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El Museo del Prado nos alivia el cálido estío madrileño con la exposición de esta deslumbrante obra maestra, El Jardín de las Delicias, acompañada de cuatro de sus copias, realizadas con anterioridad a 1568, en tabla, tela y tapiz; a ellas se unen las fotos del estudio técnico, previo a la aplaudida restauración hecha por las hermanas Dávila (radiografías para ver las composiciones escondidas debajo de la pintura; infrarrojos con ellos se rescata el dibujo oculto, y estudio de pigmentos).
El autor, Jerónimo van Aeken, El Bosco, de conocida originalidad y fantasía desbordantes, ha sido maestro en el tiempo de pintores conservadores y vanguardistas. El surrealismo, por ejemplo, se miró en él. El poderoso Rey Católico, Felipe II, ansiaba coleccionar su obra, de ahí la magnífica colección de boscos que guarda el Prado. En contrapartida, la Reforma Protestante la consideró inmoral, y ordenó su quema: sólo se conservan unas 40 piezas del pintor. Entremos en el estudio del tríptico que nos ocupa, hecho en tabla de roble. Su tema es bíblico. El Génesis inspiró al Bosco. Con las ventanas cerradas, en grisalla, vemos la Tierra, inmensa, recién creada por Dios. Abiertas, y ya a todo color, en la tablilla de la izquierda, la naturaleza vegetal y animal adorna el mundo, y Dios ofrece la mujer al primer hombre, en un ámbito de belleza, orden y equilibrio, simbolizado en la inquebrantable fuente divina. Dios dicta: Creced y multiplicaos. |
| La tabla central, de sorprendente tamaño, muestra con fasto de figuras y de color, la acción engañosa del mal sobre el hombre, tras el pecado original, atraído hacia el sexo desordenado (frutitas rojas), lo que puntualmente detalla el pintor. Los sodomitas, una secta de su tiempo, admitían todo tipo de nudismo y relación carnal, incluída la homosexual. El Bosco aquí las censura todas, y la última explícitamente en la tablita del infierno, por medio de una gaita bajo la que se perciben la facciones de un rostro concreto, que evidentemente no es el del autor.
Así, en la tabla principal, la criatura superior de la Creación, seducida, aturdida y esclavizada por la lujuria, se achica frente al orden de la naturaleza, cuyas criaturas: pájaros, moluscos, peces, insectos, plantas, frutos, le superan en tamaño físico, en estatura moral. Y los círculos concéntricos superiores confirman el círculo vicioso, del que parece no haber retorno. A la derecha del registro más bajo, san Juan Bautista (?), cubierto con la piel de camello, nos señala a la mujer (¿Salomé?) como causante del estropicio. Para el Bosco, como para cualquier flamenco de su época, este mundo desordenado, disparatado y caótico es diabólico, pese al atractivo cromático con el que lo reviste Luzbel, y que tan diestramente luce el Bosco con el esplendor de su técnica. En la tablita del infierno, el ardor del pecado ha llevado al hombre al fuego esperpéntico, a la fusión desordenada y antropomorfa de Satanás. El falso y atroz monarca se sienta sobre la cloaca eterna, a ella son arrojados los hombres por sus vicios. Las figuritas humanas, como de cera, a pesar de la rica destreza del pintor en las veladuras, reflejan al hombre impersonal y autómata, sin rostro humano diferenciado, precisamente en una sociedad, la flamenca, que sólo aceptaba el naturalismo más agudo. Y es que el Bosco, probablemente, sólo se propuso, en toda la composición, la denuncia de una idea, la de la reducción del hombre por el alejamiento del orden moral dictado por Dios. El Bosco, en 1486, con 36 años, había ingresado en la Cofradía de Nuestra Señora, en su natal Hertogenbosch, de la que apenas se movió. Este dato, uno de los pocos ciertos que poseemos sobre su persona, es precioso para los católicos. Veinte años más tarde pintó El Jardín de las Delicias. Elena Simón |