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A todos los huéspedes que se presenten en el monasterio ha de acogérseles como a Cristo, porque él lo dirá un día: Era peregrino, y me hospedasteis. A todos se les tributará el mismo honor, sobre todo a los hermanos en la fe y a los extranjeros. Una vez que ha sido anunciada la llegada de un huésped, irán a su encuentro el superior y los hermanos con todas las delicadezas de la caridad. Lo primero que harán es orar juntos, y así darse mutuamente el abrazo de la paz. Hasta en la manera de saludarles deben mostrar la mayor humildad a los huéspedes que acogen y a los que despidan; con la cabeza inclinada, postrado el cuerpo en tierra, adorarán en ellos a Cristo, a quien reciben. Para su edificación leerán ante el huésped la ley divina, y luego se le obsequiará con todos los signos de la más humana hospitalidad. El abad dará aguamanos a los huéspedes, y tanto él como la comunidad entera lavarán los pies a todos los huéspedes. Al terminar de lavárselos, dirán este verso: Hemos recibido, ¡oh Dios!, tu misericordia en medio de tu templo. Pero, sobre todo, se les dará una acogida especial a los pobres y extranjeros, colmándoles de atenciones, porque en ellos se recibe a Cristo de una manera particular; pues el respeto que imponen los ricos, ya de suyo obliga a honrarles.
Haya una cocina distinta para el abad y los huéspedes, con el fin de que, cuando lleguen los huéspedes, que nunca faltan en el monasterio y pueden presentarse a cualquier hora, no perturben a los hermanos. La hospedería se le confiará a un hermano cuya alma esté poseída por el amor de Dios. En ella debe haber suficientes camas preparadas. Y esté siempre administrada la casa de Dios prudentemente por personas prudentes. Quien no esté autorizado para ello no tendrá relación alguna con los huéspedes, ni hablará con ellos. Pero, si se encuentra con ellos o los ve, salúdeles con humildad, pídales la bendición y siga su camino, diciéndoles que no le está permitido hablar con los huéspedes. de la Regla de san Benito |