RetrocesoA&ONº 221/13-VII-2000SumarioMundoContinuar
El Papa, invitado a Corea
De histórica, sin temor a exagerar, puede calificarse la reciente cumbre entre los Presidentes de las dos Coreas. Los dos enemigos (técnicamente, siguen en guerra desde 1950) hablaron de cooperación, de diálogo, de reunificación… Y, ante el asombro del mundo, de una posible visita de Juan Pablo II a Corea del Norte, un Estado que hace parecer casi infantiles las pesadillas de George Orwell en 1984
Fue Kim Dae-Jong, católico, antiguo opositor durante la dictadura y hoy Presidente de Corea del Sur, quien, según su portavoz, sugirió a su homólogo del norte, Kim Jong-Il, la posibilidad de invitar al Papa. El líder comunista preguntó su edad, y entonces dijo: Déjale que venga a visitarnos, y pidió al Presidente surcoreano que actuara de mediador. El régimen comunista aún no ha invitado oficialmente a Juan Pablo II, pero el sur lo da prácticamente ya por hecho. El embajador surcoreano ante la Santa Sede, tras entrevistarse con monseñor Tauran, Secretario vaticano para las Relaciones con los Estados, no dejaba un resquicio a la duda: Me siento feliz. El Gobierno y el pueblo surcoreanos se sienten felices. La visita del Papa a Corea del Norte sería un gesto que contribuirá (sic) decisivamente a la paz de la península, de Asia, del mundo. Es un gran paso hacia la reconciliación y la unificación.

La religión está en el centro de la política diseñada por el Presidente Kim hacia Corea del Norte. El modelo es, en muchos aspectos, similar al de la Ostpolitik alemana: con la reunificación política aún muy lejos en el horizonte, las dos Coreas incidirán en los intercambios culturales, económicos y, sobre todo, en el reencuentro de familias que quedaron divididas con la guerra. Al mismo tiempo, Kim, católico él mismo, parece ver en una apertura religiosa, por pequeña que ésta sea, la mejor forma de conquistar parcelas de libertad al totalitarismo comunista. Éste, precisamente, se reveló a la larga como uno de las puntos esenciales, si no el que más, del Acta de Helsinki, de 1975.

Pero la Corea del Norte de hoy haría parecer a la propia Unión Soviética como un paraíso de libertad. Una fuente misionera de Corea del Sur, citada por la agencia Fides, afirma: Ante todo se necesita que se dé la libertad religiosa. Antes de que el Papa visite un país es necesario que la Iglesia exista en dicho país. Y en Corea del Norte no hay sacerdotes ni religiosos. No hay más que unos 4.000 fieles, reunidos en una asociación católica que es más patriótica que la Asociación Patriótica china. Monseñor Nicholas Cheong, Administrador Apostólico de Pyongyang, además de arzobispo de Seúl y Presidente de la Conferencia Episcopal surcoreana, sigue sin poder visitar Corea del Norte. Sin embargo, a raíz de la cumbre presidencial, se han producido algunos avances mínimos. Como ejemplo, un grupo de cristianos de Corea del Norte podrá asistir a actos litúrgicos en el sur.

Para Corea del Norte, una posible visita del Papa es, ante todo, una oportunidad para lavar su pésima imagen internacional: es el Estado más hermético del mundo, el que más lejos ha llevado el totalitarismo. Se estima que, en los últimos años, han muerto de hambre en este país más de 2 millones de personas, un 10% de la población. Mientras, las autoridades comunistas han llevado a cabo un ambicioso programa de armas químicas y, se teme, quizá también de armas nucleares. Corea del Norte es un motivo permanente de amenaza e inestabilidad en el sudeste asiático. Ha demostrado que sus misiles pueden alcanzar Japón, y algunos expertos dicen que también ciertas zonas de Estados Unidos.

La autoridad del Presidente Kim, el querido líder, no conoce límites. Cada vez que asume un nuevo cargo, la propaganda oficial habla de señales milagrosas, como que un árbol florezca fuera de época, un culto a la personalidad que raya en la adoración divina. Kim es, además, el primer Jefe de Estado comunista que accede al poder por sucesión dinástica.

Pero las cosas podrían empezar a cambiar. A Corea del Norte no le quedan demasiadas alternativas: la Unión Soviética dejó hace tiempo de existir y China parece entenderse ahora mejor con la capitalista Corea del Sur. Buena parte del éxito de la cumbre intercoreana parece precisamente responsabilidad de Pekín, donde acudió Kim poco antes de reunirse con su homólogo surcoreano, así como la tímida apertura internacional iniciada por Pyonyang.

El fuerte sentimiento a favor de la reunificación en las dos Coreas y la popularidad de cualquier política que apunte en esa dirección es otro factor a tener en cuenta. Con especial intensidad han vivido la cumbre los católicos surcoreanos. Se han celebrado misas y rezos del Rosario por el éxito del encuentro. Un obispo lo expresaba así: Es un tiempo en que necesitamos un gracia especial de Dios para que todo el pueblo coreano, en el norte y en el sur, tenga la valentía de vivir en espíritu de paz y reconciliación, y los dos líderes trabajen en verdad, sabiduría y en la gracia de Pentecostés. El propio Kim Dae-Young participó, poco antes de partir hacia Pyongyang, en una celebración eucarística para encomendar a Dios el éxito del encuentro.

Ricardo Benjumea