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Cuando leemos el evangelio de este domingo, en un mundo donde los predicadores del Evangelio tenemos tantos medios para la evangelización, sorprende la pobreza con que Jesús envía a los Doce: un bastón y una sandalias. Hasta los filósofos cínicos, que actuaban como monjes mendicantes de la antigüedad pagana, llevaban manto, bastón y alforja. El Evangelio cuenta con ministros desprovistos de todo, un signo elocuente de que la Palabra que predican tiene su eficacia en Aquel que la respalda con su envío. Pero olvidamos que Jesús, antes del envío de los Doce, les da todo lo que necesitan para su misión: autoridad. Y no una autoridad cualquiera, sino sobre los espíritus inmundos, es decir, sobre el poder del mal. Desprovistos de todo, y enriquecidos con todo: así van los misioneros de la primera hora.
Conviene no olvidar esta paradoja de la misión cristiana si no queremos errar el tiro. La misión cristiana cuenta con todo lo que necesita para su logro: la autoridad de Cristo. Quien se fía de Él, tiene asegurado el éxito de la misión, aunque tenga que ir de puerta en puerta o sacudirse el polvo de las sandalias como hizo la misma santa Teresa de Jesús cuando no la acogieron. Pero poner el corazón en los medios ¡tan indispensables! y olvidarnos de la autoridad del Señor, es asegurar al fracaso más rotundo. La historia del cristianismo nos ofrece pruebas evidentes: ¡cuántos santos pobres han hecho más que quienes todo lo fiaron a la alforja cargada de trastos! Al final, estos terminan olvidando que Cristo les ha dado autoridad; y no la usan; y los enfermos y poseídos siguen esperando el paso de alguien que, como Pedro y Juan, les diga: No tengo plata ni oro; pero lo que tengo, te doy: en nombre de Jesucristo Nazareno... San Marcos nos sitúa, en realidad, ante la pregunta clave que debe hacerse todos los días quien sirve al Evangelio: ¿Creo realmente en su poder? O, mejor aún, ¿confío en la autoridad que me ha dado Jesucristo? Quizás nos atrevamos entonces a vaciar nuestra alforja, a dejar las cosas de respuesto si sólo fuera un manto..., y a ponernos en camino para ungir a los hombres con el óleo de Cristo. La pobreza cristiana, que es libertad de todo y frente a todo, nace de una inmensa confianza en el poder de Cristo, un poder que se hace palpable cada vez que, fiándonos de su palabra, nos calzamos con el Evangelio de la paz, y decimos con san Juan Crisóstomo: Él me ha garantizado su protección, no es en mis fuerzas donde me apoyo. Tengo en mis manos su palabra escrita. Éste es mi báculo. + César Franco |