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La carencia de agua será quizá la cuestión principal que tendrá que afrontar la Humanidad en el próximo futuro. No basta pensar en las necesidades presentes; tenemos una seria responsabilidad con las generaciones venideras, que nos pedirán cuentas por nuestro compromiso en salvaguardar los bienes naturales que el Creador nos ha confiado a los hombres para que los valoremos de manera atenta y respetuosa. En 1981 pedí, en Ouagadogou, a la comunidad internacional movilizarse para detener el avance del desierto en los países del Sahel. Por desgracia, veinte años después, aquel llamamiento no ha perdido actualidad: no sólo en las zonas desérticas de África septentrional, sino también, en todo el planeta, el problema del agua se ha hecho más grave y urgente. En el desierto de nuestro tiempo, resecado por la violencia, las calamidades y el egoísmo, la Iglesia quiere dar a Cristo, hecho hombre por amor del hombre. A quien vive en este desierto de nuestro tiempo la Iglesia quiere dar el agua de la verdad y del amor. Cuando los cristianos asumen el sufrimiento y los problemas de sus hermanos y hermanas pobres y necesitados, quieren ayudarles sobre todo a experimentar que Dios les ama y quiere que sean protagonistas de su desarrollo. (2-VII-2000) |