RetrocesoA&ONº 221/13-VII-2000SumarioAqui y ahoraContinuar
Ética y muerte
La actualidad demuestra cada día la permanente realidad de la muerte. El autor de este artículo es profesor Titular de Filosofía Moral en la Universidad de Salamanca
La filosofía, desde sus orígenes griegos y en su desarrollo histórico, ha pensado la realidad de la muerte, la finitud humana, la posibilidad o no de una vida inmortal. El pensamiento, a lo largo de los siglos, ha afirmado el sentido o sin sentido de la existencia humana, contemplando de fondo la mortalidad. Todos los grandes pensadores, desde Platón hasta Sartre, en algún momento han entrado, siguiendo sus propios presupuestos, en la interpretación del hecho metafísico y antropológico del morir. En la filosofía española y cristiana de este siglo (Unamuno, Zubiri, Marías, Aranguren, Laín...), también encontramos interesantes reflexiones antropológicas y éticas sobre la muerte.

La filosofía española cristiana ha pensado la realidad de la muerte desde una perspectiva antropológica que ilumina dimensiones de la vida moral y de la reflexión ética. Estoy convencido de que la investigación de las implicaciones éticas de la muerte es una de las tareas más necesarias que cabe hacer en el ámbito de la filosofía moral, aunque ciertamente olvidada en nuestro marco cultural que algunos consideran ya postcristiano. Ofrezco a los lectores una síntesis de tres diferentes repercusiones éticas de la realidad antropológica de la muerte que esbozan líneas de investigación sumamente atractivas para abrir la ética filosófica a la visión cristiana del hombre.

- La muerte y los criterios de moralidad: El hecho de la muerte como amenaza constante de nuestra existencia puede convertirse en el criterio desde el que valorar nuestras acciones como morales o inmorales. Unamuno enseñó que el valor de una acción depende de si la muerte le arrebata o, al contrario, le aumenta su grado de moralidad. Hemos de comportarnos de tal forma que, tras nuestras acciones plenamente morales, fuese más evidente la injusticia de la condena a muerte que se nos ha impuesto a todos. Ésta fue la formulación del imperativo ético que propuso hace ya unos 90 años: Obra de modo que merezcas a tu propio juicio y a juicio de los demás la eternidad, que te hagas insustituible, que no merezcas morir. O tal vez así: obra como si hubieses de morirte mañana, pero para sobrevivir y eternizarte. Por un lado, la vida moral es la mayor denuncia a la fuerza cruel de la muerte, y, por otro, la cercanía de la muerte otorga un foco de luz sobre lo que ha de ser esencial en toda nuestra existencia: realizar el bien. Lo único que podemos ofrecer a los demás —y quizá a Dios— para mostrar nuestro rechazo de la aniquilación total, es una vida moral tan elevada que no merezcamos morirnos nunca.

Según lo dicho, la dignidad de la persona requiere que la condena de la muerte no sea definitiva sobre el hombre. Si morimos totalmente, somos simples medios para la vida de otros. Para Unamuno, la defensa real del criterio ético kantiano de la dignidad de la persona implica coherentemente la afirmación de que estamos llamados para la eternidad, de que nuestro valor como hombres es tan sublime que la muerte no puede convertirnos en meros medios. Si de verdad el hombre posee dignidad, esto comporta superar el poder destructor de la muerte. Lo cual (dada nuestra finitud constitutiva) sólo es posible como concesión de Dios. Si fuera la muerte nuestro final definitivo, en realidad seríamos ontológicamente sólo materia orgánica sometida a las leyes de la naturaleza que cosificarían tanto la realidad del mundo como nuestro ser.

- La muerte y la fijación de la personalidad moral: La realidad de la muerte hace que mi vida sea un proceso temporal. El hecho de la muerte convierte nuestra vida en un decurso, en una especie de narración con principio, trama y fin. Y esto es relevante en términos morales. El hombre, como enseñó Zubiri, ha de vivir construyendo su personalidad moral durante unos plazos. No disponemos de un tiempo ilimitado. Esta tarea moral nos urge por cuanto al hecho del vivir le corresponde la provisionalidad que, en cualquier momento, puede convertirse en lo definitivo. Por tanto, la muerte otorga carácter de narratividad a nuestra existencia. Existir es ir desarrollando la trama argumental de nuestra vida. Por eso, es la muerte, como última caida de telón, la que nos convierte en agentes, autores y, sobre todo, actores en medio de unas circunstancias impuestas, especialmente actores de nuestro destino, que es morir.

Lo más tremendo de la muerte es que, con ella, alcanzamos la fijación definitiva de nuestro modo de ser, que se ha ido logrando a través de nuestras decisiones libres. Nada puede cambiarse ya. Seremos lo que hayamos sido hasta la muerte. Hasta el punto que (como expone Zubiri en su libro sobre el cristianismo) cabe plantearse la repercusión escatológica que la fijación de nuestra figura moral puede tener para nuestro futuro ante Dios.

- La muerte y la felicidad humana: Es claro que la realidad de la muerte constituye una amenaza frontal a toda pretensión humana y mundana de felicidad. Anhelamos ser felices y la muerte parece que convierte en ilusorio tal deseo. Marías considera la felicidad un imposible necesario. La frustración, la vaciedad, el hastío, el dolor y la muerte impiden el gozo duradero de la felicidad. Pero, aunque resulta imposible ser del todo feliz, la muerte, por paradójico que parezca, concede también sentido a la vida, desvela lo más valioso que en ella podemos gozar: la relación interpersonal cuya máxima expresión es el amor. Ésta es la otra cara de la realidad de la muerte. Aunque parece que mata la felicidad, al mismo tiempo nos hace descubrir lo esencial de la vida y lo único que le da sentido: amar y ser amado. He aquí lo que se podría llamar el valor educativo de la muerte.

La muerte, y el dolor tan intenso que nos produce, revela también que las personas poseen un valor incomparable con las otras realidades de este mundo. Y este valor radica en lo que Marías denomina la condición amorosa que nos caracteriza, y que la muerte resalta de forma especial, sobre todo al arrebatarnos a los seres queridos. Por ello es explicable que el anhelo de inmortalidad sea proporcional a la experiencia de amor. Esta dimensión humana permanece con valor absoluto ante la amenaza del morir. Los demás ingredientes de la existencia mundana (bienes, dinero, cultura, proyectos...) quedan relativizados por la fuerza destructora de la muerte. Y es la experiencia del amor, como condición de nuestra realización humana más plena, la que nos impulsa continuamente a anhelar la inmortalidad y a esperar que no sea una vana y vacía ilusión, sino una realidad incrustada en nuestra estructura antropológica, y, por ello, dada por Dios.

Enrique Bonete Perales