RetrocesoA&ONº 221/13-VII-2000SumarioMundoContinuar
Uno de los momentos más propios de este Jubileo
El Papa visita la cárcel Regina Coeli, de Roma
Rostros curtidos por una vida difícil. No era fácil detectar sus emociones. Al final, cuando Juan Pablo II terminó la homilía, rompieron el hielo con un largo y sonoro aplauso. El Pontífice había pedido que en este Jubileo se realicen gestos de clemencia con los presos de todo el mundo. Los detenidos, algunos de ellos de religión islámica, le rodeaban en el crucero que une los brazos de la cárcel romana Regina Caeli. De este modo, el domingo pasado se convirtió, quizá, en el día más característico de este Año Santo, que continúa con la tradición del año bíblico de liberación
El Papa había llegado a primera hora de ese 9 de julio a la histórica cárcel de la ciudad de Roma, donde le esperaban, vestidos de domingo, todos los detenidos: todas las puertas de las celdas y pasillos habían sido abiertas y a los guardias se les pidió que participaran sin armas.

Los presos habían preparado con cuidado los detalles de la misa. Los ornamentos del Papa fueron bordados por un grupo. Los cantos fueron animados por la coral de la cárcel, que participa en la misa de todos los domingos. El altar de madera de olivo, en el que celebró el Pontífice, había sido hecho por un guardia de la cárcel. Las oraciones de los fieles fueron leídas por los detenidos, los voluntarios que les asisten y los guardias. Se rezó por los que esperan ser ejecutados en la cárcel, y para que sea abolido este castigo. En total, había unas novecientas personas en una cárcel superpoblada con capacidad para seiscientas.

Vengo a deciros que Dios os ama, y desea que recorráis un camino de rehabilitación y de perdón, de verdad y de justicia, les dijo el Papa en la homilía. Quisiera —continuó Juan Pablo II— ponerme a la escucha de la vicisitud personal de cada uno. Pero lo que yo no puedo hacer, lo pueden hacer vuestros capellanes, que se encuentran junto a vosotros en nombre de Cristo.

En cierto sentido, añadió el Santo Padre, todo hombre es prisionero. En efecto, la prisión del espíritu es el pecado. Dios quiere la liberación íntegra del hombre. Una liberación que no sólo afecta a las condiciones físicas y exteriores, sino sobre todo a la liberación del corazón.

Nuestro pecado ha turbado el designio de Dios, y no sólo se ha visto repercutida la vida humana, sino toda la creación —añadió el sucesor de Pedro—. Esta dimensión cósmica de los efectos del pecado se puede tocar casi con la mano en los desastres ecológicos. No menos preocupantes son los daños provocados por el pecado en la psiquis humana, en la biología misma del hombre. El pecado es devastador. Quita la paz del corazón y produce sufrimientos en cadena en las relaciones humanas.

Ante la parálisis que experimentan buena parte de los sistemas judiciales y carcelarios, Juan Pablo II abogó por un cambio de filosofía a la hora de castigar: La pena, la prisión sólo tienen sentido cuando, afirmando las exigencias de la justicia y desalentando el crimen, sirven para renovar al hombre, ofreciendo a quien se ha equivocado una posibilidad para reflexionar y cambiar de vida, para volverse a integrar en plenitud en la sociedad.

Los detenidos agradecieron la visita del Papa con un regalo muy especial: un catálogo con las más de quinientas tarjetas postales artísticas realizadas por presos de todo el mundo dirigidas especialmente a Juan Pablo II con motivo de este Jubileo.

Pero el momento de conmoción general tuvo lugar cuando un encarcelado agradeció, en nombre de todos los detenidos, la visita del Papa. Santidad, gracias por su presencia en este lugar de dolor que hoy representa a todos los lugares de detención del mundo, dijo con voz entrecortada. En el día de nuestro Jubileo, queremos pedir a todos que se nos dé la posibilidad de vivir con la dignidad de seres humanos y que no se nos quite la esperanza de una vida diferente y mejor.

El encuentro del Papa con los detenidos terminó saludando personalmente a muchos de los presentes, mientras el resto lo envolvía en un espontáneo aplauso. Ha sido un emocionante momento de oración y de humanidad —confesó el Pontífice poco después, al rezar con los peregrinos el Angelus—. He tratado de intuir, leyendo en sus ojos, los sufrimientos, las ansias, las esperanzas de cada uno. En ellos sabía que me encontraba con Cristo, quien en el Evangelio se identifica con ellos hasta decir: "Estaba encarcelado y me visitasteis".

Jesús Colina. Roma