RetrocesoA&ONº 221/13-VII-2000SumarioIglesia en MadridContinuar
La voz del cardenal arzobispo
No se puede manipular al hombre
No manipular al hombre: así titula nuestro cardenal arzobispo, esta semana, su exhortación pastoral, en la que dice:
El hombre no es manipulable. Distintas noticias de diverso signo, que han ocupado los titulares de todos los medios de comunicación social los últimos días, han puesto de nuevo de actualidad la pregunta por el hombre: por su ser propio, su dignidad, su vocación personal y social, y por su destino. Pregunta que se convierte inevitablemente en lo que Romano Guardini, ya en 1962, expresaba como preocupación por el hombreSorge um den Menschen—.

La información sobre los avances científicos de las investigaciones biológicas sobre el genoma humano —su secuenciación parece ya lograda— se ha cruzado con una nueva y masiva campaña a favor del reconocimiento jurídico de las llamadas parejas de hecho, bien sea de parejas heterosexuales o homosexuales. Es indudable que un conocimiento cada vez más hondo y vasto de su realidad biológica pone al hombre en condiciones de actuar sobre sí mismo, singularmente en el campo de la salud física, con mejores perspectivas de éxito y, en general, le facilita un más rico y responsable ejercicio de su libertad personal en relación con los demás y con su entorno medioambiental.

Igualmente hay que subrayar que el reconocimiento de los derechos fundamentales de la persona humana se le debe a todos, independientemente de su condición sexual o de su profesión o estado familiar. Pero, con no menor fuerza, al mismo tiempo, hay que recordar que todo uso del conocimiento de la estructura genética del hombre para transmutar el proceso de transmisión de la vida en una operación tecnológica en que se ignore o se lesione, ya el carácter personal de la paternidad y de la maternidad responsables, ya la dignidad del niño que va a ser concebido, atentaría contra uno de los bienes éticos más preciosos de la Humanidad y la conduciría hacia un futuro impredecible de sombrías consecuencias para la paz interna y externa de las sociedades y aún para el bien común de toda la familia humana.

UN CALLEJON SIN SALIDA


De forma análoga hay que afirmar que los intentos de convertir la categoría de derecho fundamental de la persona humana en un instrumento cultural de presión social y política para relativizar y hasta negar el valor trascendente de la condición masculina y femenina como formas de la necesaria reciprocidad y complementariedad del varón y de la mujer, inscritas en el mismo ser del hombre, absolutamente decisivas para la transmisión y educación de nuevas vidas —de nuevos seres humanos— de acuerdo con las exigencias plenas del amor, llevan al callejón sin salida de una sociedad que declina y muere espiritual, moral y físicamente.

No, no se puede manipular al hombre. El hombre, cada hombre, es en lo más íntimo de su ser: persona y no cosa. Es sujeto personal dotado de libertad, no originaria sino recibida, para actuarla a lo largo de la existencia como una vocación que pide respuesta querida y buscada sin descanso, vivida según la Ley del Amor o, lo que es lo mismo, en conformidad con la Ley de Dios. La Revelación cristiana nos ayuda a comprender en toda su verdad y virtualidad esta condición personal del hombre cuando nos lo presenta como creatura, imagen de Dios, redimida por Jesucristo, llamada por Él y su Evangelio a la vocación de la filiación divina. Lo que en último término define al hombre más radicalmente es su vocación a ser hijo de Dios por adopción. El hombre no es pues manipulable como un objeto, ni en su cuerpo, ni en su estructura interior; no lo es ni individual, ni social ni políticamente. Cualquier intento de su manipulación es una amenaza contra el hombre mismo.

Hay y ha habido, sin embargo, muchas personas que se automanipulan en los aspectos más íntimos de la vida, eligiendo un equivocado atajo para superar los problemas y dolores de la peregrinación de este mundo o/y para conseguir la felicidad: el de perseguir idolátricamente placer, riqueza o triunfo social a toda costa, aun la de ignorar su propia dignidad: la de su cuerpo y la de su espíritu. El fracaso de esos proyectos de vida al margen o en contra de la Ley de Dios —los proyectos manipulados y manipuladores— está asegurado aquí, en el tiempo, y en la eternidad.

UN FRACASO SEGURO


Hay y ha habido también —quizá en el siglo XX como en muy pocas, o en ninguna época de la Historia— grupos, figuras destacadas, movimientos culturales, sociales y políticos que se han propuesto llevar a cabo en su acción sobre sociedades y pueblos concretos, y aun en relación con la Humanidad entera, verdaderos programas de revolución social y política y de transformación cultural en cuyo centro de inspiración animaba y anima el principio-norma de que el hombre es manipulable en función de los objetivos de la conquista del poder y del dinero. Sus consecuencias son de todos conocidas: las hemos experimentado muchos de los contemporáneos de esta hora histórica del paso a un nuevo milenio en nuestra propia carne, con sangre, sudor y lágrimas. También está asegurado el fracaso de tales proyectos sociales, culturales y políticos —incluidos los más poderosos y los más audaces—, que prescinden de la Ley de Dios, o no tienen reparo en oponerse a ella manipulando al hombre.

Por la vía de la no protección y promoción del derecho a la vida de todo ser humano, no se logrará nunca que el respeto a la vida de todos florezca en sociedades renovadas que aman el progreso y la paz. La relativización —ya se puede hablar, en muchos casos, incluso, de discriminación— del matrimonio y de la familia no va a conducir en ningún caso a una configuración solidaria de realidad social transformada, donde el compromiso con los pobres y los más necesitados —el Amor— tenga la última palabra.

Si alguien es llamado hoy a unirse en empeños y compromisos de futuro en favor del hombre y de la superación de todas las tentaciones y peligros de su manipulación, ése es el cristiano, el que cree y vive su fe por la gracia del Espíritu Santo con la certeza de que en Jesucristo hemos conocido, y se nos ha dado ya, el hombre nuevo. Su esperanza, que no defrauda, es nuestra esperanza. La compañía de María, la Virgen y Madre de Dios, nos sostiene en ella. Superemos el mal con el bien.

+ Antonio Mª Rouco Varela