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31 de julio: Fiesta de San Ignacio de Loyola
El corazón de Loyola
El padre Hugo Rahner (1900-1968), tan buen patrólogo como conocedor de san Ignacio de Loyola, publicó en 1947 un pequeño gran libro titulado Ignacio de Loyola y la génesis histórica de su espiritualidad. Su propósito es ir más allá de una mera historia de hechos externos para llegar hasta el corazón que latió en el interior de la vida y la obra de Ignacio. De la introducción de este libro son los siguientes párrafos:
El punto de partida está en las verdades fundamentales del Libro de los Ejercicios Espirituales: ahí tenemos el acceso al centro del corazón del santo de Loyola: El hombre ha sido creado para, en la Iglesia militante, vencer en el combate contra Satanás, sirviendo con reverencia a la majestad del Dios trino mediante la configuración con el hombre Jesús crucificado y para entrar, así, en la gloria del Padre. La fuerza básica que mueve este estilo de vida, con firmeza y suavidad a la vez, es el amor al que san Ignacio da expresión con la palabra más significativa de todo su ser: el magis; es el amor que siempre quiere más, que no conoce límites, abierto hacia arriba continuamente por una disponibilidad para el servicio en Dios, y por una voluntad de configuración con Cristo; el amor que no tiene otra medida que el inconmensurable amor salvador del Padre hecho visible en Cristo:Sólo deseando y eligiendo lo que más conduce al fin para el que he sido creado.

Pero todavía hay algo más que es de un significado decisivo para la comprensión de la esencia más profunda del pensamiento de Ignacio. Ese amor en principio sin límites que mueve al magis delimita su perfil con el ideal del servicio en la Iglesia visible, militante. El amor sin medida tiene que mostrar su autenticidad católica en la medida —digamos— de la carne y de la sangre del Cuerpo místico de Cristo. Así es como, para Ignacio, el amor sin límites se convierte en el amor discreto: de nuevo, una de sus palabras básicas. Toda gracia ha de ser medida por la letra de la Iglesia; todo amor, por la capacidad de obedecer; todo espíritu, por el Cuerpo del Señor. De la unión entre el amor que lo salta todo y el sujetamiento al cuerpo de la Iglesia brota aquella fuerza terrible que podemos constatar históricamente en su obra. Ésa fue su gracia; ahí se esconde lo más hondo de su ideal de perfección.

No conocer límites en lo más grande y encerrarse, sin embargo, en lo más pequeño, eso es divino: son palabras con las que luego, en 1640, un jesuita desconocido iba a describir lo esencial de Ignacio en el libro Imago primi saeculi Societatis Jesu.Como es sabido, Hölderlin quedó admirado de esta frase y la puso en la entrada de su Hyperion.Ése es el centro del corazón de Loyola. Ése es el hombre del gran amor en la pequeña Iglesia.

Hugo Rahner