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Todas las naciones de Europa han creído en su versión de la Historia y han acusado a vecinos y rivales de deformar esa versión en sus respectivas historias.
El caso de España es más complicado: el debate se da en nuestro interior, además de en nuestro exterior. Nosotros, españoles, hemos tenido imágenes distintas, contrapuestas, de lo que es España: recordemos la polémica entre tradicionalistas y progresistas sobre el ser de España, polémica agotada por ahora, a causa del abuso que el régimen anterior hiciera de la imagen y realidad histórica de la España tradicional. Pero los malos usos de la historia de España siguen en nuestra democracia: algunos de ellos son denunciados por la Real Academia de la Historia en un informe sobre su enseñanza. Los medios de comunicación han resaltado el uso que de la historia de España hacen las autoridades de ciertas nacionalidades y regiones dejando a un lado las consideraciones de la Academia sobre el lugar de la Historia en nuestra enseñanza y sus métodos pedagógicos, igualmente desoladoras y relevantes. Por tanto los contenidos, las historias de España o de sus fragmentos, son el objeto de debate mediático y político, que no es sino un aspecto del problema planteado por otro par de conceptos sobre el ser de España: el basado en su realidad histórica y el basado en su realidad compuesta por ese mosaico multiforme, como decía hace años Laín Entralgo. Nuestra democracia y su marco constitucional encierran un compromiso entre ambos conceptos, que se refleja en cascada, en nuestra realidad socio-política. Por tanto, no iba a quedar al margen la imagen histórica de España enseñada en nuestros colegios y universidades, especialmente cuando los nacionalismos basan radicalmente su diferencia en el papel que siempre desempeñó el pasado en la conformación de una conciencia nacional. |
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Por ello el carácter nacionalista español de las versiones de nuestra Historia, defendidas por tradicionalistas y por progresistas, ha sido reemplazado por las historias nacionalistas de algunas Autonomías. En ellas se exageran las diferencias, se resalta lo que nos separa, todo aquello que en el pasado nos ha enfrentado a unos con otros (Joaquín Prats, catedrático de la Universidad de Barcelona).
Cuando la historia común ni siquiera ofrece tales conflictos, se utilizan los localismos, el folklore de las patrias chicas; como en las familias venidas a menos, se pasa por alto todo lo que queda entre un antepasado glorioso y los fastos autonómicos o municipales del momento; tendencia que, en la enseñanza, se mezcla con el prejuicio pedagógico de los últimos años: la inutilidad y pesadumbre del pasado frente al goce y progreso del presente. Los resultados, según la Academia de la Historia, son ignorancia y tergiversación de la Historia común que padecen los alumnos. ¡Qué lejos del dicho del gran historiador francés B. Bennassar: La historia de los españoles es una aventura colectiva fascinante; fascinación que supone diversidad de punto de partida, un camino hecho conjuntamente, y el mutuo enriquecimiento, raíz de nuestro presente. Urge, pues, encontrarse nuevamente para que, a los males de la uniformidad histórica de los textos del siglo XIX, no se añadan los de los textos inspirados en nacionalismos excluyentes o localismos aberrantes, y llegar a un acuerdo, a una redacción conjunta, hecha sobre datos y hechos que subrayan lo común, sin ignorar problemas y diferencias, y que sirva de base a la España múltiple y diversa, viva por la voluntad democrática de sus habitantes de reconocer una Historia común (García de Cortázar). A los católicos nos corresponde continuar, en el siglo XXI, la constante labor de la Iglesia en nexo y trabazón de esa Historia común, trabajando para unir a las Españas en un proyecto de España digno de nuestro trayecto, vía histórica, dentro de Europa, y opuesto a las tentaciones conyunturales de los nacionalismos excluyentes. Ramón Armengod |