|
|
Los campamentos de la Milicia de Santa María surgieron aproximadamente hace cincuenta años por iniciativa del padre jesuita Tomás Morales. Eran el complemento a los Ejercicios Espirituales que él mismo había dirigido a jóvenes trabajadores de Madrid. Descubrió que los campamentos eran el instrumento adecuado para formar minorías capaces de transformar eficazmente la sociedad. Eso fue el cristianismo primitivo y es lo que hicieron figuras señeras de la España del siglo XX: Ángel Ayala, Ángel Herrera Oria, Andrés Manjón... Pronto se puso de manifiesto que la naturaleza, y en concreto el marco de la Sierra de Gredos, era el medio adecuado para educar al joven en valores como la constancia, a través de una actividad continua, y en la generosidad, invitándole a preocuparse por sus compañeros de grupo. La convivencia ayuda así a superar los obstáculos que ofrece la vida en la naturaleza. Todas las actividades se van asimilando por medio de la reflexión colectiva y personal, lo que ayuda a madurar también en los aspectos intelectuales de la persona.
El campamento es una escuela de valores que intenta potenciar lo mejor de los jóvenes. Montañismo, deporte, talleres de medio ambiente y ecología, fuegos de campamento... Todo contribuye a dejar salir lo mejor de uno mismo para entregarlo a los demás. Una formación integral conlleva también una vivencia sencilla pero profunda de la fe. El campamento enseña a vivir, en un clima de amistad, todos esos valores de solidaridad, compañerismo, generosidad y entrega, que parece que están ausentes de nuestra vida en las ciudades y que al contacto con la naturaleza se hacen más evidentes. La publicación Amigos es uno de los muchos cauces que sirven de nexo entre un campamento y otro, con el fin de que lo vivido y aprendido sirva de ayuda en la vida cotidiana de cada uno. Son quince días de actividad incesante; acampados y monitores terminan cada día contentos de haber sido capaces de hacer algo por los demás y de haber descubierto valores que creían imposibles de vivir. Es una experiencia difícil de contar pero que merece la pena vivir. Fidel Mateos y Fernando Martín |
|
Discutíamos a menudo con los padres y con los profesores acerca de Juventud Estudiantil en la Italia de los años 50, pues ocupaba demasiado el tiempo libre de los chavales, mientras que éstos deberían haber estado estudiando o trabajando en la cocina, en la casa. Yo les decía: ¡Pero los chavales tienen que tener tiempo libre! Y objetaban: Pero a un joven, a una persona adulta, se la juzga por su trabajo, por la seriedad de su trabajo, por la tenacidad y la fidelidad al mismo. No respondía yo, ¡qué estáis diciendo! A un chaval se le juzga por cómo usa el tiempo libre. Todos se escandalizaban. Pero... si es tiempo libre, significa que uno es libre para hacer lo que quiere. Por ello, uno comprende mejor lo que quiere viendo cómo utiliza su tiempo libre. Lo que una persona joven o adulto quiere verdaderamente se comprende no a partir del trabajo, del estudio, en resumen, de lo que está obligado a hacer, de las conveniencias y las necesidades sociales, sino de cómo usa su tiempo libre. Si un chaval o una persona madura desperdicia su tiempo libre no ama la vida: es un necio. Y normalmente las vacaciones es el clásico tiempo en el que casi todos nos volvemos necios; mientras que, por el contrario, es el tiempo más noble del año, porque es el momento en el que o bien uno se compromete como quiere con el valor que reconoce como el más importante en su vida, o bien no se compromete a fondo con nada y se comporta como un necio. La respuesta que dábamos a los padres y a los profesores hace más de cuarenta años tiene una profundidad que ellos jamás alcanzaron a sospechar: el valor más grande del hombre, la virtud, el coraje, la energía del hombre, aquello por lo que merece la pena vivir, está en la gratuidad, en la capacidad de la gratuidad. Y la gratuidad emerge y se afirma de modo asombroso precisamente en el tiempo libre. Luigi Giussani |