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Aquí, entre los agradables bosques y valles, el físico se regenera y el espíritu puede dedicarse mejor a la reflexión y a la contemplación. Desde este lugar sereno, quisiera recordar a quien se encuentra de vacaciones, en estos valles o en otros sitios de montaña o de mar. A todos les invito a hacer de estos días de merecido descanso veraniego un momento de enriquecimiento interior y de favorable descanso familiar. Pienso también en aquellos que no pueden permitirse salir de vacaciones y se han quedado en casa. De manera particular, dirijo mi saludo cariñoso a los enfermos, a los ancianos, a los encarcelados y a las personas solas. Les aseguro que me acordaré diariamente de cada uno en la oración. Al contemplar estas montañas, mi pensamiento se dirige hoy al Monte Carmelo, ensalzado en la Biblia por su belleza. De hecho, hoy celebramos la fiesta de la Virgen del Monte Carmelo. En aquel monte, que se encuentra en Israel, cerca de Haifa, el santo profeta Elías defendió sin descanso la integridad y la pureza de la fe del pueblo elegido en el Dios vivo. En esta montaña, en el siglo XII después de Cristo, se reunieron algunos eremitas para dedicarse a la contemplación y la penitencia. De su experiencia espiritual surgió la Orden de los Carmelitas. El Carmelo indica simbólicamente el monte de la adhesión total a la voluntad divina y de nuestra salvación eterna. Todos estamos llamados a escalar valientemente y sin detenernos esta montaña espiritual. Caminando junto a la Virgen, modelo de plena fidelidad al Señor, no tendremos miedo de los obstáculos o dificultades. (16-VII-2000) |