|
|
|
Buenas noches, Señor: Aquí me tienes sin sueño y, como siempre, con deseos de hablar mucho contigo. Contarte mis pesares, ¿para qué? ¿Qué he de contarte yo que Tú no sepas?
Esta tarde he asistido a una conferencia en la que han dicho que todos podemos alcanzar la santidad. ¡Uy, qué risa, Señor! ¡Santa yo! Y ¿por qué no? Si me empeño y luego Nuestra Madre nos da un poquillo de recomendación Señor, ¡qué hermoso es decir Nuestra Madre! ¿Me he parado alguna vez a pensar que tenemos Tú y yo la misma Madre? No, no creo que lo haya hecho, porque, si así fuera, hubiera dado saltos de alegría al darme cuenta de que soy hija de la misma mujer que te tuvo en sus entrañas, toda dulzura, toda Inmaculada, toda bondad, toda hermosura y alegría del cielo y de la tierra. Señor: te pido que no nos abandones jamás, que cuando me veas con flaqueza en la fe, en la caridad o en la esperanza, me envíes al Espíritu Santo para que me dé luz y no ande en tinieblas. Dame amor, Amor, con mayúscula, para Ti, para la Virgen María, para mi marido, para mis hijos, para mis nietos; amor para toda mi familia, para mis amigos y también, ¿por qué no?, para mis enemigos. Si Tú perdonaste desde la Cruz a todos los que te crucificaron, ¿quién soy yo para sentir rencor o para expresar mi odio? Señor, diré como Tú: ¡Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen! Y hoy, por último, Señor, te pido que, cuando Tú quieras disponer de mí, ¡no rechaces mi alma! ¡Muchas gracias, Dios mío, y hasta mañana si Tú quieres! Manuela del Castillo |