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Durante varias semanas han ido apareciendo en la prensa algunas cartas de queja o de protesta contra mi intervención desautorizando dos libros en los que se habla de la Eucaristía, del sacerdocio cristiano y del sacramento de la Penitencia de forma deficiente. En estos escritos de protesta hay dos ideas comunes que se repiten en casi todos ellos: se rechaza la actuación del obispo como una ingerencia indebida, como un abuso de autoridad que se llega a calificar de inquisitorial y fascista, y se reivindica la libertad de expresión en la Iglesia. Creo sinceramente que estas reacciones manifiestan una visión empobrecida y deformada de lo que es la Iglesia y lo que son nuestros derechos y obligaciones dentro de ella.
La Iglesia de Jesucristo tiene un origen concreto, histórico y sobrenatural. De este origen surge la Iglesia con unas características, unos contenidos y una estructura fundamental que nos preceden a todos y que no podemos cambiar, sino que tenemos que aceptar y mantener como un bien que hemos recibido. A esta Iglesia histórica y sobrenatural, que tiene su consistencia propia y original, nos incorporamos los cristianos por la fe y el bautismo. En ella crecemos por los dones del Espíritu Santo, por el ejercicio de las virtudes y por las buenas obras. Nuestro mayor ejercicio de libertad consiste precisamente en aceptar, mediante la fe personal, la revelación y la acción salvadora de Dios, tal como nos viene manifestada por Nuestro Señor Jesucristo y transmitida por la tradición viva de la Iglesia y las Santas Escrituras, en conformidad con el magisterio de quienes han recibido del Señor el encargo especial de anunciar la fe y mantener su autenticidad a favor de todos los hombres. |
| Nuestra fe es teologal y se dirige directamente al Dios de la salvación, pero esta fe se apoya en la mediación de Cristo, creído también como Hijo de Dios Salvador, y requiere la mediación de la Iglesia, creída y aceptada como heredera y transmisora de la misión de Jesucristo. En esta indispensable mediación de la Iglesia entran todos sus miembros, con diferentes funciones; entran los Apóstoles que son el fundamento, los mártires y confesores de la fe, el Papa y los obispos con sus funciones ministeriales propias, como sucesores de Pedro y del Colegio Apostólico. La fe personal de cada uno de nosotros, de cada grupo, de cada comunidad es siempre fruto de la asimilación personal de la fe de la Iglesia católica, la fe de los Apóstoles, vivida y anunciada por la Iglesia universal, la Iglesia de siempre, con la garantía del magisterio del Papa y de los obispos en comunión con él, sucesores de los Apóstoles.
En la doctrina católica es esencial este concepto y esta situación de comunión mediante la aceptación personal de la fe universal de la Iglesia. Sólo así podemos llegar a creer en el Dios de la salvación con la verdadera fe, apostólica y católica. En nuestra debilidad e ignorancia, la comunión eclesial, afectiva y efectiva, es la única vía y la única garantía para asegurar la autenticidad de nuestra fe, el acierto de nuestra conciencia moral y la justicia sobrenatural de nuestra vida. LIBERTAD Y OBEDIENCIA Los cristianos ejercemos la libertad al creer y vivir lo que la Santa Iglesia nos enseña, al descubrir personalmente los tesoros de vida y de gracia que Dios nos ofrece por medio de su Hijo Jesucristo y por mediación de la Iglesia, al ejercitar en mil actuaciones diversas el amor sobrenatural que el Espíritu de Dios suscita en nosotros. Para la libertad nos liberó Cristo. Pero debemos comprender con claridad que, para ser libres, hemos de comenzarpor ser obedientes. Aunque parezca una paradoja, los cristianos somos libres en la obediencia. Obediencia a la revelación y la gracia de Dios, obediencia a la palabra y al espíritu de Jesús, obediencia a la tradición y a las exigencias concretas de la comunión de la Iglesia universal. El gusto de vivir la fe con unos amigos que piensan como nosotros no puede sustituir el gozo profundo de la comunión católica y universal. Esta necesaria obediencia afecta a todos en la Iglesia, y es para todos el único camino de la verdadera libertad en la comunión de la verdad y del amor. Los fieles cristianos, todos los fieles cristianos, los seglares, religiosos y sacerdotes, como los obispos y el mismo Papa, en nuestra vida y en nuestras actividades personales y ministeriales, tenemos que ser obedientes al Espíritu del Señor, obedientes a la palabra y a la tradición de los Apóstoles, obedientes a las exigencias de la comunión en la Iglesia. Sin obediencia no hay libertad. En la raíz de nuestro ser y de nuestro obrar cristiano tiene que estar siempre la obediencia de la fe. Cuando el Papa, y los obispos en comunión con él, nos señalan lo que hay que creer o nos descubren las deficiencias de una expresión o de una actuación determinada, no están atentando contra nuestra libertad, sino que nos están ayudando a ejercerla dentro de la fe verdadera, de la gracia de Dios y de su salvación, que configuran el mundo real de la Iglesia y de los cristianos. La común obediencia a las fuentes de la fe es el fundamento de la verdadera autoridad en la Iglesia, la justificación profunda de la libre obediencia dentro de ella, y la consistencia de la unidad interior de la Iglesia que se manifiesta en los signos externos de la comunión efectiva. Pretender