RetrocesoA&ONº 222/20-VII-2000SumarioEn portadaContinuar
Alerta a la televisión
... ni de adultos
Duro competidor para los padres, aunque no sea más que un electrodoméstico. Con la tele pasan los niños en torno a 3 horas diarias (eso, sin contar videojuegos), más tiempo del que dedican a conversar con la familia. También los profesores se desesperan. Los niños —dicen— no les prestan atención, prefieren a esos otros maestros de la televisión, que son más simpáticos y que no regañan. Los efectos a largo plazo están por ver, pero ya empiezan a aparecer síntomas más que preocupantes; lo suficientemente preocupantes, al menos, como para pararse un momento a pensar qué uso damos a este aparato
Un español medio llega a casa, saluda y, si no lo ha hecho antes ya nadie, enciende el televisor. No es que quiera ver nada en particular. A menudo ni le presta atención. Es, simplemente, una voz que está ahí, y que, llegado el momento del informativo, o la serie, avisa puntual. Dice el CIS (Centro de Investigaciones Sociológicas) que algo así sucede en casi dos de tres hogares españoles, donde se enciende este aparato de forma sistemática. Sentarse a la mesa no cambia las cosas: en el 61,3% de las casas, se cena siempre viendo la tele.

Pero la tele es mucho más que un simple ruido de fondo en nuestras vidas. Tiene el extraño poder de hacerle sentirse a uno realmente en su casa. Atrás las preocupaciones, atrás el ajetreo; el cuerpo se desploma en el sofá y la mente desconecta de la realidad. Su poder, llegan a decir algunos investigadores, como el profesor Eduardo García Matilla, se asemeja a la hipnosis. La atención queda fija en un punto luminoso; lo demás, lo que está alrededor, no cuenta, se vuelve borroso. Y es ahí, con el espectador rendido, donde la televisión ejerce su gran capacidad de seducción. Porque, además, la inmensa mayoría de los televidentes no entiende lo que ve. Comprende la palabra, pero ésta es sólo una parte del mensaje, que incluye formas, colores, movimientos, sonidos, melodías, emociones que se reflejan en los actores o presentadores...

Hay también un lenguaje de los colores. Los colores vivos son pasionales y producen una cierta intranquilidad. Por eso, en una consulta de un dentista o en un hospital no se verá un rojo o un amarillo, sino un verde claro. Pero a ningún torero se le ocurrirá saltar al ruedo con un capote azul celeste, ni a ningún revolucionario comunista hacer bandera de un rosa pálido.

A falta de una comprensión racional, el mensaje llega al subconsciente, al terreno de las emociones. Y, puesto que no debe ajustarse a un discurso lógico, el narrador tiene el poder de transgredir las más elementales leyes morales bajo apariencia de armonía absoluta. No hay nadie invulnerable, pero un adulto experimentado puede al menos intuir el fraude, porque sabe bien que el hábito no hace al monje, que, por muy atractivos que se presenten en una narración audiovisual la violencia, la infidelidad y el consumismo, no por ello quedan justificados. Pero el niño queda deslumbrado, absolutamente absorto ante los colores y sonidos que salen de la pantalla. Manipularle es un juego de niños.

El debate es muy anterior al nacimiento de la propia televisión. Platón se preguntaba en el siglo V antes de Cristo: ¿Permitiremos sin más que nuestros niños oigan determinados cuentos y que reciban en sus mentes ideas opuestas a aquellas ideas que queremos que tengan cuando sean adultos? La diferencia es que el lenguaje de aquellos cuentos, aunque cubierto por una aureola mágica, se ajustaba a la capacidad de comprensión del niño y cabía, por tanto, una cierta capacidad de crítica. Hoy, antes de saber siquiera hablar, un niño ha pasado cientos de horas ante el televisor. Adiós a los ritmos naturales de aprendizaje, a la lenta asimilación de conceptos por la que debe pasar la formación de un niño. Pero eso tiene un precio, aunque se gane a cambio una niñera. Dice el doctor Walter Bühler: Es una locura pedagógica poner a los niños de menos de ocho años ante la pantalla de televisión.

El testimonio se incluye en un vídeo que ha editado S.O.S. Familia para enseñar a ver correctamente la televisión, que la asociación distribuye en parroquias, colegios y asociaciones de padres. Analiza en una primera parte Los efectos del abuso televisivo en la infancia y en el rendimiento escolar. Ésta es una de las conclusiones: A más televisión, menor capacidad de concentración y, por tanto, menor rendimiento escolar. Pero, se mire por donde se mire, el vídeo quiere dejar claro que estar sentado frente al televisor no es precisamente la mejor ocupación para el niño, aunque sólo sea por las actividades que deja de realizar. Por ejemplo, el juego. Como dicen Alonso Eurasquín, Matilla y Vázquez, en "Teleniños públicos, teleniños privados", el niño que juega libremente es un verdadero investigador que somete la realidad a experimentos, a partir de los cuales va adquiriendo su propia conciencia del mundo, a la par que esa madurez que, comúnmente, se había llamado "uso de la razón". Pues bien, el niño de la generación de la televisión se ve constreñido a realizar su labor de investigación; en contrapartida, la actividad de contemplar la televisión le proporciona una conciencia y una razón que ya no son ni podrán ser las suyas.

