RetrocesoA&ONº 222/20-VII-2000SumarioEl Día del SeñorContinuar
Año de Gracia
Hacerse ajeno a la conducta del mundo, no anteponer nada al amor de Cristo. No consumar los impulsos de la ira ni guardar resentimiento alguno. No abrigar en el corazón doblez alguna, no dar paz fingida, no cejar en la caridad. No jurar, por temor a hacerlo en falso; decir la verdad con el corazón y con los labios. No devolver mal por mal, no inferir injuria a otro e incluso sobrellevar con paciencia las que a uno mismo le hagan, amar a los enemigos, no maldecir a los que le maldicen, antes bien bendecirles; soportar la persecución por causa de la justicia. No ser orgulloso, ni dado al vino, ni glotón, ni dormilón, ni perezoso, ni murmurador, ni detractor. Poner la esperanza en Dios. Cuando se viera en sí mismo algo bueno, atribuirlo a Dios y no a uno mismo; el mal, en cambio, imputárselo a sí mismo, sabiendo que siempre es una obra personal.

Temer el día del juicio, sentir terror del infierno, anhelar la vida eterna con toda la codicia espiritual, tener cada día presente ante los ojos la muerte. Vigilar a todas horas la propia conducta, estar cierto de que Dios nos está mirando en todo lugar. Cuando sobrevengan al corazón los malos pensamientos, estrellarlos inmediatamente contra Cristo y descubrirlos al anciano espiritual.Abstenerse de palabras malas y deshonestas, no ser amigo de hablar mucho, no decir necedades o cosas que exciten la risa, no gustar de reir mucho o estrepitosamente. Escuchar con gusto las lecturas santas, postrarse con frecuencia para orar, confesar cada día a Dios en la oración con lágrimas y gemidos las culpas pasadas, y de esas mismas culpas corregirse en adelante.

No desear que le tengan a uno por santo sin serlo, sino llegar a serlo efectivamente, para ser llamado así con verdad. Practicar con los hechos de cada día los preceptos del Señor; amar la castidad, no aborrecer a nadie, no tener celos de nadie, no obrar por envidia, no ser pendenciero, evitar toda altivez. Venerar a los ancianos, amar a los jóvenes. Orar por los enemigos en el amor de Cristo, hacer las paces antes de acabar el día con quien se haya tenido alguna discordia.

Y jamás desesperar de la misericordia de Dios.

Éstos son los instrumentos del arte espiritual. Si los manejamos incesantemente día y noche y losdevolvemos en el día del juicio, recibiremos del Señor la recompensa que tiene prometida: Ni ojo alguno vio, ni oreja oyó, ni pasó a hombre por pensamiento las cosas que Dios tiene preparadas para aquellos que le aman.

de la Regla de san Benito