RetrocesoA&ONº 222/20-VII-2000SumarioDesde la feContinuar
El laberinto del Sahara ¿tiene salida?
Cuando en nuestro país hablamos o escribimos del pueblo saharaui, el pensamiento se centra, por lo general, en esa parte de la población que se refugió en territorio argelino después de que España cediera la administración de su colonia a Marruecos y Mauritania, en virtud de los Acuerdos de Madrid de 14 de noviembre de 1975. Hay, sin embargo, otros pueblos saharauis: el que vive más o menos sedentario bajo la Administración marroquí; el que nomadea por el desierto según sus costumbres ancestrales, sin reconocer frontera alguna; el que prefirió emigrar a Marruecos durante la ocupación española; y, finalmente, el que se estableció en la vecina Mauritania. Así pues, se trata de un pueblo cuando menos difuso, y casi podría decirse que innumerable en la medida que, hasta ahora, ha sido imposible precisar su número. En consecuencia, por muchas que sean las simpatías de la opinión pública española por esa parte de la población que, bajo la bandera del Frente Polisario, se refugió en los aledaños del rico oasis argelino de Tinduf, no puede olvidarse a esos otros saharauis que tienen todo su derecho a elegir otro modo de vida
Ahora bien, ¿cuántos son unos y otros? Para responder a esta pregunta, la ONU se ha gastado ya, en nueve años, más de 75.000 millones de pesetas y, por lo que se sabe, ha resultado ser una misión imposible. Nos encontramos, por tanto, con un escollo administrativo de primer orden, que ha impedido, hasta ahora, la culminación de uno de los más largos y complejos procesos de descolonización tutelados por la Comunidad Internacional. Porque, si no ha habido referendum de autodeterminación en el Sáhara, es porque no hay censo. Y no hay censo porque ni Marruecos ni su oponente, el Frente Polisario, se ponen de acuerdo en reconocer quiénes tienen derecho a voto.

En los nueve años que lleva trabajando, la Misión de las Naciones Unidas para el Sahara Occidental, MINURSO, tan sólo ha podido recoger datos fiables de 86.386 saharauis, de todas las procedencias, con derecho a voto, pero otros 130.000 supuestos saharauis controlados por Marruecos han presentado reclamación y, en el supuesto lejanísimo de que fuesen admitidos como votantes, lo más probable es que la República Árabe Saharaui Democrática (RASD), con sede territorial en territorio argelino, presentase otras tantas reclamaciones. Nada más fácil, al parecer, que encontrar saharauis entre las arenas del desierto…

El único acuerdo al que llegaron las dos partes interesadas fue el de admitir, como punto de partida, el único censo realizado por la Administración española, cuando Madrid todavía pensaba en convocar su propio referendum de autodeterminación: 74.600 habitantes, de los cuales sólo 36.000 tenían derecho a voto y que, en su día, se hubiesen inclinado mayoritariamente por la independencia…, y la ayuda española. De entonces acá se ha producido un auténtico milagro de natalidad, porque sólo la RASD dice tener en Tinduf más de 165.000 habitantes, a los que habría que agregar los nómadas y los residentes en el propio Sahara Occidental —¿otros 200.000?—, sin contar a los que huyeron a Marruecos, que ahora pretenden tener derecho a voto.

El censo es tan sólo un pretexto que ha servido a Marruecos para dilatar sine die la convocatoria del referéndum de autodeterminación, tal y como le ordenaban las resoluciones de la Asamblea General de la ONU. Este referendum debe incluir dos posibilidades: o la unión del territorio con Marruecos —es decir, el reconocimiento de la situación actual— o la independencia. Y si bien es verdad que Marruecos aceptó en su día la consulta para librarse de la presión internacional, no es menos cierto que siempre dejó clara su intención de que sólo admitiría un resultado favorable a sus tesis anexionistas. Algo parecido le ocurre al Frente Polisario que, desde su cómodo refugio de Tinduf, donde vive de la subvención oficial argelina y de otras ayudas internacionales, está convencido de que la consulta haría aflorar el rechazo a Marruecos y, por tanto, el sí mayoritario a la independencia.

LA ACTITUD DE ARGELIA


Sin necesidad de recordar los orígenes del conflicto, ni de tocar más en la herida de la responsabilidad española cuando cedió a la presión de la marcha verde y anunció su propósito de ceder la administración del Sahara —en plena agonía de Franco—, no debe olvidarse que, desde el mismo día de su independencia en 1956, Marruecos reclamó sin desmayo la recuperación de los territorios expoliados (principalmente el Sahara español, entonces pobre y casi deshabitado), y que toda su política exterior ha estado enfocada a rectificar las fronteras artificiales diseñadas según los intereses de Francia. Primero se habló del Gran Marruecos soñado por el líder nacionalista Al-al el Fasi, y cuyas fronteras se detenían por el sur en el río Senegal y por el sureste más allá del Colomb Bechar y Tinduf, en territorio argelino. A lo largo de los años, el radicalismo irredentista del entonces principal partido nacionalista, el Istiqlal, fue atemperado por el propio Hassan II que, año tras año, acuerdo tras acuerdo, renunció a Mauritania hasta reconocer su independencia, así como a cualquier reclamación del territorio argelino. No así al Sahara, cuya población consideraba tan marroquí como la de Tarfaya o la de Sidi Ifni, que recuperó después de largos años de negociación con España.

