersonalizar al individuo, todos han de recordar que, delante de Dios, no es así.

Abstenerse de acciones promocionales en favor del recluso significaría reducir la prisión a mera retorsión social, haciéndola solamente odiosa. En algunos casos, los problemas que crea parecen ser mayores que los que intenta resolver. Deberían abolirse de las legislaciones aquellas normas contrarias a la dignidad y a los derechos fundamentales del hombre, como también las leyes que obstaculizan el ejercicio de la libertad religiosa para los detenidos. Pero, incluso en los casos en los que la legislación es satisfactoria, en ocasiones, la cárcel se convierte en un lugar de violencia parangonable a los ambientes de los que frecuentemente provienen los encarcelados. Esto hace inútil todo intento educativo de las medidas de reclusión. La cárcel no debe ser un lugar de deseducación, de ocio y tal vez de vicio, sino de redención.

(24-VI-2000)