RetrocesoA&ONº 222/20-VII-2000SumarioEn portadaContinuar
Violencia y televisión
Jugar con fuego
Las investigaciones acerca de este medio de comunicación, que tanto influye en nuestras vidas, y de sus efectos a medio o largo plazo producen al menos inquietud en todos nosotros, ya que, sin haber sido conscientes de sus efectos, le hemos dedicado más atención y más tiempo que a ninguno de nuestros familiares, incluso nuestro tiempo de ocio o tiempo libre, más que antes de su aparición dedicábamos a actividades más enriquecedoras, y lo hemos transformado en pater familiae, el miembro de la familia más influyente. Si hacemos esto extensivo a toda la sociedad, a la sociedad mundial, podemos referirnos al pater familias de la aldea global de Mc. Luhan. Hoy no somos los mayores los que damos a nuestros hijos nuestra visión de lo que nos rodea; es la televisión.

Nos encontramos inmersos en un nuevo sistema de comunicación, de carácter universal, en el que los medios de comunicación adoptan el papel que antes ejercían los padres y la escuela. Y este nuevo sistema funciona sólo en una dirección, no tiene en cuenta las diferencias individuales, ni los efectos que produce en ellos: colonialismo ideológico y cultural, conformismo, mimetismo, pérdida de identidad, soledad y aislamiento. Nos encontramos ante un hombre que valora los bienes materiales en lugar de las calidades humanas, que no quiere responsabilidades ni obligaciones, pero sí exige que respeten sus derechos, aunque él ignora los de los demás. Y ese hombre busca un tipo de entretenimiento que no le pide ningún esfuerzo, que le aísla de su realidad y que, a largo plazo, no le va a permitir el grado de desarrollo que podía haber alcanzado. Dicho individuo, sea niño o niña, hombre o mujer, anciano o anciana, rico o pobre, empresario u obrero, vive en soledad en un mundo en el que los valores auténticos ocupan un segundo plano o ni siquiera existen, porque han sido sustituidos por los nuevos valores suscitados por la sociedad de consumo, tales como el poder, la fuerza o el dinero.

LOS NUEVOS MODELOS

Los protagonistas de las series de dibujos animados o los presentadores de programas de televisión sustituyen a los padres, que deberían ser sus prototipos ideales, porque les divierten más y no les regañan si gritan o hacen ruido. Es más, con su ejemplo les animan a hacerlo.

Los personajes que aparecen en nuestras pantallas son hoy los propiciadores de conductas, los encargados de la exaltación de nuevos valores, los que hacen comunes ideales propios de otras culturas. Y estos personajes, que no comparten las costumbres y la forma de pensar de los padres, devienen en modelos y el niño copia sus gustos e imita sus comportamientos.

La escuela y la familia van perdiendo su poder en el proceso de socialización del niño, y la televisión se convierte en el agente más influyente en su desarrollo social, haciendo que dirija hacia ella su juego social en lugar de hacerlo primero hacia los padres, hacia sus hermanos mayores, luego hacia los niños de su misma edad y, más tarde, hacia los miembros de su grupo de iguales, momento básico para su desarrollo, porque si le privamos de ese contacto social, cuando sea adulto tendrá problemas en sus interacciones sociales, ya que es a través de la interacción, de la interdependencia y del contacto entre iguales, como el niño llega al conocimiento moral, a aprender a resolver situaciones conflictivas y a comportarse de manera que no se deterioren sus relaciones sociales. Pero, en lugar de jugar con sus iguales, le dejamos que permanezca en soledad horas y horas sentado en actitud pasiva ante la pantalla del televisor, miembro de su familia siempre presente, en el que intentará encontrar respuestas y soluciones para los problemas de la vida. Y ese aparato, que no para de hablar, nunca responde a las preguntas que el niño se hace; muchas veces ni siquiera le da el tiempo de hacérselas. Así que esas preguntas se van a quedar sin respuesta para siempre.

Las imágenes y los modos de vida que la televisión presenta a los niños les obligan a tomar contacto precozmente con realidades que existen, pero que no son adecuadas a su sistema de percepciones, para las que no está preparado ni física ni psíquicamente, haciendo que su desarrollo no se ciña a las normales etapas de desarrollo. Muchas de las imágenes que se les muestran no han sido pensadas para ellos, sino para adultos que conocen la diferencia entre fantasía y realidad y conocen la finalidad de la publicidad. Los niños no distinguen la imagen televisiva de la realidad hasta los tres o cuatro años, y el sueño de la realidad hasta dos años más tarde. Son muy vulnerables a los mensajes televisivos, porque creen que lo que ocurre en la televisión es la realidad. Si están viendo que sus héroes resuelven sus problemas utilizando la violencia, no nos puede extrañar que ellos respondan con agresividad cuando se les presenten las mismas situaciones.

