RetrocesoA&ONº 221/13-VII-2000SumarioDesde la feContinuar
Punto de vista
Los niños de Internet
Desde el impresionante acto de beatificación en Fátima de dos de los pastorcillos vientes, he venido reflexionando sobre algunos aspectos de la infancia. Lo primero que me sorprende es la confianza depositada, primero por el ángel y después por la Santísima Virgen, en unos niños analfabetos que apenas habían alcanzado el uso de razón. Cuando se produce la primera aparición, Jacinta contaba con siete años recién cumplidos; Francisco no tenía aún nueve; y Lucía, la prima de ambos, que acababa de cumplir los diez años, era la única que había recibido la Primera Comunión.¿Quién puede pensar, después de esto, que los niños pequeños no son capaces de alcanzar una cierta madurez, de sacrificarse, de rezar, de ser exigidos en su vida humana y cristiana —con cariño, pero con firmeza—, de comprender el amor a Dios y a los demás, de, incluso, llegar a santos de altar?

Los niños del siglo XXI de este llamado primer mundo, sumidos en la cultura de la televisión, de Internet y de las videoconsolas, viven y se forman entre los algodones de una sociedad de consumo feroz, en la que el placer, el dinero y el éxito social están por encima de cualquier otra estimación. La publicidad se encarga de recordárselo a diario.

Es desgraciadamente habitual que los padres deleguen en el centro educativo la importantísima formación en valores que sólo una familia unida, auténtica escuela de amor, puede dar. Los niños adquieren, por el ejemplo de los padres, una enraizada formación que les servirá toda la vida: en la familia es donde aprenden a rezar, a amar a Dios y a sus semejantes, a ser tolerantes con los que son distintos a ellos, a respetar la vida en todas sus vertientes, la paz, la naturaleza...

Conozco muchas familias que van a contracorriente y no se conforman con cualquier cosa para sus hijos, ni dejan que la televisión les sustituya o anule sus desvelos. Pero también me topo con cierta frecuencia con chavales que crecen a lo bruto, cuyos padres no les exigen por no llevarse un mal rato, porque están cansados, o porque, simplemente, no tienen muy claro un proyecto de vida para ellos; padres —o abuelos— que les toleran una y otra vez los defectos del carácter (y a veces ¡qué carácter!); padres que se escudan en tratar de no crearles traumas por decirles las cosas como son, que les compadecen demasiado, que les dan todos los caprichos, edulcorándoles la vida y haciéndoles así un flaco servicio.

Jacinta y Francisco han sido los primeros niños no mártires beatificados en la historia de la Iglesia, por haberse demostrado que vivieron todas las virtudes en grado heroico. El ejemplo de Fátima demuestra que, tanto hoy como ayer, a los niños se les puede y se les debe pedir más. Debemos confiar más en ellos, elevándoles así la autoestima, la responsabilidad y la capacidad que tienen de asumir tareas acordes con cada edad y circunstancia. Sólo así los haremos verdaderamente libres y felices, y los prepararemos para un futuro que, sin duda, sabrán conquistar y hacer suyo.

María Mercedes Álvarez