RetrocesoA&ONº 221/13-VII-2000SumarioEspañaContinuar
José María Díaz Moreno, S.J.: una vida dedicada al Derecho Canónico
"La Iglesia no puede vivir sin un ordenamiento jurídico"
Sus alumnos son su mayor tesoro. Y no se cansa de repetirlo. Desde que, un día hace muchos años, tomó la decisión de entrar en la Compañía de Jesús, el padre José María Díaz Moreno no deja de recordar que su mayor acierto ha sido y es la acogida a los estudiantes de las 36 promociones de Derecho Canónico y Teología que han pasado por sus manos. Mejor dicho, por su ciencia. Ahora, la Universidad Pontificia Comillas le rinde, digámoslo, un merecido homenaje
Como dice el pensamiento clásico, Dura lex, sed lexLa ley es implacable, pero es ley—.

Estoy convencido de que la Iglesia no puede vivir sin un ordenamiento jurídico. Eso lo fundo siempre en algo que me parece sustancial de nuestra fe: la gracia no destruye la naturaleza, y que la Iglesia no es una Iglesia de ángeles sino de personas. Entonces, tiene que existir un equilibrio entre la relación de los derechos y deberes, tanto entre los bautizados como de los bautizados con la jerarquía, puesto que admitimos que la Iglesia no es una Iglesia de seres celestes. Me parece que lo otro es una utopía. Eso es lo primero. Lo segundo, sin embargo, es que el Derecho y la Ley en la Iglesia son analógicos, no unívocos con los ordenamientos estatales o civiles. La autoridad que existe en la Iglesia y, por tanto, la Ley, es un servicio que se hace al pueblo.

Seguro que se sabe, de memoria, lo que dice el último canon del Código de Derecho Canónico.

Por supuesto, afirma que se debe tener siempre en cuenta que la salvación de las almas es siempre la ley suprema de la Iglesia. Lo único que lamento es que este último canon no sea el primero. Desde la positivización verdaderamente exagerada del Código de 1917, que he tenido que explicar hasta 1982, a mí me parece que, aunque no sea perfecto el Código vigente, el Código de Juan Pablo II, el paso que se ha dado ha sido de gigante, y así lo he procurado exponer en mis clases. Tanto en el derecho matrimonial como en la parte de la relación entre jerarquía y fieles. Por ejemplo, a mí me parece que justificaría sólo el Código la aparición del Estatuto de los fieles.

¿Ha tenido alguna vez la tentación de dar con el Código de Derecho Canónico a alguien en la cabeza?

Podría responderte que no, pero para serte sincero, te diré que sí. Y voy a decir que a los que me hubiese gustado no tirarles el Código, es a personas que no son canonistas. Una de las grandes desgracias que tiene el Código de Derecho Canónico es que lo tienen que aplicar personas que no tienen absolutamente ni idea de lo que es y debe ser la ley en la Iglesia, y de lo que realmente debe ser una aplicación según justicia y según equidad. Los legalismos, leguleyismos, que yo he visto a lo largo de mi vida, que ya no es corta, no los he visto en espléndidos o insignes canonistas, sino en personas que, o en nombre del carisma o en nombre de aquí el que manda soy yo, intentaran justificarse.

Si le parece, cambiamos de tercio. ¿Cómo le explicaría a un joven que no sabe quién fue san Ignacio de Loyola lo que significa tenerle como modelo de vida?

Mira, yo creo que en san Ignacio hay dos facetas que me atraen muchísimo. La primera: la lenta y dolorosa búsqueda de la voluntad de Dios sobre su vida. En Loyola, el querer ser un mendigo por Cristo, despojarse de todo, hasta que realmente él termina con lágrimas y oraciones cada uno de los Capítulos de las Constituciones. Me parece que san Ignacio es, ante todo y sobre todo, un buscador de la voluntad de Dios sobre su vida y sobre su mundo. Yo le tengo siempre muchísimo miedo a los que creen conocer la voluntad de Dios con claridad meridiana y desde el principio. Primero, no quiere que haya colegios, luego termina diciendo que haya colegios. Cree que la Compañía debe ser itinerante. Luego tiene que ser sedentaria en muchos casos.

Segunda cosa que yo creo de san Ignacio: es un gran creyente en la Iglesia. La sirvió con fidelidad porque creía en ella. Y porque creía en ella, sus relaciones con la jerarquía no fueron un camino de rosas. Y en ese traspasar, diríamos, lo inmediato para saber que en esta Iglesia jerárquica continúa la presencia de Cristo a lo largo del tiempo y a lo largo del espacio, yo creo que está la clave de su vida.

¿Cuándo fue la última vez que ha sentido el sufrimiento humano?

Suelo decir que ya no sé si es mi sensibilidad pastoral o es la arterioesclerosis que me invade a los 70 años. Pero la verdad es que a lo que nunca me he acostumbrado es a ver sufrir a las personas. A lo largo de estos 36 años, a los que yo creo que la mitad de mi vida se la he dado a oír a matrimonios y familias en conflicto, asimilando el Derecho Canónico, nunca me he acostumbrado a ver sufrir a las personas. Y te puedo decir, sin ningún tipo de reparo, que ver llorar a las personas me conmueve. Y las he visto muchas veces.

Usted ha sido protagonista de la intrahistoria de la Iglesia en España. Por ejemplo, en el caso de la firma de los Acuerdos Iglesia-Estado, del 3 de enero de 1973.

La verdad es que fue para mí una sorpresa, y no he logrado averiguar quién le dio mi nombre al nuncio Dadaglio para formar parte, desde el principio, de la Comisión que negoció los Acuerdos con la Santa Sede. Y bueno, diré que Dadaglio fue un hombre providencial, que yo creo que España tiene con él una deuda de gratitud quizá no satisfecha. En aquellos largos años, porque fueron once años los que estuve colaborando con él en la Nunciatura, la verdad es que pasamos momentos muy difíciles. Yo ví lo que era un servidor auténtico de la Iglesia en aquel hombre fiel, al servicio a la Iglesia y al cariño enorme que tenía a España. Yo creo que los Acuerdos partieron de dos hechos: uno, que el Concordato de 1953 estaba muerto, era un cadáver y había que enterrarlo, pero que no era fácil enterrarlo. Y segundo, que había que adelantarse a lo que realmente ha pasado desde la transición hasta hoy.

José Francisco Serrano