RetrocesoA&ONº 223/27-VII-2000SumarioEl Día del SeñorContinuar
XVII Domingo del tiempo ordinario
Huyó al monte él solo
El domingo pasado veíamos a la multitud hambrienta de enseñanza; hoy, hambrienta de pan. Y en ambos casos, hambrienta de Jesús. Allí le buscaban hasta el acoso como pastor que enseña, y aquí, para hacerle rey que les alimente. Jesús aparece en el centro del interés del hombre. Como si la vida no pudiera entenderse sin Él. Ésa es la verdad del evangelio: Cristo, centro y vida del hombre.

No basta, sin embargo, con buscarle. Quienes corrieron tras Él, lo abandonaron en las horas difíciles. Quisieron hacerle rey y lo consiguieron clavándolo en la cruz con el letrero que decía: Jesús Nazarezo, rey de los judíos. En ese Cristo que huye, por mal comprendido, y se adentra en la soledad de la montaña, se insinúa una queja callada, el anuncio profético de su drama: vino a los suyos y no lo recibieron, no comprendieron a qué venía, cuál era su realeza. Cristo les enseñó su sabiduría y les dio el pan hasta saciarlos, pero entendieron mal la clave de sus gestos. Jesús lo hacía para conducirlos a su persona, y ellos se quedaron en los gestos, mejor aún, en lo que éstos tenían de temporales y terrenos: en el pan que se endurece. ¿Aún no comprendéis ni entendéis?, les reprochará más tarde a sus discípulos.

El milagro de Cristo, multiplicando los panes y los peces —como el de la abundancia de vino en Caná— manifiesta que Él es el Pan bajado del cielo y el vino nuevo de la abundancia. Dios se nos muestra en Cristo como el derrochador más despreocupado (von Balthasar), que parece no medir su generosidad cuando se trata de saciar al hombre: todo se lo da en extrema abundancia. Y el hombre, en lugar de sentir hambre de Cristo, lo busca para hacerlo rey, es decir, para que siga produciendo pan. ¡No ha entendido! Jesús se aleja, se escapa de todo intento de disminuir su ser y su misión. No ha venido a hacer milagros fáciles, que solucionen los problemas del hombre; ni a saciarnos en nuestras primeras y elementales necesidades. Ha venido a ser Palabra y Pan —Él mismo—, de forma que quien lo encuentre y lo acoja y lo ame, experimente que puede vivir de Él hasta quedar saciado. Por eso, la soledad de Cristo huyendo a la montaña es más dramática para el hombre que para Él mismo, porque es el hombre quien, teniendo al alcance de su mano la posesión de todo —Todo es vuestro, vosotros de Cristo y Cristo de Dios, decía san Pablo—, se queda sin saciar siquiera el deseo de hacerlo rey.

No le dejes escapar, tú, cualquiera que sea tu necesidad. Mira su persona, el don que encierra, para que nunca tengas que llorar la soledad de verlo partir.

+ César Franco