RetrocesoA&ONº 222/20-VII-2000SumarioAqui y ahoraContinuar
Dos búsquedas que se quedan cortas
Leon Tolstoi y Morrie Schwartz
Éste es el texto de la última carta del arzobispo de Valladolid, publicada recientemente en la prensa local, en la que nos recuerda cómo el Credo que confesamos es garantía de sentido pleno para los hombres que buscan a Dios
Ambos, Leon Tolstoi y Morrie Schwartz, son para mí dos ejemplares admirables por su coherencia y honestidad de vida que, no obstante sus esfuerzos, se quedan cortos en sus búsquedas, en comparación con el miembro más humilde de la Iglesia, si es verdaderamente creyente. Y no por mérito personal de los católicos, sino por fortuna providencial de pertenecer a este ámbito familiar de la gracia.

A lo largo de estos veinte siglos, la Iglesia ha hecho una cosa fundamental, a pesar de sus incoherencias, lentitudes y pecados: ¡Nos ha transmitido, con los evangelios, a Cristo, y los medios de seguirle y vivir en comunión con Él! Todavía más: Cristo vivirá siempre en la Iglesia, que es su cuerpo. La Iglesia misma, por eso, es, en cierto modo, Cristo hecho historia. Jesús es tan fiel a la voluntad del Padre, que nadie le puede argüir de pecado, pero en su corporeidad eclesial se ha hecho solidario con la condición humana hasta en eso, porque la Iglesia, cuerpo de Cristo, es santa y pecadora a la vez: lo que tiene de santa le viene de su Espíritu que la anima, y lo que tiene de pecadora, de los miembros que la integramos.

Por este y otros motivos, por falta de plausibilidad social en nuestro tiempo o por distanciamiento producido por diversas circunstancias culturales y hasta por ignorancia, la Iglesia, como ámbito fraternal y cálido de encuentro con Dios y de sentido, puede estar padeciendo los prejuicios sociales que inclinan más al alejamiento o, para muchos todavía, a su utilización superficial, al estilo de cualquier otra institución humana que se ofrece a la sociedad pluralista. A pesar de todo, para encontrar a Cristo en plenitud, hay que buscarle en la Iglesia.

Tolstoi confiesa en un libro, La verdadera vida —que no quería que se publicase hasta después de su muerte, aunque se publicó antes, después de una grave enfermedad—, que hasta los cincuenta años vivió creyendo que la vida del hombre, desde que nace hasta que muere, es toda su existencia. Pero después buscó incansablemente una mejor solución, llegando a convicciones personales del todo estimulantes, respecto de las diversas concepciones religiosas y del sentido de la vida, del pecado y de las seducciones, de la falsificación de la religión y los medios de librarse de ella, de la lucha contra el pecado, haciendo valiosas sugerencias sobre la oración, etc. Dice que muchas veces le preguntan los jóvenes y la gente del pueblo cómo ha llegado a esas conclusiones, y responde que él se ha servido de los evangelios, leídos sin interpretación alguna.

Sin cristo, toda respuesta es vana

Para desentrañar el sentido, subrayando lo que le parece claro con lápiz azul, y con lápiz rojo las palabras de Cristo, distinguiéndolas de las de los evangelistas, añade que así brilla la luz, si se repasan, confrontan y meditan. Pero la verdad es que, por no realizar esas operaciones en comunión con los demás creyentes de la Iglesia, se le escapan a ese esfuerzo verdades fundamentales acerca de Cristo, de Dios mismo, de la promesa futura, etc.

Morrie Schwartz es el protagonista real de un libro de gran difusión, Martes con mi viejo profesor. Afectado por una enfermedad progresiva, deformante e implacable, es el prototipo de una personalidad excepcional en todos los aspectos, incluída la grandeza moral. Pero evolucionando del agnosticismo al eclecticismo que extrae de ideas de todas las religiones, parece admitir la de la reencarnación y, a veces, la de un dios personal con el que desea comunicarse, hasta que, al final, se considera como una ola que se disuelve en el mar, con la muerte ya a la vista. Tú no eres una ola; formas parte del mar. ¡Parte del mar! El profesor cerró los ojos repitiendo la frase, y sonrió.

El Credo que nosotros profesamos tiene en el centro de nuestra fe a Cristo resucitado, y concluye confesando: Espero en la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro.

+José Delicado

Los cristianos tenemos que entender, vivir y enriquecer nuestra fe desde dentro de la Iglesia, desde la tradición apostólica, desde los dones del Espíritu Santo, desde las exigencias de la comunión eclesial. Sin miedo a los conflictos con el mundo, sin someter la claridad del Evangelio a los gustos de los poderosos y los sabios de este mundo, esos sabios que desprecian los dones de Dios y terminan siendo esclavos de sí mismos y de sus ambiciones.

FUTURO DE LA IGLESIA


Cada vez más la Iglesia apostólica y católica se configura como una minoría contracultural, fuertemente significativa e interpelante, unida interiormente y arraigada en su propia historia y sus propias tradiciones, capaz de soportar el menosprecio y la pobreza, fiel al Señor y fiel a sí misma hasta la muerte. Sólo así será capaz de presentar una alternativa de vida, fundada en la revelación y en los dones de Dios, que llame la atención de los hombres y los atraiga hacia unos modelos de vida nuevos, enriquecidos con los dones de Dios, creadores de una nueva Humanidad en la que aparezcan los frutos del Espíritu Santo: amor, gozo, paz, justicia, misericordia y esperanza.

El futuro de la Iglesia de Navarra no puede estar en esas corrientes o en esos grupos que, queriendo o sin querer, sabiéndolo o sin saberlo, pretenden llevar a nuestra Iglesia por el camino del disentimiento permanente, de las adaptaciones individualistas de la fe y de la moral, del sometimiento vergonzante a las exigencias del moderno paganismo.

Estoy profundamente convencido de que la renovación de nuestra Iglesia y la renovación religiosa y moral de Navarra, sólo vendrán por el camino de una Iglesia firmemente arraigada en la fidelidad, claramente definida en la doctrina y en la vida santa de los cristianos, en comunión explícita y vigorosa con la Iglesia católica, con el propio obispo, con el Papa y con los santos del mundo entero. Sólo desde ahí podremos ofrecer algo nuevo e interesante a nuestros conciudadanos, sólo desde ahí podremos evangelizar a los pobres, sólo desde ahí podremos ser luz y sal del mundo, fermento creador de unos estilos nuevos de vida y de una nueva sociedad.

+ Fernando Sebastián