RetrocesoA&ONº 221/13-VII-2000SumarioCriteriosContinuar
El deber de los médicos católicos
En la actividad que ejercéis cumplís cada día un noble servicio a la vida. Tocáis con la mano que en vuestra profesión no bastan los cuidados médicos y los servicios técnicos, aunque sean realizados con ejemplar profesionalidad. Es necesario estar en grado de ofrecer al enfermo también la medicina espiritual que está constituida por el calor de un auténtico contacto humano. Éste es capaz de devolver al paciente amor por la vida, estimulándolo a luchar por ella, con un esfuerzo interior tal vez decisivo para la curación.

El enfermo debe ser ayudado a reencontrar no sólo el bienestar físico, sino también el psicológico y moral. Esto supone en el médico, junto a la competencia profesional, una postura de amorosa solicitud, inspirada en la imagen evangélica del buen samaritano. El médico católico está llamado, junto a cada persona que sufre, a ser testimonio de aquellos valores superiores que tienen en su fe su solidísimo fundamento.

Hoy, lamentablemente, vivimos en una sociedad en la que a menudo dominan tanto una cultura abortista, que lleva a la violación del derecho fundamental a la vida del concebido, como una concepción de la autonomía humana que se expresa en la reivindicación de la eutanasia como autoliberación de una situación que se ha hecho por algún motivo penosa. Sabéis que al católico no le es nunca lícito hacerse cómplice de un presunto derecho al aborto o a la eutanasia. La legislación favorable a símiles crímenes, siendo intrínsecamente inmoral, no puede constituir un imperativo moral para el médico, el cual se valdrá con buen derecho del recurso a la objeción de conciencia. El gran progreso, registrado en estos años de las curas paliativas al dolor consiente responder de modo adecuado a las situaciones difíciles de los enfermos terminales.

Juan Pablo II
Roma, 7 de julio de 2000