ser libre contra la legítima autoridad del Papa o de los obispos, querer ser libre dentro de la Iglesia contra la doctrina y la vida misma de la Iglesia es un error y una verdadera contradicción. ¿Cómo podríamos enriquecer la fe de la Iglesia si no comenzamos por aceptarla libremente con sencillez y humildad de corazón? Desde la vida de la Iglesia podemos y debemos ser libres a favor de la Iglesia, no en contra de ella. También podemos ser libres en contra de la Iglesia, pero entonces hemos de ser conscientes de que nos estamos situando fuera de ella. Éste es el gran peligro de los grupos aislados y cerrados, donde algunos pretenden vivir la fe intensamente, pero de forma selectiva, escuchando únicamente a unos maestros escogidos según el propio gusto y la propia medida, y manteniéndose al margen de la comunión real con el obispo, con el Papa y con los grandes documentos de la Iglesia. Ser adulto en la Iglesia no es emanciparse de Ella, sino vivir intensa y responsablemente lo que constantemente estamos recibiendo de Ella y por Ella. Hoy la tradición viva de la Iglesia está formulada en las Sagradas Escrituras, en los documentos del Concilio Vaticano II, en las cartas encíclicas de los Papas y en las exhortaciones postsinodales, en el Catecismo de la Iglesia católica y en las prescripciones básicas del Código de Derecho Canónico. Alimentar la desconfianza habitual y permanente contra estos documentos vivos de la Iglesia es exponerse a perder poco a poco la identidad católica. CAMINOS EQUIVOCADOS Llevados del deseo de renovar y rejuvenecer la Iglesia, algunos han preferido entrar por el camino equivocado de la condescendencia con las exigencias de la cultura pagana de nuestro tiempo. Quieren una Iglesia sin contrastes ni conflictos con el mundo, anuncian el mensaje del Evangelio y de la fe cristiana sólo en la medida en que es aceptado por los que viven y escuchan desde la sensibilidad mundana de la cultura dominante. Sin darse cuenta mantienen el sueño paternalista de una Iglesia en la que puedan entrar todos y la sociedad entera, aunque para conseguirlo haya que renunciar a pedirles una verdadera conversión, un cambio de mentalidad, de corazón y de vida. Si los cristianos de los primeros siglos hubieran seguido este mismo proograma de sumisión de la fe al dominio de la cultura, ciertamente no hubiera habido persecuciones ni mártires, pero tampoco habría habido continuidad de la fe, ni transformación de la cultura, ni evangelización del poderoso mundo pagano. Las protestas de algunos cristianos contra el magisterio del Papa y de los obispos esconden una inconfesable sumisión a la dictadura del racionalismo y de la secularidad. Algunos inconformismos eclesiales proceden de otras sumisiones culturales previas. Los movimientos llamados progresistas, con sus condescendencias culturales, viven cautivos del deseo y de la necesidad de un reconocimiento generalizado que les lleva a ocultar la claridad sobrenatural del mensaje de Cristo y de la Iglesia, a diluir la verdadera originalidad del mensaje cristiano y debilitar desde dentro su fuerza evangelizadora y transformadora. Es la sal sosa que no sirve para nada. |
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Los cristianos tenemos que entender, vivir y enriquecer nuestra fe desde dentro de la Iglesia, desde la tradición apostólica, desde los dones del Espíritu Santo, desde las exigencias de la comunión eclesial. Sin miedo a los conflictos con el mundo, sin someter la claridad del Evangelio a los gustos de los poderosos y los sabios de este mundo, esos sabios que desprecian los dones de Dios y terminan siendo esclavos de sí mismos y de sus ambiciones.
FUTURO DE LA IGLESIA Cada vez más la Iglesia apostólica y católica se configura como una minoría contracultural, fuertemente significativa e interpelante, unida interiormente y arraigada en su propia historia y sus propias tradiciones, capaz de soportar el menosprecio y la pobreza, fiel al Señor y fiel a sí misma hasta la muerte. Sólo así será capaz de presentar una alternativa de vida, fundada en la revelación y en los dones de Dios, que llame la atención de los hombres y los atraiga hacia unos modelos de vida nuevos, enriquecidos con los dones de Dios, creadores de una nueva Humanidad en la que aparezcan los frutos del Espíritu Santo: amor, gozo, paz, justicia, misericordia y esperanza. El futuro de la Iglesia de Navarra no puede estar en esas corrientes o en esos grupos que, queriendo o sin querer, sabiéndolo o sin saberlo, pretenden llevar a nuestra Iglesia por el camino del disentimiento permanente, de las adaptaciones individualistas de la fe y de la moral, del sometimiento vergonzante a las exigencias del moderno paganismo. Estoy profundamente convencido de que la renovación de nuestra Iglesia y la renovación religiosa y moral de Navarra, sólo vendrán por el camino de una Iglesia firmemente arraigada en la fidelidad, claramente definida en la doctrina y en la vida santa de los cristianos, en comunión explícita y vigorosa con la Iglesia católica, con el propio obispo, con el Papa y con los santos del mundo entero. Sólo desde ahí podremos ofrecer algo nuevo e interesante a nuestros conciudadanos, sólo desde ahí podremos evangelizar a los pobres, sólo desde ahí podremos ser luz y sal del mundo, fermento creador de unos estilos nuevos de vida y de una nueva sociedad. + Fernando Sebastián |