Si la reclamación marroquí sobre el Sahara hubiese contado con el más mínimo apoyo de Argelia, hace ya mucho tiempo que el territorio se hubiera incorporado a la soberanía de Marruecos sin el más mínimo esfuerzo. Pero no fue así: la historia reciente del Magreb árabe puede sintetizarse en los acuerdos argelinos hacia la vecina monarquía, encabezada por un descendiente del Profeta con pretensiones de hegemonía religiosa, en una región sensible a la influencia que podía ejercer, en algún momento, un Amin al Muminin o Príncipe de los Creyentes. De hecho, la marcha verde y posterior ocupación del Sahara fue razonada por Marruecos, en un mínimo aspecto, de la ambigua sentencia del Tribunal Internacional de La Haya: el referido a la existencia de lazos de sumisión religiosa —la famosa beia— de las poblaciones del Sahara hacia los sultanes de Marruecos a lo largo de la Historia. Según el derecho coránico, basta esta sumisión de una tribu a una autoridad islámica —téngase en cuenta que en el mundo islámico no existe más autoridad religiosa que la aceptada por el pueblo— para reclamar derechos de soberanía sobre los territorios habitados por los sumisos, a los que está obligado a proteger.

Pues bien, esta suspicacia argelina, aumentada a raíz de la guerra de las fronteras en 1963, se tradujo en una abierta hostilidad vecinal estimulada por la diferencia de regímenes políticos. De alguna manera, podría afirmarse que el conflicto del Sahara es, todavía hoy, una reminiscencia de la guerra fría como lo es la guerra civil de Angola. El caso es que Argelia siempre se opuso a las pretensiones territoriales marroquíes, para no verse cercada por un vecino hostil. De ahí que alentase, desde el primer momento, las ingenuas maniobras españolas destinadas a estimular una corriente independentista encabezada por un partido —el PUNS—, que no tardaría en desaparecer, a favor de un potente Frente Polisario antiespañol, de tintes marxistas y, obviamente, apoyado por Argelia.

¿Y dónde nos encontramos hoy, 26 años después de aquellos tristes Acuerdos de Madrid por los que España cedió la administración del Sahara Occidental a Marruecos y Mauritania? Pues nos encontramos en un punto muerto que, para Marruecos, es ya irreversible. La Administración marroquí se extendió a todo el territorio abandonado por España, una vez que Mauritania renunció a su parte de la tarta envenenada cuatro años después de tomar posesión de ellos y de pactar con el Polisario. Las negociaciones, más o menos secretas, entre las autoridades de Rabat y Tinduf no han dado el menor resultado. Argelia, pese a su guerra civil, sigue apoyando al Polisario, mientras la ONU gasta presupuesto tras presupuesto en contar las arenas del desierto. Sólo la amenaza de nuevas tensiones fronterizas movió a la ONU hace dos años a nombrar a un mediador de campanillas para sentar a marroquíes y polisarios en una misma mesa: el ex-Secretario de Estado James Baker. Dos años no son nada en un proceso que dura ya veinticinco, pero la ONU y Baker parecen haber llegado a una misma conclusión: convocar un referéndum de autodeterminación es una tarea imposible.

¿VETO O PRETEXTO?

¿Qué hacer entonces? La muerte de Hassan II ha permitido entrever una posible solución diferente al mandato de la ONU sobre el referendum, en la medida que las relaciones entre Rabat y Argel pueden mejorar: la concesión de una amplia autonomía del territorio, que ya fue barajada en tiempos de Hassan II, tras la última reforma de la Constitución, y que permitiría al Polisario regresar a El Aaiún para asumir tareas administrativas. Pero el Polisario ha adelantado ya —con el respaldo argelino, claro está— que no admitirá esta alternativa a sus aspiraciones a la independencia. James Baker lo intentó, al parecer, en la reunión celebrada en Londres en los últimos días de junio, sin lograr el esperado acercamiento de posturas, por lo que, de nuevo, habrá que esperar la convocatoria de una nueva reunión que sólo tendrá sentido si, mientras tanto, se produce el elemento catalizador de la negociación: el reencuentro, sin suspicacias, de los dos grandes protagonistas del problema, Argelia y Marruecos.

Por duro que resulte admitirlo, lo cierto es que el cumplimiento de las resoluciones de la ONU sobre el Sahara y, por lo tanto, el destino de un pueblo hoy desperdigado, depende de que los dos países vecinos normalicen sus relaciones. Y no sólo el futuro del Sahara, sino la construcción del Gran Magreb árabe, la explotación de los yacimientos de hierro de Gara Yebilet, en las cercanías de Tinduf y, en definitiva, la lucha común contra el islamismo y la estabilidad del norte de África, pasan por ese acercamiento entre Argel y Rabat, que no termina de producirse. ¿Impide el Sahara ese acercamiento, o es el Sahara un pretexto para mantener las distancias? Pronto empezaremos a tener algunas respuestas, porque el mundo africano se orienta hacia un nuevo modelo de unión patrocinado por Libia: los Estados Unidos de África, llamados a sustituir a la OUA. En su acta de nacimiento, prevista para la cumbre africana de Lomé, del 10 al 12 de julio, Marruecos estuvo ausente, precisamente por causa del Sahara. Lo cual significa que Gaddafi y sus petrodólares entrarán en escena más fuertes que en anteriores ocasiones. Una situación para seguir con lupa.

Manuel Cruz