El proceso de socialización se ve también gravemente alterado, porque, con el juego —dice Miel Vega, profesora de la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense y experta en televisión e infancia—, el niño adquiere conciencia de sus límites y de los derechos de los demás, se somete libremente a unas normas y, de este modo, avanza en su formación moral. Esto no lo va a aprender viendo la televisión ni encerrado en su habitación con videojuegos. Así corremos el peligro de formar individuos aislados, caprichosos y egoístas, carentes de creatividad y esclavos de la sociedad de consumo; una legión de adultos infantilizados, con el "síndrome del hijo único", que va a ser incapaz de afrontar el más leve revés de la vida.

Aún más, dice la doctora Vega, estamos dejando a los niños sin infancia. Les estamos adelantando problemas que los niños de esa misma edad hace unos años ni se planteaban, situaciones que no necesitan para nada conocer y que no se corresponden con su interés. Y, además, como puro espectáculo, sin que sean capaces de comprender las consecuencias que se derivan de esos actos que ven y sin que medie ningún tipo de juicio moral.

¿QUE VEN LOS NIÑOS?

Los padres —tal como lo plantea el doctor Jerom Singer, de la universidad de Yale— deben darse cuenta de que hay un extraño en su casa. Si usted llegara y se encontrara a un desconocido enseñando a sus hijos a pegarse unos a otros, o tratando de venderles toda clase de productos, le echaría inmediatamente de casa. Pero he aquí que, cuando usted entra, la televisión está encendida y no le da mayor importancia.

Que se trate de programas infantiles no es ninguna garantía. Televisión: impacto en la infancia, un estudio que acaban de publicar Javier Urra, Miguel Clemente y Miguel Ángel Vidal, encuentra precisamente en los dibujos animados uno de los espacios con más ejemplos de recurso a la violencia: Se constata, por lo tanto, que se "se reserva" la mayor violencia para los niños. A menudo se trata de una violencia gratuita, que busca la risa fácil, y que inculca los valores de individualismo, egoísmo, lucha de uno frente a todos.

Claro que tampoco sirve fijarse demasiado en los espacios infantiles. Otra de las constataciones del informe es que apenas existen diferencias entre las preferencias de los públicos de distintas edades. En otras palabras: los niños son asiduos de los programas teóricamente dirigidos a los adultos. A partir de datos de Sofres, el estudio muestra que un 30% de los menores de entre 4 y 12 años ven la televisión entre semana en la franja horaria de 22 a 23 horas; un 14,63, entre las 23 y las 24 horas, y un 5,17% entre medianoche y la 1 de la madrugada. Un sábado, el porcentaje ante el televisor entre las 23 y las 24 horas asciende al 22,8%, y al 11,54% entre las 12 y la 1.

Series como Al salir de clase, o Compañeros, que cautivan tanto a niños como a jóvenes, son hoy algunos de los programas favoritos. Pertenecen a una generación de producciones en la que existe una mayor concienciación con respecto a la protección de la infancia y la juventud, lo cual en absoluto significa apego a unos valores morales más allá, como dice la actriz Patricia López Sclichting, de lo políticamente correcto. Se tratan diversos problemas de actualidad, como la droga o el racismo, pero faltan razones que sustenten los comportamientos. Se nota una falta de consistencia absoluta, lo que, por otra parte, es comprensible, porque tampoco existe en la sociedad. No pocas veces, además, pretenden hacer pasar por normales situaciones que no lo son, y, por supuesto, tienen claro el objetivo al que deben servir: la rentabilidad. Si no —ironizaba Woody Allen—, no hablaríamos de "show-buisness", sino de "show-show".

La profesora Ellen Wartella, de la Universidad de Austin (Texas), explica el lento proceso que ha llevado a la industria de los medios de comunicación a fijar sus objetivos comerciales en población cada vez más joven, sin mirar en los tremendos costes de estas prácticas. Primero, en los años veinte, la industria de los medios en Estados Unidos y Europa convirtió a los escolares de mayor edad en sus niños predilectos. Eran los flappers, la primera "cultura juvenil" autónoma separada de la de los padres. Vestían de forma diferente, llevaban peinados diferentes y se les vendía que fumar y bailar jazz toda la noche era sinónimo de juventud. El proceso, sin embargo, se detuvo, sobre todo por el pánico y el rechazo que desató en el público norteamericano. Pero resurge, y con mucha más fuerza, en los cincuenta y sesenta, con los comics y el rock’n’roll. Los medios de masas crearon y nutrieron una noción comercializada de la adolescencia. Ayudaron a crear estereotipos en el vestido, en los valores, en el lenguaje y en los comportamientos.

La edad del público-diana ha ido desde entonces bajando. Importante factor ha sido, en Europa, el avance de la televisión privada, que, dice Wartella, ha impuesto una visión marcadamente comercializada de la cultura mediática infantil.

Hoy, los niños de todo el mundo tienen acceso a las tortugas ninja o a los power rangers, que no sólo están estrechamente relacionadas con la industria juguetera, sino que además sirven de reclamo para vender todo tipo de productos tradicionales, desde material escolar hasta los cereales del desayuno. La cuestión, en definitiva, es que los medios han originado, con la aquiescencia de los padres, una mercantilización sin precedentes de la vida infantil. Da igual que diferenciemos entre programas de contenido educativo o aquellos que buscan exclusivamente el entretenimiento, el proceso es el mismo y deberíamos preguntarnos hasta qué punto estamos primando los intereses de la sociedad de mercado sobre los intereses de la infancia. Porque eso es precisamente lo que se está generando: ciudadanos perfectos para una sociedad de consumo.

Finaliza Wartella: ¿Cuándo empezaremos a pensar en los niños como un público especial que debe ser protegido, y no como un segmento de audiencia, un mercado al que venderle todo tipo de productos?

Ricardo Benjumea