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Sabemos que Jesús es el Buen Pastor. Quizá sea una de esas imágenes que más han impresionado desde niños nuestra sensibilidad para conocer a Jesús. Pronto se utilizó esta imagen en el arte cristiano de las catacumbas, fiel a lo que Jesús había dicho en su famosa parábola del Buen Pastor, donde se retrata a sí mismo en el evangelio de san Juan: Yo soy el Buen Pastor que da la vida por sus ovejas. El evangelio de este domingo es como una secuencia, un largo plano cinematográfico, que recoge la vida de este Pastor que se desvive por los suyos. El ir y venir de la gente, le deja sin tiempo para comer. Y, cuando busca un tiempo de reposo con los apóstoles, que aprenden a ser pastores, la multitud le conmueve las entrañas y les dedica su enseñanza.Sin decirlo expresamente, san Marcos presenta a Cristo ejerciendo como Pastor. Jesús no dice que lo sea, pero sus gestos le delatan. No vive para sí, sino para la gente. Y hasta su descanso, en un sitio aparte, se convierte en dedicación cuando contempla a la multitud desorientada. Israel sabía que un día Dios les daría un Pastor capaz de compadecerse de su desvarío. Cuando Moisés instituye a su sucesor, lo hace para que la asamblea del Señor no sea como un rebaño sin pastor. Y, según el segundo libro de las Crónicas, Miqueas, hijo de Yimlá, dice: He visto a todo Israel disperso por los montes, como ovejas sin pastor. Para san Marcos, Jesús cumple esta esperanza del pueblo disperso y descarriado; pero no se contenta con describir lo que hace Jesús, sino que, como en otras ocasiones, nos descubre sus sentimientos más hondos. Ante la muchedumbre, Jesús se conmueve en su interior en sus entrañas dice el texto griego como aquel buen samaritano que, movido a compasión, se apeó de su cabalgadura para atender al herido; o como el Padre del hijo pródigo. No es lástima lo que Cristo siente por la multitud. La lástima es casi siempre un sentimiento superficial y pasajero y, en cierto sentido, una actitud de superioridad: Cristo siente compasión, pasión que le lleva a estar con el hombre, con la multitud, es decir, a convivir con los suyos, olvidando el tiempo de comer y su descanso. En este Cristo acosado por la multitud, expropiado de sí y de su tiempo, expuesto ante la gente como propiedad de los hambrientos, Dios nos ha revelado todo su amor y su ternura por el hombre. Sólo queda sentarse junto a Él y acoger, con la misma calma que Él enseñaba, las muchas cosas que salían de sus labios, los secretos del Reino de Dios. + César Franco |