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Sucedió hace algo más de un siglo en una ciudad española. Iba por la calle el obispo de la diócesis, y se encontró con una joven madre en avanzado estado de gestación que hizo ademán de inclinarse para besarle el anillo. El obispo la detuvo y le dijo: Después; primero debo atender a la criatura, y ante la sorpresa de los viandantes, y no menos de la propia mujer, el obispo se arrodilló ante el fruto bendito de su vientre. No muy distinta escena a la del encuentro de María, ya encinta, con su pariente Isabel, embarazada de seis meses.
Mientras el cardenal Ratzinger comentaba Efectivamente, no están reñidas. Están tan imbricadas entre sí, que la verdadera ciencia, que quiere ser fiel a sí misma, no puede por menos que abrirse a la fe. Al cristianismo corresponde sigue escribiendo recordar la absoluta libertad de la persona frente a la propia historia terrena. A la ciencia, en cambio, compete no olvidar jamás la relatividad de su propio hacer y su única posible dirección: en nombre de lo humano, no más allá de lo humano. |
| Lo hemos podido escuchar de labios de un científico que ha participado recientemente en descubrimientos genéticos sobre la proteína hTom20, relacionada con el Parkinson y otras enfermedades neurodegenerativas, el Presidente de la Sociedad Valenciana de Bioética, don José Hernández Yago: El descubrimiento del mapa del genoma humano ha demostrado inequívocamente que, en el momento de la fecundación del óvulo por el espermatozoide, surge un ser humano con todo el genoma completo. La primera célula del ser humano contiene ya completo el genoma que informará su desarrollo posterior y nada más se añadirá a la cadena genética durante el resto de su vida. Y el doctor Hernández Yago saca las consecuencias, exigidas por la misma razón, de este hallazgo: Si hemos de respetar al ser humano, hemos de hacerlo desde el primer momento, porque la vida humana empieza desde la fecundación y no hay discontinuidad después, sino un proceso del mismo ser. La dignidad, pues, del ser humano está ya en esa realidad personal desde el primer instante de su concepción, y no en otros factores en palabras de la Subcomisión episcopal para la Familia y defensa de la vida, en su nota de la Jornada por la vida de este año, como la utilidad, la fuerza, la inteligencia, la belleza o la salud.
¿Por qué, entonces, y apelando al progreso, se piensa siquiera en la posibilidad del aborto, y se practica, y se llevan a cabo toda clase de manipulaciones con embriones humanos? Si, con los conocimientos que hoy proporciona la ciencia, se actúa como se actúa, es evidente que la racionalidad brilla por su ausencia, y se pone bien claramente de manifiesto cuál es el concepto que se tiene del hombre y de la vida: un concepto no sólo al margen de la fe, sino en las mismas antípodas de la razón. El gesto de aquel obispo, hace ya más de cien años, arrodillándose ante la vida, no sólo estaba dictado por la fe; más aún si cabe, estaba dictado por la razón. O dicho con más exactitud: dictado por lo que veían los ojos y el corazón, con la misma sencillez, en definitiva, de los pastorcillos de Fátima, sin los prejuicios de una pseudociencia plagada de intereses bastardos. Si, desde siempre, cuantos defienden el aborto, la manipulación genética, la eutanasia, o el abandono de los ancianos que resultan molestos, o las matanzas y los genocidios espantosos del último siglo..., no tenían nunca la han tenido coartada alguna, con el hallazgo del mapa del genoma humano puede decirse que todavía queda más claro que no hay coartada que valga. Sin embargo, ahí sigue toda esa secuencia de destrucciones y desprecios del ser humano. Podría parecer a alguien que se debe, sobre todo, al egoismo. La causa es más honda: la ceguera ante la dignidad sagrada de la propia vida y, consecuentemente, de la vida de los demás. ¿Qué es el hombre dice el salmista a su Dios, para que te acuerdes de él? Si no somos imagen misma de Dios, ¿qué somos entonces? La respuesta de Dostoyevski, en Los hermanos Karamazov, es inmejorable: Si Dios no existe, todo está permitido; y si todo está permitido, la vida es imposible. |