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Cuando el orgullo dicta la manera de pensar y de actuar, se puede esperar lo peor; es lo que ha ocurrido a raíz de la tristemente famosa marcha del orgullo gay, que ha llegado, en el colmo del ridículo, a nada menos que un vergonzoso intento de procesar a Juan Pablo II por parte de un grupo de homosexuales holandeses. Hace falta, no ya una sobredosis de obcecación y de malevolencia, sino una dosis alarmante de falta de sentido común para acusar al Papa de incitar al odio contra los homosexuales. Si alguien, en todo este triste episodio de arrogancia incontrolada, ha dicho palabras cristianas de comprensión y de ayuda real y verdadera ha sido precisamente Juan Pablo II, que se ha mostrado, como siempre quizás incluso más que siempre, cercano a cada persona que sufre; no, por supuesto, a quien desfila exhibiendo una insoportable altanería que, obviamente, no tiene la menor base. Son cosas que ocurren cuando se parte del error de que todo da igual y de que cada cual puede hacer lo que le de la gana con su cuerpo y con su espíritu. Y, claro, no es verdad. Todos y cada uno de los seres humanos, sean cuales fueren nuestras limitaciones y condicionamientos personales, somos iguales en dignidad a los ojos de Dios nuestro Padre y Creador; pero en nuestras ideas y en nuestras acciones todo no da igual; hay ideas y acciones dignas y respetables; otras, respetables y dignas sólo a medias; y otras, carentes por completo de dignidad y respetabilidad. Y la verdad,que es la que hace libre realmente al ser humano, es la que es; por muchas manifestaciones y desfiles que hagan quienes piensen lo contrario y por muy digno de lástima que sea quien, como ese pobre hombre que se llama Maradona, se atreva a insultar a Juan Pablo II cada uno da lo que tiene y es inútil pedir peras al olmo y a ofender con ese insulto a millones de católicos. Pretender tergiversar las cosas y crear un estado de opinión basado en premisas falsas, como la de quien escribe la Iglesia ofrece odio al homosexual, como en otras épocas ha estimulado el odio a los científicos, a los librepensadores o a las mujeres es, por falso e injurioso, una afrenta a la propia profesionalidad de quien se considera a sí mismo periodista o comunicador. Es lo que, para su propia ignominia y vergüenza de la profesión periodística, ha hecho un tal Juan José Millás estos días, en un artículo titulado Si Dios levantara la cabeza. Esos abusos de la libertad de expresión, en nombre de un mal entendido pluralismo, sólo deshonran a quien los firma. Si Raúl del Pozo viviera en Roma, o al menos se tomara la elemental molestia de preguntar a los romanos civilizados qué les ha parecido ese cutre desfile gay por las calles de la ciudad, no escribiría las tonterías que ha escrito bajo el título Roma-Babilonia, y comprendería la amargura con que Juan Pablo II ha calificado semejante provocación en la ciudad centro del Jubileo del Año Santo 2000. |
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La actriz galesa Catherine Zeta-Jones, de treinta años, y su novio americano Michael Douglas, de cincuenta y cinco, han acordado y el acuerdo ha pasado a los periódicos que ella recibiría tres millones de dólares por cada año de matrimonio en el caso de que llegaran a separarse. A lo peor, cuando se casen, si es que se casan, consideran que lo suyo es también un matrimonio normal. Tiene que ser verdaderamente desbordante y conmovedor el amor que sienten el uno hacia el otro. Para que luego digan que no hay nuevas formas de prostitución...
Cristo escogió a los pescadores porque Cristo era comunista, ha sentenciado con su habitual y discreta moderación Fidel Castro. Y su hermano Raúl ha completado: Yo pienso que a Jesús lo sacrificaron por eso, por ser comunista, por hacer lo que definió Fidel como revolución. Ya lo saben ustedes. Cuando el Señor proclamó las bienaventuranzas, en lo que estaba pensando, en realidad, era en la revolución de Fidel Castro... Gonzalo de Berceo |