RetrocesoA&ONº 222/20-VII-2000SumarioEspañaContinuar
Vacaciones compensatorias
Compensatorias, ¿de qué? No, por supuesto, de los trabajos del curso dejados atrás, para acabar con ellos como sea, robándole tiempo al descanso; pero sí de las carencias y omisiones que provoca casi siempre, sin pretenderlo, la arrolladora vida ordinaria.

¿Quién, por ejemplo, no arrastra un déficit de descanso y de sueño, que tiene que enjugar ahora sin reloj y con serenidad? Eso se da por supuesto, pero a menudo ocurre lo contrario, ya sea por el turismo, las veladas nocturnas, las relaciones sociales o las imprevisiones familiares. Para muchas amas de casa el veraneo es un nublado, porque las amenaza con trabajos sobreañadidos hasta la extenuación. Pensárselo bien. Buscar a tiempo los remedios o los aliviaderos.

Nos vienen también a la mente otras carencias o asignaturas pendientes: el encuentro silencioso consigo mismo, la conversación sosegada entre los esposos, el diálogo personal padres-hijos, ya sea caminando por senderos campestres, ya sentados bajo un árbol, o echados en la tumbona mirando al mar o a las estrellas. Hay placeres no violentos como la lectura, la música, el vídeo cultural, el paseo vespertino hasta la ermita

El encuentro sosegado con uno mismo tiene mucho que ver, en los hombres y mujeres creyentes, con la experiencia religiosa y el diálogo con Dios. En muchas playas y estaciones de montaña existen capillas o ermitas donde se encuentran a menudo celebraciones eucarísticas entrañables y participativas. Espacios muy propicios para la oración silenciosa, para el sacramento del perdón, para el ordenamiento más exigente y comprometido de nuestra vida creyente después de las vacaciones.

Encuentro con nosotros mismos, con los nuestros y con Dios. Renovados en el cuerpo, en la mente, en el espíritu. ¿Demasiado bonito? Por intentarlo, que no quede.

+Antonio Montero