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En el siglo XIX, al lado de las elegantes construcciones doctrinales de los economistas clásicos, aparecieron unas tosquísimas propuestas que pretendían alterar de arriba abajo el orden capitalista que, tras asentarse en el mundo occidental con firmeza desde el siglo XVI, se coordinaba ahora con una Revolución Industrial que irrumpía con fuerza en la vida diaria de los hombres. Las proposiciones alternativas estaban muy alejadas de cualquier formulación seria. De ahí que un heredero del mensaje de los economistas clásicos y, sobre todo, de David Ricardo, Carlos Marx, se lanzase a estructurar una alternativa científica más solvente al capitalismo. Con desprecio, Marx bautizó para siempre a aquellas doctrinas incipientes con el nombre de socialismo utópico. El suyo sería el socialismo científico.
En el terreno de la ciencia económica, esta aportación de Marx experimentó, en 1896, el mazazo propinado por Eugen von Böhm-Bawerk, que ahora acaba de traducirse al español por Juan Marcos de la Fuente, por cierto de modo excelente, bajo el título de La conclusión del sistema marxista (Unión Editorial). Después de este trabajo los economistas más serios volvieron la espalda al marxismo. Tuvo que llegar, más adelante, la reconsideración teórica de Ricardo con Piero Straffa para que tornase una cierta apreciación elogiosa de Marx. Igualmente sucede con el intento de Joan Robinson de crear una especie de visión de Marx desde Keynes en su An essay on marxian economics. Pero, entre tanto, en las propias filas del socialismo, Marx había experimentado una notable descalificación con las aportaciones de Bernstein, hace ahora exactamente un siglo. Había surgido el revisionismo marxista, que dejó al socialismo científico sin base seria ninguna. Kautsky parcialmente, y Rosa Luxemburgo y, muy en especial, Lenin, emprendieron una cruzada contra ese revisionismo. Esta concreta reacción conduciría, a través de los partidos comunistas, hacia la tiranía, primero, y hacia una liquidación doctrinal absoluta, después. |
| El revisionismo y, sobre todo, el socialismo derivado, contemplaba, sin embargo, con bastante arrobo a Marx. Böhm-Bawerk nos explica que la tesis de éste pierde muy lentamente apoyo, porque sus soportes más sólidos están no en la mente convencida de sus defensores sino en sus corazones, en sus deseos y esperanzas. También, continúa Böhm-Bawerk, podrá nutrirse durante mucho tiempo del conspicuo capital de autoridad adquirida ante mucha gente, a causa de las raíces profundas que echó en muchos el volumen I de El Capital, de forma tal que, cuando treinta años después se publicó el tercer volumen, que podría hacer vacilar la aceptación de que se trataba de una obra coherente, la fe en Marx creó un baluarte contra la penetración del conocimiento crítico, baluarte que sólo lentamente podría resquebrajarse. Esto es así porque su sistema no respetaba hechos. Marx no deriva los fundamentos de su sistema de la realidad, ni a través de la experiencia, ni mediante un sólido análisis psicológico-científico; los motiva no en la observación de los hechos sino en una rígida dialéctica. Éste es el grave pecado que Marx comete en el origen de su sistema, y de él brotan indefectiblemente todos los demás. El sistema sigue una determinada dirección, pero los hechos siguen otra distinta y atraviesan su sistema en zigzag. El pecado original provoca a cada paso nuevos pecados.
Ese heredomarxismo y el ambiente anticapitalista que se vivió por doquier tras la primera guerra mundial, crearon las condiciones adecuadas para que, tras los trabajos de Myrdal en Suecia y de Keynes en Gran Bretaña, el socialismo surgiese de la segunda guerra mundial convertido en el nuevo ideal de la Humanidad. En 1949 acertó Schumpeter con la frase. La marcha hacia el socialismo fue el título de su artículo postrero. Construcciones como el Estado del Bienestar crearon una popularidad enorme a esta ideología, en la que Marx se esfumaba y Keynes triunfaba. Pero a partir de los años setenta se observó que este modelo socialdemócrata creaba paro, inflación y caídas productivas importantes. La solución estaba en una economía de mercado con dosis muy pequeñas de realidades socializadas. La quiebra doctrinal socialista fue general. Todo eso suponía, tras el eclipse de Marx, el al menos parcial de Keynes. Surge así el dilema socialista. El corazón pide continuar con realidades pasadas. La cabeza solicita que éstas se minimicen y se acepten proposiciones nada keynesianas y, por supuesto, ajenas a un Marx que ya nada significa. Trató de cohonestar algo de esto Giddens con la tercera vía. Pero en ella existía demasiada cabeza. Por eso se busca, en muchos lugares, desde luego en Francia y, por contagio, en el socialismo alemán, más corazón y menos cabeza. A eso le llaman Nuevo Centro. Los partidarios de la tercera vía comprenden que ir algo más allá supondrá la ruina para quienes diesen tal paso en esta economía globalizada, que se construye con avances tecnológicos, hasta hace poco impensables, y con ventajas clarísimas para quienes abandonan las banderas socialistas de cualquier tipo. Los partidarios del Nuevo Centro creen, sin embargo, que podrán organizar al sistema, y girar hacia atrás las manecillas del reloj de la Historia. Marx, que, con todos sus errores, sí tenía un buen olfato ante la dinámica económica, se hubiera hoy echado las manos a la cabeza tras leer Gobernar con modernidad en el siglo XXI, ese fruto de la reunión en Berlín, el 3 y 4 de junio de 2000, del neosocialismo actual. Juan Velarde Fuertes |