RetrocesoA&ONº 221/13-VII-2000SumarioDesde la feContinuar
El Santo Padre pide medidas de gracia para los presos
El Jubileo llega a las prisiones
La Iglesia celebró, el pasado domingo, el Jubileo en las cárceles, una de las conmemoraciones de este Año Santo que mejor recoge el espíritu del Año Jubilar del Antiguo Testamento. Juan Pablo II se ha dirigido a los responsables de los Estados para implorar una señal de clemencia a favor de todos los encarcelados, una reducción de las penas, que, para ellos, sería una clara expresión de sensibilidad hacia su condición; y denunció las violaciones de la dignidad de la persona que padecen los presos no sólo en las cárceles de las dictaduras del Sur, sino también en el próspero Norte. Para los presos, un mensaje de esperanza: ¡Cristo busca el encuentro con cada ser humano, en cualquier situación en que se halle!
Dios nunca abandona al hombre. El Jubileo —escribe el Santo Padre en el mensaje para el Jubileo en las cárceles— nos recuerda que el tiempo es de Dios, también el tiempo de la reclusión. Deben tenerlo muy presente los poderes públicos: Ellos no son los señores del tiempo del preso. Y, al recluso, le dice el Papa: Incluso el tiempo transcurrido en la cárcel es tiempo de Dios y como tal ha de ser vivido; es un tiempo que debe ser ofrecido a Dios como ocasión de verdad, de humildad, de expiación y también de fe.

El Año Jubilar es tiempo especialmente propicio para volver la mirada con nuevos ojos sobre la cárcel. El Jubileo no quiere dejar las cosas como están. El Año Jubilar del Antiguo Testamento debía "devolver la igualdad entre todos los hijos de Israel, abriendo nuevas posibilidades a las familias que habían perdido sus propiedades e incluso la libertad personal". La perspectiva que el Jubileo abre a cada uno es, pues, una ocasión que no se ha de desperdiciar. Es preciso aprovechar el Año Santo para remediar eventuales injusticias, para subsanar cualquier exceso, para recuperar lo que, de otro modo, se perdería. Y si esto vale para cualquier experiencia humana, que se puede mejorar, con mayor razón se aplica a la experiencia de la cárcel, donde las situaciones que se crean son particularmente delicadas. Pero no basta con medidas que reparen las situaciones de injusticia. Celebrar el Jubileo significa también esforzarse en crear nuevas ocasiones de recuperación para cada situación personal y social, aunque aparentemente parezca irremediablemente comprometida. Todo esto es aún más evidente para la realidad carcelaria: abstenerse de acciones promocionales a favor del recluso significaría reducir la prisión a mera venganza social.

El estado de las prisiones, aunque se han hecho muchos progresos, deja todavía mucho que desear. En muchos países, las cárceles están superpobladas y las personas acaban en prisión no pocas veces por contravenir normas contrarias a la dignidad y a los derechos fundamentales de la persona. Ahora bien, incluso en los casos en los que la legislación es satisfactoria, el sufrimiento es inquilino habitual en las prisiones, donde, frente a la reinserción del preso, lo que se prima es el castigo. Por eso, en su llamamiento a las autoridades, el Papa pide que se tenga en cuenta un recurso más frecuente a penas que no priven de la libertad. Y recuerda: La cárcel no debe ser un lugar de deseducación, de ocio y tal vez de vicio, sino de redención.

LAS PRISIONES, EN ESPAÑA


En España, la situación dista mucho de ser idílica. El reciente Informe sobre la situación de las prisiones en España, que ha elaborado la Asociación Pro Derechos Humanos, pone al descubierto importantes lacras. Entre ellas, la masificación: En general, las prisiones albergan a un número de presos muy superior a aquel para el que fueron construidas. Esto produce hacinamiento por la imposibilidad de que haya un preso por celda, dando lugar a tensiones entre los propios presos y con los funcionarios, y un largo etcétera de problemas. Esta situación de masificación, según nos refirieron miembros del equipo técnico de diversos centros penitenciarios, parece ser fruto de la política llevada a cabo por la Dirección General de Instituciones Penitenciarias, que para determinar el número de presos, que puede "acoger" una prisión, dobla su capacidad máxima por dos (así, si una prisión está construida para 300 presos, puede llegar a tener hasta 600 sin que por la Dirección General de Instituciones Penitenciarias se considere que están hacinados). Faltan, además, médicos, psicólogos, asistentes sociales…; apenas existen tratamientos de desintoxicación para los drogadictos y las carencias de higiene e intimidad son notables.

La prisión es, en España, más un mero castigo que un medio para la rehabilitación. El 43% de los presos —denuncia el informe— deja pasar el día sin realizar ningún tipo de actividad, cifra que llega hasta el 60% en algunos centros. En el mejor de los casos, un 20% dedica más de 3 horas diarias, aunque nunca más de 5 horas.

R. B.