La televisión muestra hechos trágicos como simple espectáculo, no los valora y no explica los efectos que se derivan de ellos. El niño ve las imágenes sin enjuiciarlas moralmente y, bien por afán de popularidad como, en casos extremos, por padecer una psicopatía, puede aceptar lo que ve en televisión como modelo a seguir y encontrarse poniéndolas en prácticas. Más tarde, cuando compruebe los resultados de su acción, se sorprenderá por lo que ha sido capaz de hacer, como estamos viendo con tanta frecuencia en los últimos años. En febrero de 1993, en Liverpool, dos niños de diez años asesinaron a otro de dos después de haberle secuestrado, influidos por la película El muñeco diabólico. También en Gran Bretaña, a mediados de 1997, cinco escolares de nueve o diez años violaron a una compañera de nueve años. En Estados Unidos, un niño de cinco años provocó un incendio en el que murió su hermana después de ver un episodio de Beavis and Butt-head en el que se decía que jugar con fuego es divertido. Todo esto podemos trasladarlo a España: después de ver una película de violencia, un niño asesinó a su prima de quince años, la ató a la pata de una cama, intentó estrangularla y la sometió a todo tipo de torturas y aberraciones. O el de un chico, al que los medios pusieron el sobrenombre de niño araña, porque bajó por las canalizaciones del edificio desde el piso duodécimo al noveno, en el que vivía una señora de 38 años, a quien apuñaló hasta la muerte.

Y es que el mundo violento que ofrece la televisión resulta fascinante, en buena medida porque tiene el poder de desvincular por completo los actos de sus consecuencias. De ahí que hayamos visto cómo el niño que mata se sorprende después de que el otro no se levante. Ha asimilado a la perfección toda una serie de códigos violentos, que asocia con elementos gratificantes (éxito, reconocimientos social…), pero no entiende todavía la muerte ni el sufrimiento que genera esa violencia. Juegan a violadores o asesinos, como anteriormente los niños jugaban a indios y vaqueros, aunque con una diferencia: iban al cine con sus padres y ellos les aclaraban las dudas que tuvieran respecto a ficción o realidad, buenos o malos, premio o castigo. El niño puede experimentar lo que aprende de sus modelos aplicándolo a sus relaciones. De ahí la importancia que tiene que vea la televisión acompañado por algún adulto responsable, para que éste sepa qué tipo de información le llega en cada momento y pueda aclararle lo que no entienda.

Tal como se presenta a menudo, la violencia no es en absoluto mala. El protagonista hace uso de la violencia física —golpes, patadas, puñetazos, empleo de las armas— para combatir el mal, que está personalizado en su enemigo. Se presenta, por tanto, como instrumento para conseguir el bien, el éxito, o para librarse del malo con los mismos medios que él utiliza, sin tener en cuenta que enseñar que el fin justifica los medios dará lugar a graves conductas imitativas.

Hablamos de violencia física, que es la que más abunda en televisión. Pero a menudo encontramos en los dibujos animados infantiles, especialmente en los japoneses, una muestra de la psicológica o moral, que utilizan de forma humillante determinados personajes o héroes de la infancia. Al enemigo se le ridiculiza, desprecia, humilla, amenaza, presiona, insulta en las relaciones dominante-dominado. La violencia psicológica resulta más problemática que la física, porque el niño la ve posible, piensa que él puede vivir experiencias parecidas: peleas conyugales, separaciones, divorcios… (se dan casos de niños que desconfían de los amigos con los que sus progenitores se ven asiduamente, al ver en ellos posibles fuentes de conflictos semejantes a los que ven en las series o películas de televisión). Esta violencia está creando seres despiadados, sin capacidad de sentir compasión ante el sufrimiento ajeno, desconfiados y recelosos de todo a su alrededor.

Cierto, repito, que influyen otros muchos factores, en primerísimo lugar el entorno familiar. Cierto que no existe una relación causa-efecto directa y universal entre violencia televisiva y comportamiento violento, pero negar que existe alguna relación es, a estas alturas, de un cinismo insultante.

En las primeras fases de su evolución, el niño experimenta y aprende rápidamente por su gran capacidad de aprendizaje. Desde que nace empieza su proceso de adaptación a la realidad circundante, esa realidad que va a estar envuelta por un sonido constante que, como fue el corazón materno que le acompañó hasta su nacimiento, va a estar con él a lo largo de su vida.

Si partimos de que la educación es un proceso cuya eficacia depende de una planificación en la que deben estar implicados investigadores, pedagogos, psicólogos, sociólogos, medios de comunicación públicos y privados y padres, los programas infantiles deberían también ser diseñados conforme a una planificación, teniendo en cuenta la edad física y mental del público al que están dirigidos. Es especialmente necesario educar a los telespectadores para crear conciencia social sobre la televisión, de forma que puedan exigirle mayor calidad en la programación.

Dra. Avelina Vega